El viejo y el mar

Parece una pesadilla: Robert Redford despierta en el interior de un yate, en medio del inmenso océano. La nave tiene un serio daño y requiere reparación inmediata, porque el agua la ha comenzado a inundar.
No se sabe quién es él, de dónde viene o a dónde va. Ni siquiera tiene nombre. En el centro del universo se encuentra él, protegido por la nave, a merced de los elementos salvajes que amenazan constantemente con hacerlo naufragar.
En una premisa extremadamente sencilla se basa esta poderosa película que se sostiene única y exclusivamente por la soberbia actuación del veterano Redford, que participa en un soliloquio de escasas palabras, en su lucha por mantenerse vivo.
Todo está rodeado de misterio y tensión. La pieza escrita por el director J.C. Chandor aporta escasa información sobre el único personaje del drama. Sólo se sabe que su barca ha sufrido un insólito percance: ha sido golpeada por un enorme contenedor que estaba a la deriva.
A partir de ahí hay que localizar las claves para determinar la personalidad y la identidad del hombre solo, que se aferra a la barcaza en una larga prueba de resistencia y carrera contra el tiempo.
Hay una espectacular lucha contra los elementos. Constantemente, el marinero debe probar su propia fortaleza, empequeñecido ante las olas y las tormentas.
El hombre es un anciano pero luce una magnífica presencia física. Así es Robert Redford. A sus casi 80 años, sigue manteniéndose vital y buen mozo, con apariencia y aptitudes para hacer cine físico, en su incesante debate con la muerte.
Hay aquí mucho de El Náufrago, de Tom Hanks, porque hay un hombre que tiene que luchar, sin compañía, contra la hostilidad de la naturaleza. También tiene resonancias de El Viejo y el Mar, el clásico literario de Hemingway que inmortalizó Spencer Tracy.
La temática no es nueva, pero Redford le da un toque personalísimo, dándole elegancia y distinción al hombre a la deriva que revela su destreza para conducirse en altamar y sin perder la galanura. Extrañamente, el tipo atribulado se parece mucho a quien es actor, pues los dos muestran un recio carácter y mantienen la tilde personal con una irreductible apostura ante la adversidad.
Es acechado por los peligros, y debe esmerarse por encontrar soluciones prácticas, casi sin tecnología, como un antiguo marinero. Y nunca pierde la dignidad, aún en los peores momentos de desesperación.
Afortunadamente, el director deja que la aventura fluya sola y lógica. No hay decisiones tontas que catapulten la tragedia. Toda la acción se mantiene dentro de una línea coherente, por lo que puede apreciarse cómo el hombre empieza a consumir sus días y sus esperanzas de sobrevivir.
Hay un toque de melancolía en la travesía del solitario marinero, que se mantiene a flote con escasos instrumentos. Es astuto y perseverante para aferrarse a lo poco que tiene pero, lentamente, la depresión y la lucha agotadora minan su ánimo hasta un punto insostenible.
Redford regresa en plan grande como protagonista. Hacía muchos años que no cargaba él sólo con un papel dramático que le diera la oportunidad de demostrar por qué comandó la escena cinematográfica hace 40 años, cuando la ceja alzada le daba un aire de inteligencia, y la rubia melena alaciada lo hacía verse cándido y juvenil.
Cuando todo está perdido está lejos de ser su testamento. Es únicamente una muestra de su trabajo refinado y su capacidad para comandar el drama en solitario.

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