
Angel Nieto Hernández vivía a dos cuadras de la taquería donde murió su familia en Reynosa. Era un miércoles por la noche en la colonia Vista Hermosa. Aquel 11 de noviembre de 2015 su teléfono sonó con la peor de las noticias: un vehículo militar había arrollado a su madre, hermanos, sobrinos; a clientes y trabajadores del lugar.
Describe este joven que inmediatamente corrió y fue terrible ver lo que estaba sucediendo. Todavía estaban con vida sus seres queridos, pero los soldados no quisieron mover el pesado camión para poder rescatarlos, el mismo en el que desequilibradamente se transportaban.
Las víctimas se hallaban aplastadas, fallecieron por asfixia, por lo que Angel tuvo quizás una de las experiencias más dolorosas que puede experimentar un ser humano. Perecieron entre sus brazos y con la impotencia de no poder hacer nada.
“En medio de la desesperación conseguí un gato hidráulico para poder levantar el camión. Ellos (sus familiares) decían que querían ayuda, pero los soldados me lo impedían. Me alegaron que yo no iba a mover ningún vehículo. Nomás al acordarme me da mucha rabia y molestia”, evoca.
En esa vorágine de sentimientos Angel y la gente que se acercó para colaborar, no podía dar crédito como los mismos militares no sólo se negaban a salvarle la vida a esta familia, sino también se lo obstaculizaban. Cuando finalmente pudo mover un poco los cuerpos ya era demasiado tarde.
Las últimas palabras de Idalia Hernández Pérez, la mujer que le dio la vida, aún siguen resonando en su mente: pedía que llamaran a una ambulancia, clamaba por socorro para ella, su hija Jessica Dayana, su nieta Rosa Madabi y las demás personas que se encontraban debajo de la unidad, entre ellos su otro hijo, Isidro y el taquero, René Castro, éste último quien también murió.
“El Tope” era el nombre del modesto negocio que la mamá de Angel había logrado establecer en la calle Sexta de la misma colonia, y con el que obtenía los recursos para darles de comer. Paradójicamente fue el sitio que detuvo la frenética marcha de una persecución militar, la cual más que algún beneficio trajo dolor, desazón y tristeza.
“Nos quitaron a tres de nuestros seres queridos así de golpe. Todos en la casa nos volvimos como enojados, amargados por lo que pasó, es muy triste todo eso”, menciona apesadumbrado el hijo mayor de esta familia que no solamente quedó destruida, sino también desamparada, pues en un instante perdió su fuente de ingresos y empleo.
LUTO Y DESOLACION
En el patio de su casa de interés social, ubicada sobre la calle Narcisos de la colonia Vista Hermosa, aún permanecen las cajas con refrescos y las sillas que esta familia utilizaba en la taquería. Se escucha un niño que llora. Es el sobrino de Angel, el pequeño quien sobrevivió a esta gran tragedia. Aún tiene tres años, pero ya sabe lo que es extrañar a Jessica Dayana, su mamá, quien jamás volverá a tenerlo entre sus brazos.
A cuatro meses de distancia la sencilla vivienda que solía estar llena de vida y alegría se ha vuelto un rincón de recuerdos, de depresión y desesperanza. No hay sitio que no recuerde a la señora Idalia hablando con sus hijos o dándoles indicaciones.
Angel es quien abre la puerta y accede, visiblemente afectado, a contar la historia que cambió el curso de sus vidas. Suspirando de manera constante platica, pero no acierta a mirar fijamente a los ojos. Comenta cada uno de los episodios que lo marcaron para siempre, al mismo tiempo que dice no saber cómo pudo haberles tocado tan mala suerte.
“Toda nuestra vida se vino para abajo desde que fallecieron ellos. La verdad sí, es una situación muy difícil de digerir como familia. Trata uno de ocuparse en algo para no estar pensando, pero esto no lo puedes sacar de tu mente. Todos los días está el recuerdo de mi familia muerta en ese lugar.
“Nosotros teníamos una taquera y jamás llegó a pasar por nuestra cabeza que pudiera presentarse una desgracia así como la que vivimos”, señala.
