Cuando en 2017 tenía menos de tres años en el gobierno independiente, alguien le sopló al oído a Jaime Rodríguez Calderón de que tenía zancadas para ser candidato a presidente de México. Y parece que Samuel García también tiene al suyo que le endulza el tímpano para competir en 2024.
Si usted se sentirá ofendido con este editorial en contra de un personaje que intenta apoderarse de Tamaulipas, le sugiero no lo lea. Pero si se trata de defender lo poco bueno que aún tiene este territorio, a merced del crimen organizado que ha enlutado a familias inocentes, siga con la lectura.
El pasado 17 de septiembre cumplí 38 años en el periodismo y no sé por dónde empezar para enumerar por qué estoy tan satisfecho en haber elegido esta carrera profesional en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UANL.
A mediados de 2007 conocí a Raúl Hernández Chavarría en un búnker que tenía en una colonia cercana a la casa de gobierno de Tamaulipas en Ciudad Victoria. Me citó para entregarle copias -hoja por hoja- de las pruebas sobre corrupción de Cabeza de Vaca que estaba publicando el equipo de reporteros de investigación de Hora Cero.
En coincidencia con el 38 aniversario de la medalla de oro del marchista Raúl González “El Matemático”, alcanzada el 11 de agosto de 1984 en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, me enteré de dos situaciones que me parecen absolutamente injustas.
Ante la casi segura incorporación de Santiago Nieto Castillo al gabinete de Américo Villarreal Anaya como titular de la Unidad de Inteligencia Financiera y Económica (UIFE) en Tamaulipas, me llamó la atención la invitación que hizo a la población para mandarle -a su correo electrónico-, pruebas de posibles actos de corrupción del agonizante gobierno de Francisco García Cabeza de Vaca.
Creo que lo mejor que le puede pasar a Samuel García Sepúlveda es que termine el sexenio de Cabeza de Vaca en Tamaulipas, pues en lo personal se me atora en la garganta el chicharrón de la Ramos cuando los veo juntos placearse en Nuevo León.
Un día vi por la ventana irse a un señor que se hacía llamar nuestro papá. No recuerdo el año exacto, 1973 o 1974. Yo tenía nueve años y era el hermano de en medio. Tiempo después empezó a frecuentar la humilde casa de renta de Matamoros un señor de estatura pequeña. Tenía cierto parecido a Armando Manzanero.