Leyendas urbanas que sobreviven en Reynosa

Desde la aparición de una mujer que pide aventón en la carretera a Monterrey hasta historias vinculadas con cementerios, Reynosa conserva relatos que han pasado de boca en boca y forman parte del imaginario popular de la ciudad.

Por Clarissa Grimaldo y Jaime Jimenez

Reynosa, Tamaulipas

En las conversaciones familiares, entre amigos o durante las reuniones de octubre, las leyendas urbanas mexicanas suelen resurgir con relatos de apariciones, encuentros inexplicables y lugares a los que se les atribuyen sucesos extraños. Algunas historias se cuentan desde hace generaciones, mientras que otras se adaptan con nuevos escenarios y personajes, hasta convertirse en parte de la memoria colectiva de la comunidad.

Reynosa no es ajena a esta tradición. En esta ciudad fronteriza circulan historias que tienen como escenario carreteras, puentes y colonias, donde supuestamente han ocurrido encuentros que, con el paso del tiempo, se transforman en relatos que despiertan curiosidad y temor entre quienes los escuchan.

Para el antropólogo e historiador reynosense Martín Salinas, estas narraciones pueden analizarse desde el pensamiento cultural y la manera en que las sociedades interpretan temas como la vida, la muerte y aquello que no siempre encuentran cómo explicar.

El especialista señaló que (desde un punto realista) las experiencias humanas, los sueños y los procesos del inconsciente forman parte de las interpretaciones que se construyen alrededor de ciertos fenómenos. Explicó que el sueño es una actividad natural del cerebro y que las alteraciones del descanso, así como determinadas circunstancias físicas y emocionales, pueden influir en las experiencias que una persona percibe.

Desde esta perspectiva, las historias relacionadas con apariciones y sucesos extraordinarios también pueden abordarse como expresiones del “imaginario colectivo”, en el que las experiencias individuales se mezclan con las creencias y los relatos compartidos por una comunidad que pasan de boca en boca como teléfono descompuesto. 

UNA MUJER QUE PIDE AVENTÓN EN LA CARRETERA 

Entre las historias que se cuentan en la localidad se encuentra la de una mujer vestida de blanco que aparece en la carretera, particularmente en el tramo conocido como La Sierrita, cerca de los límites con el estado de Nuevo León. 

“De acuerdo con el relato, una persona que conducía por la zona se encontró a una joven a la orilla del camino y se detuvo para ofrecerle un aventón. La mujer, vestida de blanco, subió al vehículo y, durante el trayecto, el conductor continuó su camino sin sospechar que el encuentro terminaría convirtiéndose en una historia difícil de olvidar, pues al voltear hacia el asiento donde la mujer iba sentada, esta desapareció sin dejar rastro alguno”, expresó el antropólogo. 

Esta historia se repitió tanto con traileros como automovilistas. 

Salinas explicó que esta narración no es exclusiva de Reynosa, pues existen versiones similares en diferentes partes de México. Aunque los detalles cambian según el lugar donde se cuenta, la estructura suele mantenerse: una mujer solicita ayuda en la carretera, viaja con el conductor y, posteriormente, ocurre algo que transforma el encuentro en un supuesto acontecimiento sobrenatural.

EL RELATO DE UNA JOVEN EN EL PUENTE INTERNACIONAL 

Otra de las leyendas que forman parte del imaginario de Reynosa tiene como escenario el puente internacional Hidalgo y un joven originario de Río Bravo.

Según la versión que llegó al historiador, el muchacho se encontraba en la zona cuando vio a una joven que llevaba varias bolsas con artículos que había comprado en Estados Unidos. Al acercarse, le ofreció ayuda y terminó dándole un aventón para llevarla de regreso a su colonia.

Durante el trayecto, la joven le habría pedido que la dejara una cuadra antes de llegar a su destino. El conductor accedió, pero alcanzó a observar la casa a la que ella se dirigió después de bajar del automóvil.

La historia continúa días después, cuando el muchacho, interesado en volver a verla, regresa al domicilio donde creyó haberla dejado. Al tocar la puerta, busca noticias de la joven y su madre le hace saber que su hija había fallecido desde hace cuatro años. 

LA LLORONA 

La figura de La Llorona, uno de los personajes más conocidos en México, también tiene una versión que se cuenta en Reynosa. Sin embargo, a diferencia de los relatos que sitúan sus lamentos entre las calles de la Ciudad de México, en esta región la historia se traslada a las orillas de los canales y a los antiguos panteones de la ciudad.