Manifiesta que su madre hacía su vida normal, que estaba llena de sueños, de ilusiones y para todos el accidente fue muy sorpresivo.
“De ninguna manera notamos algo raro en mi mami o mi hermana
en el sentido de que hubieran adivinado que algo así les sucedería. Siempre estaban muy alegres y yo creo que para ellas también fue un acontecimiento inesperado. Mi hermana Jessica no trabajaba ahí, sino que fue de visita con sus hijos. Por desgracia la niña murió.
“Otro de mis hermanos también estuvo ahí en el accidente y es uno de los sobrevivientes, junto con mi sobrino. Murieron mi mamá, mi hermana, mi sobrinita y René, el taquero”, comenta.
NO QUISIERON INDEMINZARLOS
Con la muerte de Idalia para la familia Nieto Hernández el futuro es incierto. Ella era el sustento de esta familia y ahora en su casa ni siquiera tienen los recursos económicos para volver a poner otra taquería.
El dinero que disponían lo utilizaron para conseguirle un terreno en el cementerio. Comen de la ayuda que les dan algunos parientes, pero reconocen que no les alcanza.
A pesar de que sus seres queridos no tuvieron la culpa de este choque, de que murieron de manera inocente, de que quedó comprobado que la falta de pericia de los militares terminó con la vida de ellos y de que la Ley General de Víctimas contempla la “reparación integral” de los daños, nadie quiere hacerse responsable de lo que les pasó.
Afirma Angel que representantes de la compañía aseguradora Quálitas, que se encarga de atender casos relacionados con accidentes en los que participan elementos de las Fuerzas Armadas, fueron a visitarlos para decirles que se harían cargo y los compensarían, “pero luego se echaron para atrás y jamás volvieron”, lamenta. Dolido, manifiesta que la familia de su taquero, René, también quedó desamparada.
Los sobrevivientes de esta desgracia no saben ante quién acudir y su asunto parece ir encaminado al olvido y desprecio.
De hecho esta Ley, rubricada en el Diario Oficial de la Federación (DOF), “obliga en sus respectivas competencias a las autoridades de todos los ámbitos de gobierno, y de sus poderes constitucionales, así como a cualquiera de sus oficinas, dependencias, organismos o instituciones, que velen por la protección de las víctimas, a proporcionarles ayuda, asistencia y reparación integral”, según quedó establecido en el documento del DOF 03/05/2013; sin embargo, el gobierno federal ha prestado oídos sordos a este caso, ni tampoco nadie ha sido consignado por los sangrientos hechos.
“¿Que para nosotros quiénes son los causantes de este incidente?, pues el Ejército Mexicano, porque los delincuentes no impactaron a nuestra familia, sino que fueron ellos, los soldados. Si la situación sigue así, aunque ahorita no tenemos el dinero para poder contratar abogados, estamos analizando entablar acciones legales y acudir ante otras instancias”, aduce Angel.
Este deudo confiesa que el único apoyo que recibieron fue del Gobierno del Estado con algunas cosas para el sepelio y del municipio, que les otorgó una ayuda económica para su puesto de tacos, la cual también emplearon para sepultar a su madre, hermana y sobrina, porque: “Nosotros hicimos el esfuerzo para que enterraran a mi familia en el Gayosso”, agrega.
Pero el joven reprocha que no solamente sufrieron un daño patrimonial –en el que además hubo hijos y nietos que se quedaron sin sustento–, sino que el principal perjuicio es el familiar, porque asegura que a sus parientes ya nadie se los va a devolver.
“El gobierno federal dijo que nos iban a apoyar con las investigaciones, para determinar quién va a ser el responsable. Mas no se sabe cuándo pueda haber una respuesta”, condena.
> ¿Están recibiendo alguna clase de apoyo psicológico, pláticas, charlas?
“Las dejamos de recibir, porque la verdad no tenemos para comer, mucho menos para desplazarnos hasta el Cuartel Militar a que nos den esa clase de ayuda. Ellos nunca vinieron a nuestra casa a visitarnos, teníamos que ir nosotros”, objeta.
Reconoce Angel que por el contrario, hubo muchas muestras de apoyo de la comunidad con comentarios en las redes sociales; así como de vecinos y clientes de la taquería.
