En el mar de desechos que constituye el basurero municipal ubicado en el ejido Las Anacuas un grupo de niños se zambullen y recolectan cuanto material pueden vender. Algunos de ellos, cuando descansan, lo hacen recargados sobre la camioneta de su abuelo, estacionada en uno de los accesos al lugar.
Trabajar a temprana edad es duro y pesa tanto como una losa cuando es periodo de asueto, pero como la pobreza no tiene vacaciones, los hermanos Eduardo y Arly, de 13 y 12 años de edad respectivamente, tuvieron que acompañar a quien llaman “Don Rogelio” para ayudarle en la “pepena”.
Estos menores ya saben que la vida se desanuda trabajando y aunque lo primordial es contar con recursos para comer, su objetivo es proseguir con sus estudios, un futuro que aún es incierto, pues ni siquiera están inscritos en algún plantel.
Eduardo acaba de culminar su educación primaria y se dispone a ingresar a secundaria, mientras que Arly ha pasado a quinto grado de este nivel. Desconocen las calificaciones con las que concluyeron el año escolar pero aseguran –desorientados y entre balbuceos– que quieren seguir estudiando.
Eduardo y Arly son la otra niñez de Reynosa, la confinada por el fracaso de las políticas públicas a espacios con pocas esperanzas que a diario se depositan en costales sucios. Y aunque un basurero no es el mejor lugar para que dos menores pasen sus vacaciones, la pobreza no descansa y menos hace distinciones de edades: flagela igual a grandes y pequeños.
“TA’ BIEN GACHO”
Eduardo, de apenas un metro y medio y complexión delgada, asegura que es la primera vez que realizan esta labor porque necesitan dinero para comprar los uniformes, cuadernos, zapatos, entre otros materiales que se requieren para iniciar las actividades escolares.
Al ser su primera vez es natural que estén cansados. Llegaron desde las ocho de la mañana a ese lugar a caminar entre los desechos buscando los tesoros que la gente desecha.
Es mediodía y el ambiente arde, arriba un sol incandescente característico de la temporada canicular, abajo un basurero que exhalaba humo debido a un incendio que se suscitó días atrás y no había sido controlado correctamente.
“Es la primera vez que venimos con mi abuelo a juntar latas”, comenta Eduardo, mientras su hermano asiente con la cabeza.
“¿Y qué te parece?”, se le pregunta. “Ta’ bien gacho”, responde.
Eduardo dice que hubieran preferido quedarse en su casa a ver caricaturas, pero la mañana se prestaba para trabajar. Sabe que el descanso será después, en la noche, cuando en la colonia se armen “las retas” de futbol.
Viste camisa de manga larga y pantalón de mezclilla para evitar las quemaduras del sol y soportar el hilito de calor que se desprendía de las llamas escondidas debajo del tonelaje de basura.
Narra, con los dedos de su mano derecha colocados sobre el rosario que trae puesto, que se internó en el basurero y con un azadón comenzó a remover los desperdicios buscando aluminio y otros materiales reciclables.
Sin embargo, esta acción no la hace porque ama al medio ambiente. Sino porque en Reynosa proliferan los negocios que compran el kilo de estos materiales por unos cuantos pesos.
Una pequeña montaña de latas tiznadas apilada al lado de la camioneta es el producto del trabajo que realizó en las primeras horas del día con su hermano. Es poco lo recolectado, sin embargo, la jornada no terminará hasta entrada la tarde.
Al preguntarle sobre sus estudios responde vagamente, dice que en la boleta sólo alcanzó dos nueves y los demás fueron ochos. El desconcierto sobre su futuro académico se debe a que cambiaron de vivienda a otro sector y no están enlistados en algún plantel.
Su hermano, Arly, se reserva el opinar, solo escucha con atención y hace una pregunta espontánea: “¿usted es de Oportunidades? El diálogo continúa: es posible que toda la semana se la pasen en este su “campamento de verano” aprendiendo a trabajar para sobrevivir.
A TIRAR PATADAS
“Yo pasé a quinto grado y necesito ropa para la escuela, una mochila también”, dice Arly quien se refleja mayor gusto por la escuela que su hermano pero tampoco sabe si continuará con sus estudios.
Al igual que Eduardo, espera que vendiendo lo recaudado en el basurero le queden algunos pesos para poder adquirir sus materiales escolares. Aunque primero, terminando la jornada, irán por comida para llevar a casa, pues hay que alimentar a los dos hermanos menores que ellos.
De su madre no hablan, ni siquiera dicen el nombre. Retomar el tema escolar tampoco quieren, mejor hablan de futbol. Arly se dirige a la camioneta y saca una pelota de plástico amarilla que en tiene un orificio pero a pesar de ello conservaba algo de elasticidad.
El juego siempre será una válvula de escape a los problemas infantiles, Arly toma la pelota y empieza dominarla con gran facilidad. Una sonrisa se asoma en ese rostro de seriedad infantil que ha enseñado durante la entrevista o plática informal –como sea que se catalogue– sostenida en el lugar.
Eduardo intenta hacer lo mismo pero sus zapatos no se lo permiten. Lo vuelve a intentar pero no puede. “Me hacen falta unos tachones para jugar bien”, pronuncia.
El diálogo se ha agotado, ya no hay nada que decir y la jornada tiene que continuar, se vuelven a internar al basurero para continuar ayudándole a su abuelo y, quizá con ello, les quede algo de dinero para comprar sus útiles escolares.
APRENDIENDO
A diferencia de Eduardo y Arly, Marnek Quiñones, de nueve años, acompañaba a su padre al tiradero para asistirlo en lo que le solicitara. “Baja, hijo, los señores quieren hacerte un reportaje”, le dice su papá, Enrique Quiñones.
El niño deja de descargar el material que han recolectado, desciende de la camioneta y se dispone a contestar. Entre moscas y olores fétidos, habla de su “trabajo temporal” que le ha otorgado su padre para ganarse algo de dinero.
“Vengo ayudarle a mi papa a juntar plástico para que haya dinero para los uniformes”, suelta el argumento, el único que habrá de enunciar completo durante la breve entrevista.
Cuenta que ha pasado a cuarto grado en la primaria “Edmundo Alvarez Tovar”, ubicado en la colonia Villas de Imaq, sector donde también radica. Menciona lo que más le gusta de la Historia: Benito Juárez, La Independencia y temas de la guerra.
Terminado el trabajo comenta que llegará a casa ver la tele, –caricaturas, por supuesto– y después a jugar “futbeis”. Después dormirá para descansar y por la mañana de nueva cuenta ayudarle a su padre en la labor que desempeña.
Dicho esto, Marnek vuelve a subir a la camioneta y se reintegra a las actividades, después de todo es un trabajo temporal que habrá de concluir para él cuando en agosto inicie el ciclo escolar 2013-2014.
