Querido lector, querida lectora:
En enero escribía en esta columna sobre lo que, en mi opinión, eran las pequeñas grietas que empezaban a formarse en esa enorme pared llamada Morena. Aquellas señales surgieron por las reacciones que generó la captura del entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro: por un lado, un mensaje presidencial institucional y, por el otro, un pronunciamiento arrebatado por parte del expresidente López Obrador, líder moral del partido.
Hoy, esas grietas ya empiezan a parecer fracturas. Hemos sido testigos de que el partido en el poder no habla con una sola voz. Mientras algunos acusan a Washington de comportarse como “hitlerianos”, otros son celebrados desde la capital estadounidense por su colaboración bilateral en materia de seguridad. Vale la pena detenerse en esta coexistencia, ya que revela dos formas distintas de entender la gobernanza y, sobre todo, la relación con nuestro principal socio comercial. Hasta ahora, ambas posturas han convivido bajo las mismas siglas sin la necesidad de resolver esa contradicción interna; al menos, no de forma visible.
Esta falta de unificación también es evidente en la defensa de la soberanía que se proclama diariamente desde Palacio Nacional. En materia de seguridad, el discurso oficial se envuelve en la bandera de la no injerencia: cualquier gesto de presión desde Washington se lee como una afrenta y cualquier condicionamiento como un agravio a la dignidad nacional. En el sector salud, en cambio, ese mismo criterio se relaja notablemente. Se acepta la llegada de médicos cubanos —formados bajo un esquema de certificación distinto al exigido para los profesionales locales— sin que el tema active el mismo lenguaje de soberanía o dignidad que sí emerge en otros frentes.
Da la impresión de que el principio se aplica con selectividad, según el terreno de juego y la conveniencia de quien lo invoque. Si tanto la salud como la seguridad son anhelos profundos de los mexicanos, resulta contradictorio rechazar el apoyo en una y abrirle la puerta abiertamente en la otra.
Al final, la ruptura no parece inminente. Sin embargo, falta ver qué ocurrirá cuando arranque el periodo electoral y las dos fuerzas que hoy cohabitan dentro de Morena empiecen a disputarse sus propios cotos de poder. Es justamente en esos momentos —cuando las candidaturas, las posiciones y las narrativas están en juego— cuando las coaliciones internas que hoy se toleran mutuamente se ven forzadas a definirse.
Habrá que observar si la soberanía discursiva y el pragmatismo de gobierno logran seguir repartiéndose el terreno, o si el proceso electoral terminará por obligar a Morena a decidir cuál de sus dos almas pesa más.
Porque una pared con grietas en el mismo lugar de siempre, tarde o temprano, deja de sostener el techo.