“Bastantísima gente llegaba a comer ahí con nosotros y lamentaron todo lo sucedido. Y la verdad son tantos los recuerdos que están ahí, muchas anécdotas de nuestra infancia, de cuando estábamos jóvenes que íbamos a la escuela. Las cosas que mi mamá nos hacía de comer. Quisiera regresar el tiempo, pero ya no se puede”, lamenta.
De la taquería no quedó nada. Sólo las huellas de esa fatídica noche en aquella barda que fue derrumbada y sobre la cual se erigió una cruz de madera.
Refiere Angel que considera retomar nuevamente ese trabajo, pero sólo cuando tenga el ánimo y los medios para iniciar otra vez. Con los ojos llorosos observa las cosas que le quedaron de su difunta familia y se pone pensativo.
UNA BALA PERDIDA ACABO CON SUS SUEÑOS
La tragedia de la familia Nieto Hernández, ocurrida hace cuatro meses, no es la única que ha consternado a la comunidad fronteriza. En Matamoros se presentó otro caso que causó estupor y descontento social.
Por primera vez la familia de la niña Leslie Yamilet Rodríguez Sandoval, quien el pasado 31 de enero murió en medio de un enfrentamiento entre militares y hombres armados, ha decidido romper el silencio:
Leslie era estudiante del Segundo Grado “F”, de la Secundaria No. 8 “Filemón Salazar Jaramillo”. Ocupaba uno de los primeros lugares en aprovechamiento académico y tenía el sueño de ser abogada. Absolutamente todas y cada una de sus ilusiones fueron arruinadas por un impacto de bala.
Este acontecimiento no sólo causó su muerte, sino un profundo dolor a toda su familia y la comunidad donde se desenvolvía. Hoy en su salón de clases, en la casa de sus abuelos y en su domicilio del fraccionamiento Los Palmares, se percibe el vacío que dejó su prematura partida.
A decir de sus vecinos no había día en que la menor de 13 años no acudiera alegre a la tienda que está al lado de su domicilio a comprar las cosas que le encargaba su mamá. En el barrio donde creció, al igual que en la colonia Valle Real, donde radican los papás de su mamá, la niña era muy querida por toda la gente.
“Fue la mayor de las nietas y nunca se le veía molesta. Al contrario todos la recordamos como una persona muy sencilla y obediente”, dice María Marlene Sandoval Mendoza, mamá de Leslie.
La única forma en la que puede expresarse de su hija es a manera de homenaje, porque manifiesta que en su rostro siempre había dibujada una sonrisa.
Al abrir a Hora Cero las puertas de su casa –para la realización de este reportaje especial con familiares de víctimas adyacentes a los hechos violentos que aquejan a la sociedad–, esta madre reconoce no saber cómo podrá superar esta muerte, ni tampoco el modo en el que se presentó.
“Creo que es algo que no puede uno reponerse. No hay día ni momento en el que no piense en ella (Leslie)… pero tengo otros tres (hijos) por los que debo ver también y evitar que me perciban mal”, explica.
Su niña fallecida era la mayor. Le sobreviven Eder de nueve años, Axel de siete y Derek de dos, pero principalmente los más grandes, se han visto también muy afectados por el imprevisto, porque ya no pueden convivir con su hermana.
LOS PRESAGIOS
Aquella tarde de domingo, Leslie se dispuso acompañar a su papá, Eder Omar Rodríguez, a la colonia Ciudad Industrial a cobrar un dinero. María Marlene manifiesta que era un día como cualquier otro, por lo que jamás imaginaron que la tragedia pudiera alcanzar a su familia. Es algo que, señala, aún no pueden explicarse.
“Esa vez ella salió con mi esposo, quien se dedica a vender tiempo aire. Él de hecho no trabaja los domingos, pero siempre dejaba pendiente algo para salir a cobrar. Ella lo acompañó ese día y pues…”, narra la progenitora de Leslie.
Añade que ella estaba en su domicilio, junto con sus otros tres hijos cuando recibió la llamada de su cónyuge, para avisarle que se encontraban en el hospital, en el mismo en que su hija había nacido.