Salinas explicó que una de las versiones que conoce, ubica la aparición de una mujer vestida completamente de blanco en las inmediaciones del canal Rodhe. 

De acuerdo con el relato, quienes transitaban por la zona, ya sea caminando o en automóvil, alcanzaban a distinguir a una mujer a la distancia. Su vestimenta blanca llamaba la atención de quienes pasaban por el lugar, pero lo que transformaba el encuentro en una historia de misterio es que, al observar con mayor detenimiento, descubrían que no tenía piernas y que se desplazaba flotando.

En algunas versiones, la aparición termina cerca de la orilla del canal, donde la figura desaparece, dejando a quienes aseguran haberla visto con una historia que contar.

Este personaje también se ha relacionado con los antiguos cementerios de Reynosa, entre ellos el Panteón Guadalupano y el Sagrado Corazón donde trabajadores aseguran haber visto a la “Llorona” cuando la noche cae. 

Para el historiador, estas variaciones conocidas en diferentes regiones del país son parte de la manera en que las comunidades construyen su imaginario. Los relatos se conservan, pero sus escenarios y detalles cambian según el lugar donde se transmiten, hasta convertirse en historias que los habitantes reconocen como propias.

La memoria de los antiguos cementerios también permanece en los relatos sobre escuelas, hospitales y terrenos donde, según las versiones populares, todavía se producen apariciones. Entre ellas, una de las más populares es en el ISSSTE, donde personal médico y pacientes han reportado la presencia de un abuelito que vaga por los pasillos lamentando la pérdida de su hijo. 

LA CUEVA DEL DIABLO

En la colonia Jacinto López 3, sobre el libramiento Monterrey, se encuentra uno de los sitios que forman parte de las leyendas urbanas de Reynosa: la conocida Cueva del Diablo, un lugar rodeado de relatos que mezclan la historia de la ciudad con las creencias populares.

El antropólogo e historiador Martín Salinas explicó que el sitio se localiza en una de las elevaciones más altas del área urbana de Reynosa, característica que le habría dado relevancia como punto estratégico en antiguos enfrentamientos.

De acuerdo con la historia que se ha transmitido entre los habitantes, en ese lugar se habrían ocultado armas para utilizarlas durante una batalla. La zona donde se encontraba el supuesto escondite fue conocida como la Loma de la Guerra, mientras que la cavidad ubicada en la parte baja de la elevación recibió el nombre de Cueva del Diablo.

La leyenda sostiene que el diablo era quien custodiaba las armas escondidas en ese lugar, una creencia que contribuyó a darle un carácter misterioso y a mantener vigente su nombre entre las historias populares de Reynosa.

EL PUENTE DE LA MUERTE, ESCENARIO DE ACCIDENTES

Otro de los lugares que permanecen en la memoria de los reynosenses es el llamado Puente de la Muerte ubicado sobre el bulevar Alvaro Obregón en su cruce al bulevar Morelos, cuyo nombre, explicó Salinas, está relacionado con los accidentes que ocurrían frecuentemente en la estructura durante las décadas de 1970 y 1980.

El historiador recordó que, a partir de la revisión de periódicos de la época, conoció los antecedentes de esta construcción y los sucesos que llevaron a identificarla con ese nombre.

Según su explicación, el puente se proyectó para conectar sectores de la ciudad y facilitar el tránsito por la zona. Sin embargo, la obra quedó inconclusa en uno de sus extremos, por lo que la estructura presentaba una subida sin una bajada terminada del lado cercano al Hospital General.

Esta condición, sumada a las características de la vialidad de aquel entonces, representaba un riesgo para los automovilistas. La circulación era más estrecha que en la actualidad y, de acuerdo con el historiador, los accidentes se repetían con frecuencia, particularmente durante los fines de semana.

Salinas relató que algunos conductores que transitaban por el lugar, incluidos aquellos que habían consumido bebidas alcohólicas, terminaban perdiendo el control de sus vehículos y cayendo por el desnivel. Los percances llegaron a ser tan recurrentes que el sitio adquirió el nombre con el que todavía es recordado.

El historiador señaló que las notas periodísticas publicadas durante aquellos años permiten rastrear los accidentes registrados en el lugar y conocer las circunstancias que contribuyeron a su fama.

