Androides con ambiciones

En Blade Runner 2049 (2017), el futuro presenta un escenario atemorizante: la tecnología ocupa cada espacio, automatizando todos los procedimientos. La vida se hace más sencilla y confortable, pero las colectividades están conformadas por individuos aislados. Los nexos interpersonales son, prácticamente inexistentes.
K. (Ryan Gosling) es un policía replicante de Los Ángeles, un Blade Runner, que se encarga de eliminar los antiguos modelos que fueron sacados del mercado después de que, décadas atrás, evidenciaran señales de rebelión y arrebatos de violencia. Pese a todo lleva una vida de humano, pero con una existencia solitaria y vacía: su único interés afectivo en el mundo es un holograma.
Deambula junto con todos por un mundo asfixiante, húmedo y desagradable. La incitación al consumo y la oferta de carnalidad, inundan las calles. En ese universo distópico, la vida apesta.
El trabajo del agente es eficiente y letal, hasta que un día le asignan un caso, aparentemente otra tarea rutinaria, que, como convención del género de cine noir, se convierte en un problema que va creciendo hasta convertirse en un asunto que puede transformar la Historia.
El director canadiense Denis Villeneuve demuestra que es un digno legatario de Ridley Scott, que dirigió la eternamente aclamada Blade Runner en 1982. Esta secuela, si bien continúa el tono fatalista, depresivo, desesperanzado, tiene el acierto de presentarse como un ente independiente, que puede ser fácilmente entendida, aún sin haber visto la cinta anterior.
Tan sólo por ser una continuación de la ahora franquicia, la trama debía ser necesariamente compleja y cargada de cuestionamientos filosóficos. Los replicantes son miles y se confunden entre los humanos, pero no se sienten completos. Necesitan saber de dónde vienen y constatar si ellos mismos, en su condición de seres robotizados, son capaces de engendrar vida.
Visualmente la cinta es impresionante. Las ciudades son asfixiantes, atemorizan, como gigantes animales que engullen a sus habitantes. Los escenarios son, por mucho, una de las partes más importantes de esta producción. El equipo de arte consigue una proeza, al inventar, de la nada, un futuro ignoto, al que le dan forma y matices, con gadgets y desarrollos cibernéticos sorprendentes.
La sola contemplación de los escenarios es un buen incentivo para superar la lenta progresión de eventos. Los personajes avanzan en una atmósfera casi onírica, irreal, mimetizados con el paisaje urbano semejante a un inframundo de modernidad hueca. La fotografía de Roger Deakins es pura poesía de la decadencia.
La banda sonora de Hans Zimmer es maravillosa y, evidentemente, paga tributo a la de Vangelis. Aquí hay, también, acordes electrónicos lánguidos, muy parecidos al ya clásico soundtrack de la película original.
Gosling interpreta a un estoico barredor de replicantes, con una personalidad de detective fastidiado de la podredumbre social. Pero el que se embolsa toda la atención y merece la fanfarria mayor es un avejentado Harrison Ford, repitiendo el papel de Deckard, el implacable BR que había desaparecido durante casi 30 años, hasta que regresa para revitalizar la aventura y convertirse en una parte importante, para solucionar el misterio.
Sobresale un cuadro de mujeres bellas y fatales. Robin Wright es la ruda jefe policiaca; Ana de Armas, la enamorada novia virtual; y Mackenzie Davis, la sexoservidora de corazón de oro. Merece mención en lo individual Silvia Hoeks, la despiadada asesina de rostro angelical.
La película está cargada de violencia gráfica, con escenas extremadamente cruentas, pero con elegantes secuencias de acción.
BR2049 es de esas secuelas que sí son necesarias. Es tan buena como la original.

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