“Mi corazón empezó a latir con mucha fuerza. Le pedí a mi vecina que me llevara de favor al Seguro Social (de la calle Sexta). Le di la noticia y su esposo se ofreció a llevarme. Tuve un mal presentimiento, me sentía muy mal. Hubiera querido que fuera una broma, pero desgraciadamente no fue así. Mi niña no alcanzó a sobrevivir, esto es algo tan doloroso que no puedo expresarlo con palabras”, reseña.
En los días previos, esta madre dice haber notado algo diferente en su hija. Asegura que de repente comenzó a perder el ánimo y tal vez presentía que algo malo ocurriría.
“Antes de que pasara todo eso ella estaba muy seria. De hecho ya casi no cenaba. Me había acompañado al súper. Me dijo que le comprara un yoghurt, pero no se lo tomó. Después, cuando me puse a limpiar vi que el yoghurt estaba cerrado.
“Mi niña era una estudiante normal que iba bien en sus calificaciones. Soñaba de grande ser abogada. Le gustaba mucho eso de defender a los demás. Era muy tranquila, respetuosa y centrada. Inclusive, me decía que se sentía muy madura para su edad”, recuerda.
IMPOSIBLE NO EXTRAÑARLA
Para el matrimonio Rodríguez Sandoval, imposible será no acordarse de los momentos de felicidad que le regaló su hija mayor, como tampoco cuando era una niña de brazos, que empezó a dar sus primeros pasos y luego, cuando comenzó a hablar. Mucho menos todos los días que la llevaban a la escuela y cuando comían en familia.
El cuarto de Leslie Yamilet aún conserva intactas todas sus cosas, la ropa que tanto le gustaba, los cuadernos de la secundaria y también su mochila. El silencio perturbador de este hogar apenas es interrumpido por el llanto de María Marlene y de su hermana, que la acompaña en casa para tratar de animarla y darle fuerzas.
“Mi hija trajo muchas alegrías a nuestra casa. Fue la primera nieta de mi mamá y como quien dice, la consentida de la abuelita. Este golpe fue para toda la familia. Para todos y para mi mamá también. Ahí prácticamente creció.
“Y sí, de repente vienen tantas preguntas a nuestra mente: ¿por qué ella?, si no era una persona mala, al contrario era muy buena. Con excelente promedio, bien educada. A nosotros nunca nos faltó el respeto ni jamás nos dijo una mala palabra. A sus hermanos tampoco, sino que ella les decía –háganle caso a mami y háganle caso a papi–, siempre.
“Le gustaba mucho el espagueti, la pizza, siempre me decía –mami, vamos a caminar, vamos a salir alguna parte–, pero yo también por falta de dinero le comentaba, –a qué vamos a ir, nada más a antojarnos–“, alude.
Otra de las aficiones de Leslie era escuchar música. De acuerdo con su madre uno de sus grupos favoritos era “CD9” y el cantante Abraham Mateo.
“Pues le gustaban mucho los cantantes que andan ahorita de moda. También la canción que más escuchaba era ‘El Viejón’. Yo la oía que cantaba para sus amigas en el Whatsapp. Sus amiguitos de la secundaria tuvieron muestras de apoyo hacia nosotros, más que nada sus compañeritas con las que se juntaba quedaron muy impactadas, porque pues convivieron mucho”, apuntala.
María Marlene especifica que después de lo sucedido no pide “nada” de las autoridades y dice no saber en qué momento la sociedad se perdió.
Reconoce que las generaciones pasadas acostumbraban salir a la calle con toda normalidad. Podían ir a cualquier lugar a la hora que fuera sin el miedo de que algo malo pudiera pasar, pero de repente todo cambió y en este país, ahora mismo, cualquiera puede tener la mala suerte de perder a un familiar asesinado.
“Yo sé que el caso de mi hija no es el único. Han habido más. A muchos les ha tocado por delante. Luego nos pasó a nosotros, pero creemos que ahora ella está en un lugar mejor”, acota.
Al igual que los Nieto Hernández, la familia Rodríguez Sandoval ha dejado de recibir apoyo psicológico y tampoco fue indemnizada, a pesar de que así lo establece la Ley General de Víctimas.