A diferencia de las leyendas sobre apariciones o presencias sobrenaturales, la historia del Puente de la Muerte tiene su origen en una serie de sucesos que, según Salinas, quedaron documentados en la prensa local.

LA RESURRECCIÓN DE LA PELOTA:

EL HOMBRE QUE VOLVIÓ DE LA MUERTE

Otra de ellas es la leyenda de la resurrección del Zumbón, también conocido como la Pelota, un personaje de la antigua vida popular de esta ciudad fronteriza. El relato de Fernando Razo, un hombre dedicado a la carpintería, quien conoció al protagonista desde que ambos eran niños. En aquellos años, su apodo resonaba entre las calles del centro y de la colonia Aquiles Serdán, donde algunos lo llamaban la Pelota, mientras que para el resto del pueblo era simplemente el Zumbón.

Su vida, según la narración, estuvo marcada por contrastes. Aunque desde pequeño tuvo dificultades para mantenerse alejado de los malos caminos, también fue recordado como un hombre trabajador, agradable y de carácter alegre.

Durante su juventud buscó ganarse la vida en distintos oficios. Uno de sus primeros trabajos fue en una taquería de flautas instalada en la plaza Niños Héroes, donde cumplía con sus tareas mientras intentaba abrirse paso en una ciudad que, como él, crecía entre las oportunidades y las dificultades de la frontera.

Con el paso del tiempo desempeñó otros trabajos tanto en México como en Estados Unidos, país al que llegó como migrante indocumentado. Sin embargo, hacia el final de su vida, su nombre quedó vinculado a actividades ilícitas.

Se decía que había comenzado a extorsionar a migrantes en la frontera sin autorización de los grupos delictivos que ejercían el control de esas actividades. De acuerdo con los rumores que circularon entonces, esa decisión habría provocado que fuera entregado a las autoridades y recluido en el Centro de Ejecución de Sanciones (Cereso) de Reynosa.

Algunos aseguraban que había muerto apuñalado durante una riña entre grupos rivales. Otros sostenían que había logrado escapar de prisión. Una tercera versión afirmaba que fue trasladado al penal de Matamoros, donde habría perdido la vida durante un motín, quemado en medio del caos.

Nadie parecía tener una respuesta definitiva. Con los años, el Zumbón dejó de formar parte de las conversaciones cotidianas y su recuerdo quedó sepultado bajo el peso de aquellas historias que la gente termina por aceptar como parte del pasado. Hasta que la muerte volvió a tocar a su familia.

Habían transcurrido aproximadamente tres años desde la supuesta muerte del Zumbón cuando una nueva tragedia sacudió a sus familiares, quienes continuaban viviendo en la colonia Aquiles Serdán.

Esta vez, la fallecida era su hija, una mujer joven que dejaba atrás a su familia y a sus propios seres queridos.

En aquella zona de Reynosa, como en muchas otras colonias de la ciudad, existía la costumbre de velar a los difuntos en sus propias casas. El duelo se compartía entre familiares, vecinos y amigos, quienes acudían para ofrecer sus condolencias y acompañar a los dolientes durante las horas previas al entierro.

También era habitual que, antes de colocar el ataúd en la carroza fúnebre, el cuerpo fuera sacado de la vivienda y llevado por algunas calles del vecindario. Era una última despedida, un recorrido breve por los lugares donde el fallecido había vivido y convivido con quienes ahora lamentaban su ausencia.

La casa donde velaban a la joven recibía continuamente a personas que entraban para expresar su pésame. Algunos permanecían unos minutos junto al féretro; otros se quedaban más tiempo, en silencio, compartiendo el dolor de la familia.

Al salir, los visitantes solían reunirse frente a la vivienda o en plena calle para conversar. Así transcurría el velorio, entre muestras de afecto, recuerdos y el murmullo de quienes buscaban acompañar a los deudos.

Fue entonces cuando llegó un joven que había conocido bastante bien al Zumbón durante su vida, aunque desconocía los detalles de sus últimos años y las circunstancias en que supuestamente había muerto.

Entró a la casa, se acercó al ataúd de la muchacha y permaneció durante un largo rato en el interior. Cerca del féretro, según contaría después, había un hombre que reconoció de inmediato. Era el Zumbón.

Para él, aquel hombre seguía siendo el personaje que había conocido desde niño, alguien que formaba parte de sus recuerdos y de la vida cotidiana del barrio.

