Estaba un día El Apuntador viendo la cobertura de los recientes desastres que se han registrado en nuestro país por medios como El Universal, Reforma, la Agencia AP y, por supuesto, Hora Cero, cuando tuvimos que volver a la triste realidad del periodismo tamaulipeco chafa y ramplón.
Estaba un día El Apuntador ordenando algunos papeles viejos cuando nos encontramos con el título que -aunque no lo crean-, nos expidió una prestigiada universidad tras haber concluido satisfactoriamente con los estudios de la Licenciatura en Periodismo.
Estaba un día El Apuntador tratando de acomodar en la caja de huevo San Juan toda la fayuca que se trajo de la Serie Mundial de Ligas Pequeñas, allá en Williamsport, Pennsylvania.
Estaba un día El Apuntador buscando entre las joyas de la abuela qué hay de bueno para poder ir al Nacional Monte de Piedad, por aquello de que éstos no son momentos sencillos para los medios de comunicación y la raza que en ellos labora.
Estaba un día El Apuntador buscando un boleto de avión al Polo Norte para escapar de las infernales temperaturas que están azotando a la entidad, cuando surgió la noticia del sensible fallecimiento de un verdadero personaje no solamente del periodismo tamaulipeco, sino de la política y la vida social.
Estaba un día El Apuntador aumentando el plan de datos en su teléfono celular cuando nos cayó el veinte de cómo se ha emparejado la cancha entre los medios de comunicación con esto de las redes sociales.
Estaba un día El Apuntador buscando un pasaje al Polo Norte para ver si por allá están menos infames las temperaturas precanícula, cuando avisaron desde los rumbos de Matamoros del sensible fallecimiento de otro activo de los medios de comunicación.
Voy a asumir ser el asesor en temas migratorios del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para hacerle la siguiente propuesta y que la firme como orden ejecutiva en la Casa Blanca, ahora que anda bien desatado cancelando visas.
En ocasiones el problema no está en toda la casa, aunque desde afuera parezca que todo huele igual. En la Biblia, concretamente en el libro de Josué hay una historia que describe bien este ejemplo.