Aquí…

Aquí el silencio no descansa. A veces lo sacude un estruendo, y otras asfixiado por el sollozo de un dolor en el aire. 
 Aquí no aspiramos a nada cuando se acobarda el viento, huyendo con ese olor fétido que gangrena el olfato. 
Aquí el bullicio es una farsa. Tropezamos con su figura para fingir nuestra incomodidad, atesorando recuerdos como arroyo en desolado campo. 
Aquí ni la lluvia acarrea las enrojecidas huellas de los cuerpos abatidos. Cualquier esquina puede ser un cementerio y cualquier morada, un funeral. 
Aquí el sol se avergüenza de ser testigo permanente de la violencia. Humillado oscurece ante la tiranía, mientras al día siguiente brota con una rareza que lo vuelve a oprimir. 
Aquí dejó de ser y se transformó en más allá, en la nada.
Aquí las calles están tranquilas por la zozobra que permea, abrigando lo único que queda: un sentimiento magullado. 
Aquí coleccionamos angustias y las barajamos para intercambiarlas con otros dolores, como muestrario de sufrimientos. 
Aquí al silencio se le llama resignación. El inexorable pecho comprimido en llanto permanente como si chillar abriera espacio para respirar mejor. 
Aquí la sociedad está diezmada por la ingobernabilidad, quedando en ruinas los buenos recuerdos de aquel día que brilló la luna. 
Aquí arrinconamos la mirada hacia la nada, para no ser espectador de humillaciones ajenas. Bastante tenemos con cargar nuestro calvario, como para soportar algo más con los ojos. 
Aquí estamos sedientos de que regrese el pasado, aunque no sepamos cuál. Hace tanto que sentimos la desgracia que el ayer nos duele, también. 
Aquí todos somos asesinos seriales y dibujamos en nuestra mente una justicia imaginaria. Ingenuamente pensando en ese poder que no nos compete, sólo en ese sueño se condena al criminal.
Aquí nunca te acostumbras. Es falso que el tiempo cura todo, sólo deja una cáscara en la piel que confundimos con entereza, aferrados a una fe que nos mantiene de pie. 
Aquí es como un cementerio celestial, en donde convivimos con nuestros ángeles que se los llevó el afamado daño colateral. 
Aquí nos graduamos de criminólogos, sin asistir a las aulas; desarrollamos la pericia profesional en las calles y la necropsia es la sangre derramada en un cuerpo amado. 
Aquí es más eficaz una red social que una investigación policial.  
Aquí nos frotamos nuestras heridas, pensando inocentemente que sanarán. 
Aquí tras el grosor de una ventana de automóvil se encapsulan los temores más arraigados que nos obsequian las calles. 
Aquí hay una nueva generación amedrentada por los impactos dotados de un presente fracasado. 
Aquí no hay nada más insensible que la aritmética, esas cuentas que amontonan ausencias.
Aquí, aquí es Reynosa y está cumpliendo 270 años.

@HeberardoConH

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