Después de permanecer un tiempo en la casa, el muchacho salió y se reunió con un grupo de amigos que conversaban en la calle. La plática transcurría con normalidad hasta que decidió contarles lo que acababa de ver.

Los amigos se miraron entre sí. Sus rostros cambiaron y, durante unos instantes, el silencio se apoderó del grupo. Aquello que acababan de escuchar no encajaba con lo que todos creían saber.

Finalmente, uno de ellos rompió el silencio, le explicó que era imposible que hubiera visto al Zumbón, pues llevaba alrededor de tres años muerto.

El joven insistió en lo que había observado. No hablaba de alguien parecido ni de una persona que pudiera haber confundido con él. Aseguraba haberlo visto dentro de la casa, junto al ataúd de su hija.

Otro de los presentes intentó encontrar una explicación que pudiera reconciliar ambas versiones. Quizá, dijo, el Zumbón había regresado para acompañar a su hija en su última despedida.

Y allí quedó la historia, suspendida entre el asombro de quienes escucharon el relato y la certeza de quienes aseguraban conocer el destino final de aquel hombre. El regreso que quedó en la memoria

La leyenda de la resurrección del Zumbón no ofrece una respuesta definitiva. Tampoco permite establecer qué fue lo que realmente vio el joven aquella tarde, ni si el hombre que identificó junto al féretro era quien creía.

Su fuerza reside precisamente en esa incertidumbre: en el encuentro entre una muerte que todos daban por cierta y una aparición que, para quien la contó, no dejaba lugar a dudas.

El Zumbón había desaparecido de este mundo, según las versiones que circulaban sobre su destino. Sin embargo, su figura volvió a hacerse presente en la memoria de quienes conocieron su historia, esta vez bajo una circunstancia que convirtió su nombre en leyenda.

Tal vez aquella aparición fue producto de una confusión, de un recuerdo o de una historia que con los años adquirió nuevos matices. O quizá, como sugirió uno de los hombres reunidos frente a la casa, aquel padre había regresado para despedirse de su hija.

Y así, entre las calles de la colonia Aquiles Serdán y las voces que todavía transmiten las historias del viejo barrio, el Zumbón continúa regresando cada vez que alguien vuelve a contar la leyenda del hombre que, según dicen, reapareció junto al ataúd de su hija.

LA NIÑA DE LA PELOTA: EL MISTERIO QUE HABITÓ EL SÓTANO DEL BANCO MERCANTIL DE REYNOSA 

Hay edificios que guardan algo más que las huellas del tiempo. Detrás de sus paredes, entre escaleras, pasillos y habitaciones que alguna vez tuvieron una función cotidiana, sobreviven historias que pasan de boca en boca y terminan convirtiéndose en parte de la memoria de una ciudad.

Una de esas historias tiene como escenario el antiguo Banco Mercantil de Monterrey, ubicado en la esquina suroriental de la plaza principal, donde hoy se relaciona el recuerdo de aquella institución con la presencia de Banorte. Allí, entre las operaciones bancarias, las filas de clientes y el ir y venir de los empleados, habría aparecido una niña de trenzas que jugaba con una pelota y que, según el relato, podía atravesar las paredes.

La historia fue contada hace unos años Dolores, quien trabajó como secretaria en la notaría del licenciado César H. Isassi, segundo cronista municipal de Reynosa. Antes de incorporarse a esa oficina, Dolores había laborado en distintas instituciones bancarias, una experiencia que le permitió conservar amistades con antiguas compañeras del sector.

Fue precisamente una de ellas quien le confió el primer episodio de esta historia. Años después, Dolores tendría su propio encuentro con aquella misteriosa figura infantil.

Para comprender el escenario de esta leyenda hay que regresar a los primeros años del siglo XX, cuando aquella esquina de la plaza principal tenía una vida muy distinta.

En ese lugar funcionó la botica La Unión, propiedad del señor Lauro Bolado, un establecimiento al que acudían los antiguos reynosenses en busca de remedios para sus enfermedades y padecimientos. La atención médica también era necesaria para quienes sobrevivían a los enfrentamientos a tiros o enfrentaban las epidemias que azotaban a la población asentada junto al río Bravo.

Frente a la botica, cruzando la calle, el doctor Adolfo Calderoni atendía a quienes buscaban una consulta médica por unos centavos más.

