La singularidad de la familia Dimas Salomón radica en que por 24 años ha diseñado y confeccionado máscaras de luchadores, rudos o técnicos, de Reynosa y la región fronteriza, que ellos utilizan en sus combates frente a sus fieles fanáticos.
Sus integrantes apoyan al gladiador a construir el misticismo que cautiva a los aficionados, que les permite sumergirse en la dualidad que se manifiesta en este deporte-espectáculo: conocen a la persona que es el luchador, y al luchador en persona.
La familia, integrada por Marina del Carmen Salomón Joachín y sus hijos Pedro Alonso, Luis Ángel y Amanda Jazmín, forma parte del colorido que vuela desde la tercera cuerda, que da saltos acrobáticos dentro y fuera del cuadrilátero, y que no deja de sorprender al público.
Todo inició como un juego, pues sólo pretendían diseñar una colección de máscaras, no más. Sin embargo, la tercera pieza que confeccionaron le gustó a un luchador, la adquirió y los comenzó a recomendar, y así fueron llegando los gladiadores al domicilio de los Dimas Salomón a solicitar la elaboración de sus atavíos.
A la fecha es difícil para Marina calcular la cantidad de máscaras que han fabricado, pero sí puede dar cuenta de la pasarela de luchadores que ha desfilado por su hogar.
TRABAJO EN EQUIPO
El luchador llega con el rostro descubierto a casa de la familia Dimas Salomón y comienza a volar por los aires; se idealiza convertido otro más ágil, más fuerte. Las ideas que arroja al cuadrilátero son dibujadas por Pedro Alonso o Luis Ángel, luego pasadas a moldes con las medidas exactas.
Marina empieza a confeccionar desde una máscara hasta un traje completo, sin imaginar que esos objetos inertes cobrarán vida al
momento de poseer al luchador que los porta dentro del ring.
No es un proceso sencillo, hay que analizar cada detalle para que sea original y buscar los materiales adecuados. Cuenta mucho la personalidad del luchador y sus deseos de aplicar una ‘hurracarrana’, o una llave a su oponente con una galante vestimenta que también rinda al público.
“Hay quien le gusta lo sobrio, hay quien le gusta lo colorido, entonces vamos buscándole. Hay diseños sencillos que en un día se pueden hacer y hay otros que se van perfeccionando y hasta en dos días se llegan a terminar por completo”, dice.
Es de esta manera como nace el mito y la magia que envuelve entre cuerdas a los aficionados de la lucha libre. Pero también, es en este lugar donde la ruda vanidad de los luchadores, convertida en caprichos, se puede percibir.
“Hay colores que no les agradan o diseños que no les gustan pero sólo está en seguirles el capricho. Aquí vienen y se prueban las máscaras, todos son especiales en si porque es su imagen y su seguridad”, agrega.
Telas como licra, licra en holograma, puntini, metálicas, es su materia prima para fabricar las máscaras que ya finalizadas tiene un costo que oscila entre los 600 a mil 200 pesos, dependiendo de los materiales y el grado de dificultad.
Los diseños son variados y van de acuerdo a la petición que el gladiador exponga.
Marina asegura que este trabajo le ha dado la satisfacción de vestir a tres generaciones de luchadores locales. Habla de que se confeccionó la vestimenta del luchador conocido como el Indio, después la de sus hijos Turok y Dakota, y recientemente la de su nieto Turok Junior.
Comenta que también han fabricado máscaras personalizadas que no son luchadores. En ese sentido, dice que han hecho artículos de este tipo con los colores representativos de varios clubes de futbol mexicano.
OBJETIVO: RUDOS Y TECNICOS CONTENTOS
El objetivo principal de estos modistas de la lucha libre regional es que la única preocupación de los gladiadores sea ofrecer un espectáculo que cimbre la arena entera, a gusto con la vestimenta que eligieron y sin distracciones relacionadas con la comodidad de la misma.
“Nos gusta que queden satisfechos, que subiendo al ring ellos no se preocupen porque se les mueve esto o les quede mal lo otro, sino que se enfoquen nada más a la lucha”, dice la entrevistada.
Otra de las características importantes del trabajo de más de dos décadas es que todos los diseños son personalizados y no se pueden repetir, y en caso que un luchador lo quiera debe contar con la autorización del propietario original.
Salomón Joachín, quien al principio no le gustaba la lucha libre pero conforme se adentró en este mundo descubrió las emociones que surgen del cuadrilátero, asegura que mientras tenga vida seguirá dedicándose a confeccionar máscaras y cualquier otro tipo de
indumentaria de estos héroes.
Dice que al acudir a la lucha termina con su estrés, escuchando a las personas que gritan y se emocionan con la acción que se genera dentro del ring.
“La lucha es muy buena para sacar el estrés. Se pone muy bien porque puedes gritar, emocionarte, tomar partido: sea rudo feliz o técnico”, expresa.
UN TRABAJO PECULIAR
Para Luis Angel Dimas Salomón fabricar los trajes ha sido un trabajo peculiar que le ha permitido conocer en persona a una infinidad de luchadores, y sumergirse en el misticismo que los rodea.
El se encarga de diseñar, enmarcar, cortar y armar la máscara solicitada, en un proceso que tiene un alto grado de dificultad porque debe registrar las medidas exactas, de lo contrario la pieza no tendrá la calidad que se requiere.
Señala que la atmosfera que se crea en cualquier arena de lucha libre es especial porque conjuga varios elementos que provocan el estallido de la algarabía.
“Es un gran trabajo que me da muchas libertades, y dentro de ua arena me permite estar en un mundo muy diferente: el mundo
de los luchadores y el misticismo que es uno de los componentes esenciales de este deporte”, comenta.
Una de las peculiaridades de los luchadores, según el entrevistado, es cómo se transforman cuando se colocan su equipo para combatir.
Señala que un luchador sin máscara paseando por las calles pasa desapercibido, pero cuando se la coloca se convierte en otro, en el defensor de las causas buenas o malas, según sea el caso.
Luis Ángel dice que una cláusula de su trabajo es mantener el anonimato de los enmascarados, regla que guarda desde que era un niño. Y aunque ha convivido con ellos despojados de máscaras, jamás se ha atrevido a develar su identidad.
“Desde pequeño he conocido a los luchadores sin máscara y siempre se me ha inculcado guardar ese secreto para perpetuar el misticismo.
Revelar la identidad sería un error, una falta a nuestro oficio porque ellos nos confían sus personalidades, su identidad”, argumenta.
Así, la familia Dimas Salomón ha vestido tanto a héroes como antihéroes a lo largo de 24 años, colocándose como un referente de la lucha libre en esta región.
