Chatarra visual y catástrofes

Geotormenta carece de corazón, alma y cerebro.
Presentada como una cinta del subgénero de catástrofe, en realidad, la mayor hecatombe la representa la misma producción de altísimo presupuesto, que despilfarra recursos en una historia prácticamente inexistente, que transcurre en medio de espectaculares efectos especiales huecos.
La película, escrita y dirigida por Dean Devlin, es una muestra clara y afrentosa de los efectos del poder desmesurado, carente de talento. Como productor, a él se le deben cintas taquillerísimas, dirigidas por Roland Emmerich, como El Día de la Independencia, El Patriota, Godzilla y El día de la Independencia: contraataque.
Pues ahora, se lanza como director con resultados deplorables. Es evidente la forma en que Devlin subestima la inteligencia del espectador, al estrenar una película saturada de imágenes generadas por computadora (CGI), de costosa factura, en medio de una trama sin sentido, con giros espontáneos y situaciones de comicidad carente de premeditación.
Es como una mezcla de El día después de mañana y 2012, con un gran espectáculo visual de cine chatarra ingenuo e inverosímil.
En un futuro cercano, el clima de la Tierra es controlado por un sistema de satélites que la rodean. Cuando comienzan a fallar, ocurren cambios climáticos insospechados que provocan muerte y destrucción en ciertos puntos del mundo. Si no se corrigen a tiempo, puede ocurrir el fenómeno de la geotormenta, que le da título al filme, referente a un cambio climático globalizado que puede significar el fin de la humanidad.
Jake (Gerard Butler) es el especialista que debe volar a la Estación Espacial Internacional, para que coordine esfuerzos junto con su hermano político, Max (Jim Sturgess), que le da órdenes desde la Tierra.
Allá en órbita, el experto se reúne con un equipo multinacional entre los que se encuentra Al Hernández, interpretado por Eugenio Derbez, en un papel de mexicanito chistoso, una especie de Cantinflas moderno, que sirve para aportar algunos chistes y aportar cuota étnica.
Devlin se engancha con un concierto de explosiones, tanto en el cielo como en el suelo. En medio de la historia de pretensiones épicas, se anuncian las catástrofes, que son mostradas de manera espectacular en diversas partes del mundo.
Las estampas son insólitas y mueven a la risa. Un beduino va en camello por el desierto y, tras una duna, se le viene encima una ola gigantesca del mar que ya se tragó la costa. En una ciudad hay una serie de tornados que levantan todo lo que tocan. Una transitada avenida de una metrópoli asiática se hunde y emerge de ella un mar de lava.
Y así van pasando viñetas que son como pequeños clips que se conectan únicamente porque los expertos dicen que lo mismo está ocurriendo en todo el mundo.
Del caos surge la figura del presidente de Estados Unidos, un latino llamado Andrew Palma. En un penoso papel, Andy García encarna al líder de la nación más poderosa del orbe, pero lo hace sin compromiso, casi con pena, al punto de la risa. Ni él se asume como mandatario, en este trabajo en el que se le demanda seriedad, cuando él mismo sabe que no puede asumir ninguna postura formal, cuando es secuestrado, en un taxi, sin que ningún agente del Servicio Secreto conozca su paradero.
Ed Harris tiene también su propia participación muy dolorosa, como el funcionario de alto nivel que ve comprometida su lealtad, al acusársele de participar en el cambio climático al que puede estar siendo inducido, por causa de saboteadores.
Geotormenta es una calamidad como producción. Nada la salva. Con películas como ésta, mejor que el mundo se acabe.

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