Era una Reynosa de calles donde los encuentros cotidianos podían mezclarse con la tragedia. En las inmediaciones de las calles Hidalgo y Morelos se registraron homicidios que conmocionaron a los habitantes, episodios que alimentaron el recuerdo de una época marcada por la violencia y las dificultades sanitarias.

Con el auge del algodón durante las décadas de 1940 y 1950, la ciudad experimentó una transformación económica y urbana. En ese contexto se construyó un nuevo edificio para el Banco Mercantil de Monterrey, con una arquitectura de inspiración Beaux-Arts y un sótano que, según la narración, recordaba al de la matriz de la institución en Monterrey.

El inmueble se convirtió en un punto de actividad financiera. Empleados y clientes entraban y salían a diario, mientras en el subsuelo transcurría una parte menos visible de la jornada laboral. Fue precisamente allí donde comenzó la historia de la niña de la pelota.

La amiga de Dolores acostumbraba bajar al sótano después del mediodía para tomar sus alimentos. Era parte de la rutina: abandonar por unos minutos las tareas del banco, buscar un lugar tranquilo y disfrutar del descanso antes de regresar al trabajo.

Un día descendió las escaleras como de costumbre. Llevaba su comida y se disponía a dar el primer bocado cuando escuchó un sonido que no esperaba encontrar en aquel recinto.

El ruido de una pelota rebotaba contra el piso llamó su atención en un lugar destinado a labores bancarias, lejos del movimiento de la calle y de los espacios donde normalmente jugaban los niños, aquel sonido resultaba fuera de lugar.

La mujer levantó la mirada y entonces la vio. Era una niña pequeña, de cabello recogido en dos trenzas, que jugaba con una pelota grande. La menor parecía estar entretenida, ajena a la presencia de la empleada y a las actividades que se desarrollaban en el edificio.

Sorprendida por encontrarla en el sótano, la cajera se apresuró a acercarse. Quiso saber quién la había dejado entrar, qué hacía en aquel sitio y dónde estaba su madre. La regañó, esperando que la pequeña respondiera y explicara su presencia, pero la niña no dijo una sola palabra.

Detuvo el juego, tomó la pelota entre los brazos y caminó hacia el fondo del recinto. La empleada observó cómo se alejaba hasta que, de pronto, ocurrió algo que transformaría aquel descanso en un recuerdo difícil de olvidar.

La niña atravesó la pared. No buscó una puerta ni una salida. Simplemente siguió caminando hasta desaparecer detrás del muro, como si el obstáculo no existiera.

La mujer quedó desconcertada. Lo que había comenzado como un encuentro inesperado con una niña jugando en un lugar inusual terminó convertido en una experiencia que no podía explicar.

Esa misma tarde buscó a su amiga Dolores y le contó lo sucedido. Le describió a la pequeña, el juego con la pelota, las preguntas que le había hecho y, sobre todo, la manera en que desapareció.

El relato quedó guardado entre ambas, como una de esas experiencias que cuesta compartir sin temor a que otros las pongan en duda; sin embargo, la historia todavía tenía un segundo capítulo.

Pasaron los años. Dolores continuó con sus actividades en la notaría del licenciado Isassi y, como parte de sus responsabilidades administrativas, acudía al banco para realizar distintos trámites. En una de esas visitas tuvo que esperar en una larga fila frente a las cajas.

Sostenía contra el pecho un considerable número de legajos y documentos de la notaría. Del otro lado del vidrio, la cajera atendía a los clientes que avanzaban lentamente hacia la ventanilla.

La fila era extensa. Dolores calculaba cuánto tiempo tendría que permanecer allí antes de resolver sus asuntos, mientras observaba el movimiento de las personas que la precedían. Pero pronto comenzó a sentir algo extraño.

Sin haberse vuelto, percibió que alguien detrás de ella examinaba insistentemente los papeles que llevaba entre los brazos. Era una mirada persistente, una presencia que parecía interesada en los documentos que resguardaba contra su pecho.

Molesta por aquella indiscreción, buscó en el reflejo del vidrio de la caja para descubrir quién estaba detrás.

Entonces la vio. Era una niña de trenzas que intentaba mirar entre los legajos, como si quisiera averiguar qué contenían. Su figura aparecía reflejada en el cristal, lo suficientemente clara para que Dolores reparara en su aspecto.

