Durante años, buena parte de la conversación alrededor de los adolescentes se ha concentrado en cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, qué redes sociales utilizan, qué contenidos consumen y hasta con quién hablan.
Nos preocupa que estén demasiado tiempo conectados. Que pasen horas con el celular. Que TikTok, Instagram o cualquier nueva plataforma ocupe demasiado espacio en sus vidas. Nos preocupa lo que ven, lo que publican y la influencia que todo eso puede tener sobre ellos.
Hemos puesto mucha atención en cómo se comunican, pero no siempre en qué están tratando de comunicar.
Porque detrás de las pantallas siguen estando los mismos procesos que acompañan a cualquier adolescente: miedo, inseguridad, necesidad de pertenecer, presión, enojo, tristeza, expectativas y una identidad que todavía se está construyendo.
La diferencia es que hoy todo eso ocurre también frente a una pantalla y, muchas veces, ante una audiencia.
Pero reducir la conversación a las redes sociales sería demasiado sencillo.
En Tamaulipas, durante 2024, se registraron 19 muertes por suicidio entre adolescentes de 15 a 19 años, de acuerdo con información oficial basada en cifras del INEGI. Diez fueron hombres y nueve mujeres.
El suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial. Una estadística no permite explicar qué ocurrió en cada uno de esos casos ni establecer una sola causa. Lo que sí hace es obligarnos a mirar un problema más amplio: la salud emocional de nuestros jóvenes y los espacios que estamos construyendo para atenderla.
En ese contexto, el 23 de septiembre comenzó en Tamaulipas la estrategia nacional El ABC de las Emociones, dirigida principalmente a jóvenes de entre 14 y 18 años. El programa busca trabajar la identificación y expresión de emociones, la convivencia, los vínculos y también la relación de los adolescentes con los dispositivos y las redes sociodigitales.
Es una iniciativa necesaria, pero también plantea una reflexión que va más allá de las aulas.
Podemos enseñar a un adolescente a reconocer que algo no está bien. Podemos darle herramientas para identificar lo que siente. Podemos explicarle que pedir ayuda es válido y mostrarle dónde puede encontrarla.
Pero antes tendrá que decirlo. Y alguien tendrá que estar dispuesto a escuchar.
Los adolescentes de hoy tienen herramientas de comunicación que generaciones anteriores ni siquiera imaginamos. Pueden conversar de manera inmediata, mantener contacto permanente y construir comunidades más allá de su entorno físico. Sin embargo, ninguna tecnología garantiza la confianza necesaria para decir aquello que verdaderamente importa.
Ese es uno de los retos que no puede resolver por sí sola ninguna estrategia pública.
Porque los adolescentes sí hablan. Lo hacen con sus códigos, sus tiempos y sus propios espacios. El reto para los adultos también está en aprender a reconocer cuándo detrás de un cambio de comportamiento, de un silencio, de una conversación aparentemente trivial o incluso de una publicación existe algo que necesita atención.
No se trata de interpretar cada silencio como una alarma ni de vigilar cada conversación. Tampoco de convertir la adolescencia en un problema que necesita ser corregido. Se trata de recuperar algo mucho más elemental: la capacidad de estar disponibles.
El ABC de las Emociones puede darles herramientas para identificar y expresar aquello que sienten. La escuela puede abrir espacios. Las instituciones pueden construir mecanismos de atención.
Pero ninguna política pública puede sustituir la presencia de alguien dispuesto a escuchar cuando un adolescente decide hablar.
Durante mucho tiempo nos hemos preguntado por qué nuestros adolescentes no nos cuentan lo que les pasa.
Tal vez hemos formulado mal la pregunta.
¿Realmente los estamos escuchando?
