Jazz extremo

En Whiplash: Música y Obsesión, ocurre una estruendosa colisión de personalidades.
Por una vía avanza frenético un profesor de música que busca el virtuosismo mediante métodos brutales y sádicos. En sentido contrario, y en el mismo carril, se aproxima un joven ingenuo, pero extremadamente voluntarioso, dispuesto a hacer lo que sea para consagrarse en el competido mundillo de la música.
Se enredan los dos en una dinámica que es, en apariencia, formadora, aunque resulta destructiva y tóxica. El choque produce efectos devastadores.
El veterano J. K. Simmons es el mentor irreflexivo, víctima de un arrollador complejo de superioridad que lo mueve a sentirse un dios del aula. Es cegado por una idea tan estúpida como grandilocuente: al alumno hay que presionarlo. Los grandes genios de la música tuvieron que ser empujados más allá del límite para alcanzar el toque divino que los convirtió en seres extraordinarios.
Movido por esa idea insana, elige como objeto de sus tormentos chinos a un prometedor baterista, excelentemente caracterizado por Miles Teller, un joven cargado de futuro histriónico, convertido aquí en una estrella juvenil al instante.
Se establece una relación enferma movida por impulsos de aparente excelencia. Simmons mete al chico en una sesión de jazz extremo, en el que también participa toda la banda que entrena.
La relación padre-hijo degenera hacia estados de alucinación compartida. La simbiosis los hace buscarse con propósitos que son aparentemente artísticos, aunque en el fondo se transforman en un reto que los va degradando como víctima y victimario, hasta el punto del rompimiento.
Una experiencia musical se convierte, luego, en un amago de parricidio, cuando se rompen los amarres y los anhelos de perfección derivan hacia la locura, con una eclosión de violencia liberadora.
El escritor y director Damien Chazelle construyó un pequeño teatro de lo absurdo en el interior de un conservatorio, en el que dos personas deciden entregarse admiración para lastimarse en el nombre de la melodía.
La pieza cinematográfica es una pequeña obra de arte sobre la intensidad.
Aunque todo el quehacer artístico, en su nivel más intenso, tiene, necesariamente, que estar marcado por un hálito de obsesión y absoluta entrega, en este caso se muestran dos sólidos personajes, con una gran profundidad emocional que interactúan en el contexto mágico de la música y que, paradójicamente, en el noble territorio del arte, buscan aniquilarse.
Con un gran manejo de la terminología, Chazelle hace complicadísimas secuencias en las que numerosos instrumentos se superponen y en las que deben ser coordinados esfuerzos interpretativos de una banda completa, pero no sólo para que la sinfonía que interpretan resulte armónica, sino para que también desafinen ostensiblemente, como lo demanda el propósito dramático.
La historia tiene algunos grandes momentos, como se demanda en las cintas trascendentes, y en lo que parece ser el vuelco climático de la confrontación abierta entre los dos personajes, la historia se refresca para tomar un nuevo impulso y lanzarla a otra salida aún más airosa, atrevida y crispante.
El director juega magníficamente con la revelación final, al entregar una última salutación de dos rivales a modo de epilogo, aunque, asombrosamente, la camaradería se transforma en una monstruosa celada, que promete aún más destrucción sobre lo poco que quedaba en pie.
Simmons y Teller comparten una última escena majestuosa, trepidante, repleta de altibajos emocionales. Lo que parece ser una puñalada canalla, se transforma en un momento de oportunidad, para regresar el golpe.
Emocionalmente ensangrentados, los dos grandes rivales del pequeño planeta que construyeron para destruirlo, llegan a un entendimiento para sacar de sus últimas fuerzas una gran armonía que los reconcilia entre ellos. Levitan juntos en un momento sublime de inspiración, que hace que la historia termine en su punto más elevado.
Whiplash es una pieza singular e inolvidable.

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