La reacción fue inmediata. Se dio la vuelta con la intención de reprender a la pequeña por curiosear entre sus documentos. Pero detrás de ella no había nadie.

La fila había desaparecido. No había clientes, empleados ni una niña que pudiera explicar aquella mirada. El espacio que momentos antes sentía ocupado estaba vacío.

Dolores volvió a mirar a su alrededor, intentando comprender lo ocurrido. No encontró a la menor ni a ninguna persona que correspondiera con la figura que acababa de observar en el reflejo.

Terminó sus trámites como pudo y abandonó el edificio lo más rápido que le fue posible. Aquel día, el banco dejó de ser para ella solamente un lugar de gestiones administrativas. Ahora también estaba asociado a una experiencia que la había desconcertado profundamente.

Esa tarde, Dolores se comunicó con su amiga. Necesitaba contarle lo que acababa de suceder y describirle a la niña que había visto reflejada en el vidrio de la caja.

Le habló de su complexión, de su ropa y de las dos trenzas que distinguían su peinado. En su memoria, la pequeña tenía un aspecto parecido al de la actriz Lucerito durante sus primeras apariciones infantiles en las telenovelas mexicanas.

Mientras Dolores relataba los detalles, su amiga comenzó a comprender por qué aquella descripción le resultaba familiar.

No era la primera vez que escuchaba hablar de una niña con esas características dentro del Banco Mercantil de Monterrey.

Años atrás, ella misma había visto a una pequeña de trenzas jugando con una pelota en el sótano. También había intentado averiguar qué hacía allí y dónde estaba su madre. Y también había presenciado cómo desaparecía sin utilizar una puerta.

Cuando Dolores terminó de describir a la menor, su amiga le dio la respuesta que menos esperaba: era exactamente la misma niña que ella había visto en el sótano.

Dos mujeres, en momentos distintos, habían asegurado encontrarse con una figura infantil en el mismo edificio. Una la vio jugar con una pelota y desaparecer detrás de una pared; la otra la descubrió en el reflejo de un vidrio, intentando curiosear entre sus documentos, antes de comprobar que no había nadie a sus espaldas.

No existe en el relato una explicación que permita establecer qué ocurrió en aquellos encuentros. Tampoco se precisa la identidad de la niña ni las circunstancias que pudieran vincularla con el pasado del inmueble.

Como ocurre con muchas historias transmitidas de generación en generación, la niña de la pelota pertenece al territorio donde los recuerdos personales se mezclan con la tradición oral.

Su escenario no fue una casa abandonada ni un cementerio apartado de la ciudad. Fue un banco, un espacio cotidiano donde la gente acudía a depositar dinero, cobrar cheques, realizar pagos y cumplir con sus obligaciones.

Quizá por eso la historia resulta tan inquietante: porque sitúa lo inexplicable en medio de la rutina, en un lugar donde nadie esperaría encontrar una presencia que desaparece al atravesar una pared.

La antigua esquina de la plaza principal había sido testigo de distintas etapas de Reynosa. Primero, la botica donde los habitantes buscaban alivio para sus enfermedades; después, el edificio bancario levantado durante el auge económico de mediados del siglo XX. Sus paredes cambiaron de función con el paso del tiempo, pero la leyenda quedó asociada a sus espacios interiores.

La niña, según contaron aquellas mujeres, no parecía amenazante. Jugaba, observaba y curioseaba como cualquier pequeña. Su silencio y su manera de desaparecer fueron los elementos que transformaron dos experiencias individuales en una historia compartida.

Tal vez el tiempo haya añadido detalles al relato. Tal vez existan recuerdos que cada persona interpreta de manera distinta. Pero, en la tradición oral de Reynosa, la historia conserva su fuerza porque quienes la transmitieron aseguraban haber visto a la misma figura.

Y así, entre las antiguas paredes del Banco Mercantil, las filas de clientes y el recuerdo de una ciudad que ya no existe de la misma manera, permanece la leyenda de la niña de las trenzas.

Una pequeña que, según se cuenta, bajaba al sótano para jugar con su pelota y que, muchos años después, todavía parecía encontrar la manera de hacerse presente.

Porque hay historias que no necesitan una aparición multitudinaria para permanecer en la memoria. A veces basta el sonido de una pelota rebotando en un sótano vacío, una mirada en el reflejo de un vidrio y el testimonio de dos mujeres para que una leyenda siga viva.

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