> ¿Cuáles son los recuerdos que usted como madre se llevará de Leslie?
“Su sonrisa, que ella no era exigente, nada exigente. Si me pedía dinero para la tienda y le daba cinco pesos con eso se conformaba. Ella nunca me alegó o me pidió que le comprara cosas porque sus amigas las traían. Jamás”, señala María Marlene, quien accedió en contar esta historia en memoria de su amada hija, de todas aquellas víctimas inocentes y quienes han perdido un familiar de manera violenta.
LOS ANTECEDENTES
Históricamente la frontera de Tamaulipas ha sido escenario de sangrientos enfrentamientos en los que han participado las Fuerzas Federales, ocasionando muertes de civiles sin distinguir sexo, edad, ni condición social.
Uno de los primeros casos de víctimas inocentes –en la ola de violencia que sacudió al país– se suscitó el 21 de mayo de 2005 (Hora Cero 174), hace más de una década, cuando los ocupantes de una camioneta Dodge Ram fueron acribillados por elementos de la entonces Policía Federal Preventiva (PFP) sobre el boulevard Hidalgo en Reynosa, a la altura del Puente Broncos.
A pesar de que los jóvenes (Hernán Alemán Serrato, Jorge Castillo Fuantos y José Reyes Avendaño García) se encontraban desarmados, la dependencia aseguró en su comunicado 131/05 que éstos abrieron fuego contra el convoy policiaco. Dos de las víctimas estaban a punto de recibir su título profesional y de aquel tiroteo sólo hubo un sobreviviente.
Estas imágenes fueron capturadas en video y divulgadas en diversos noticieros, donde se observa que los agentes detuvieron otra camioneta Dodge Dakota, conducida por Jorge Alberto González Arévalo, de 21 años de edad y quien con lujo de violencia fue bajado de la unidad.
De inmediato los policías revisaron el vehículo del joven estudiante de arquitectura, quien trabajaba en una empresa cementera para costearse sus estudios universitarios. Al no encontrar nada ilegal decidieron dejarlo libre, pero al alejarse del punto de detención, un camión con policías avanzó detrás de la pick up, la cual enseguida apareció chocada, baleada y con su conductor muerto de un tiro:
El camión de la PFP se había lanzado en persecución de la Dakota, la impactó y los policías abrieron fuego contra González Arévalo, en una clara aplicación de la “ley fuga”.
De acuerdo con las pruebas de rodizonato de sodio practicadas a los cadáveres la mañana de aquel 21 de mayo, no se identificaron elementos de plomo y bario en ninguna de sus manos.
El documento –número 19344/2005 de la Averiguación Previa AP/PGR/TAMPS/REY-III/264/2005– asentó que el policía Pedro Moreno Feria fue el único de los fallecidos que hizo disparos y contradice las versiones oficiales de la PGR y PFP, de que sus agentes se enfrentaron a balazos con delincuentes.
Los familiares de los jóvenes asesinados se plantaron junto con las otras familias de los fallecidos frente a las oficinas de la Procuraduría General de la República (PGR), para exigir justicia, pero a casi 11 años de distancia ningún elemento fue juzgado por estos hechos.
“Ahora sí que el gobierno es el que ha provocado que todo esto pase, por la corrupción de nuestros malos funcionarios.
“Lamentablemente hay muchas más víctimas, y se sigue dando ésto. No existe una fecha para que el odio y la inseguridad se termine y no creo que se acabe”, considera Angel Nieto Hernández, (el joven que perdió a sus series queridos en la taquería) al enterarse de otros casos en el que murieron inocentes.
Atestiguan entender el dolor de sentir que les maten a un pariente tan cercano como lo es una madre, una hermana o una sobrina y tanto él, como la progenitora de la niña Leslie Yamilet Rodríguez Sandoval, aceptan estar bastante dañados por el dolor que les han provocado.
Ante esas circunstancias las preguntas obligadas son: ¿hasta cuándo el gobierno restituirá a estas familias? y ¿cuándo evitará volver a poner otra vez en riesgo a la población civil? Para los deudos la respuesta bien podría ser “nunca”.