Mientras tanto, el 2 de junio

“Que quede claro, no descansaremos hasta que se haya hecho justicia…” sentenciaba Ernesto Zedillo Ponce de León durante su toma de protesta en mil novecientos noventa y cuatro -con letra, para tardarme en escribir ese número-.
El nuevo documental de Netflix, “1994”, hurgó en mi memoria, volviéndome a enfrentar a aquella frase acompañada de ese tono de voz, que por primera vez había escuchado cuando llevaba en mis hombros 16 veranos, aquel primero de diciembre.
Ahora, 25 años después, la serie televisiva restregaba aquel discurso que sirvió de estandarte para marcar una diferencia entre el nuevo gobierno y su antecesor. Pero, para mí, no sé si fue la mesura con la que se dijo, o las propias palabras que sirvieron de llave para abrir la caja de los recuerdos -que según yo tenía arrinconados-; volver a escuchar y ver a Zedillo me hizo revivir mi generación, esa en la que crecimos creyendo que los homicidios de un casi presidente de México, Luis Donaldo Colosio Murrieta y un alto funcionario del partido que una vez fue invencible, José Francisco Ruíz Massieu se iban a esclarecer y obsequiar justicia a toda una nación.
¡Ah qué caray, así se siente madurar! el documental remueve una época que me tocó vivirla desde la perspectiva única de la televisora de aquellos años, parecía que buscar justicia a través del discurso se volvería una costumbre y, por supuesto, no sería la solución, sería tanto como “Buscar justicia en el Código Penal es como buscar humanidad en una lista telefónica”, así lo expresaba Jesús Zárate en su gran novela, La Cárcel.
Imposible no relacionar ese “1994” con el “Tamaulipas, 2010”, con Rodolfo Torre Cantú, otra vez ese inevitable y odioso tono de voz, y el parafraseo exigiendo justicia, otros los personajes, los hechos, mismo resultado: el silencio, ese que encomienda su veredicto al tiempo, reposada en una fe envejecida.
En mi mente, la nítida pregunta avergonzada: ¿Qué es la justicia?, interrogante que sirvió de obra al jurista austriaco Hans Kelsen y que para nosotros sólo representa el acostumbrado anhelo revivido en cada proceso político, en donde el discurso adquiere el monopolio de los temas de interés en cada contienda presidencial o gubernatura, más no así en los hechos.
Entre dos épocas distantes, un presente más agraviado, como si el tiempo nos estuviera preparando para estar viviendo en tiempo real lo que en algún futuro serán los documentales “México, 2018” o “Tamaulipas, 2016”.
Mientras tanto, el calendario electoral es despiadado, las fechas llegan, se cumplen, como lo restriega el adagio popular; al plazo político no le interesa si se cumplieron las promesas pasadas, las próximas elecciones llegan empujadas por una retórica, también, simulada.
La carencia de propuestas, con honradas excepciones, con un desencanto que seduce cada vez al gobierno en turno; utilizando las ocurrencias -en algunos casos- ante la falta de reflectores.
Así transcurren las elecciones en Tamaulipas, así llegará a su vencimiento. El PRI, derrochando oportunidades a jóvenes, las que negara cuando fue gobierno, buscando entre las piedras las lealtades prometidas. El PAN, operando como lo indica el manual, superando al maestro, aquel que siempre lo hacía parecer como simple espectador, hoy vitorea lo que antes condenaba. MORENA, ilusiona reencarnar en cada candidato un López Obrador local, abusando de la austeridad que no es por convicción, pero sí por necesidad. Un gobernador que no solamente aspira a ser candidato presidencial, busca ganar, porque ha paladeado la victoria, remontándome a aquella época en que Tomás Yarrigton Ruvalcaba pretendió “jugar al boliche, pegándole a los pinos”.
La renovación del Congreso local se da en una de las contiendas de mayor cuidado en la historia de la entidad, no por su alto nivel de competitividad, por el contrario, ese está muy definido; en el social, en la violencia criminal que reina en las calles, en donde los aspirantes y simpatizantes hacen sus recorridos averiguando en las redes sociales en donde no hay enfrentamientos delictivos.
El almanaque político es insensible a la aritmética, esa que suma ausencias, tal y como lo afirma José Ramón Cossío Díaz: “Los desaparecidos también son pueblo. Su lastimosa ausencia nos lo recuerda a diario, pero su incapacidad de votar y agregarse a la masa pareciera hacerlos prescindibles, finalmente, desaparecibles”.
Mientras tanto, el 2 de junio, así transitará la democracia, entre ausencias que no sufragan y presentes que, por voluntad propia, no votan.   

twitter: @HeberardoConH.

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