Victimarios víctimas

“Habrá de derramar su copa de hiel aquel hombre que injuriase al prójimo y que levantase la mano como cimitarra contra su semejante. Porque se ha dicho que desde el Cielo se propagará la dicha en la Tierra para que los seres que la pueblan puedan gozar de sus dones, más no volverse entre sí para disputar con enojo sus diferencias”.
La sentencia está escrita con cincel, en la base de una columna que se encuentra a la entrada del Estadio de
Ismailia, el pequeño coso de esa provincia de Egipto, donde juega el Ismaily Soccer Club, uno de los más populares de la calurosa nación de Africa.
Pude ver ahí, con deleite, el más reciente clásico entre el equipo local contra sus archirrivales, el Zamalek. El juego fue más bien aburrido, de pocas llegadas, pero me llenó el corazón de gozo observar cómo los bandos mezclados en la tribuna, alentaban con porras a sus respectivos equipos, en una absoluta muestra de civilidad y respeto. Hubo gritos, abucheos, y muchas risas. Terminó el duelo y chicos de los dos equipos salieron abrazados, confundiendo sus camisas, regresando apaciblemente a sus vidas.
Establezco, junto a los pacíficos descendientes de faraones, el contraste atroz con la barbarie en Buenos Aires.
Las imágenes en el Estadio Alfredo J. Armando, conocido como La Bombonera, ya han sido difundidas hasta la náusea. La noche del jueves 14 de mayo un aficionado de Boca Juniors arrojó gas pimienta a los jugadores de River Plate cuando salen por el gusano de plástico a dirimir el segundo tiempo.
La sorpresa es que el agresor no era un pibe desorientado, un buscavidas que pretende sacarse la mugre que le pudre la conciencia, porque ha visto mucha violencia en las calles y en su casa. No era, el salvaje, un candidato a la correccional juvenil. En realidad, el criminal era un hombre hecho y derecho, casado. Adrián Napolitano, se llama y le dicen El Panadero. Ahora lloriquea. “Me quería morir”, dice, abrumado por el peso de su cobardía. Le costó a su equipo la eliminación de la Copa Libertadores.
Jack Tabaré, un prestigioso sociólogo montevideano que ha aportado geniales reflexiones al concierto de voces que reclaman un espacio de convivencia pacífica en la cada vez más competida aldea global, tomó nota reciente de los exabruptos que ensombrecen el espectáculo futbolero, del que él se siente desencantado.
Aunque la sociedad debe reprochar a los individuos antisociales que amenazan los estadios con penalidades como multas o cárcel, dependiendo de la gravedad de los delitos, también debe sentir piedad y compasión por ellos. Ya se sabe que acuden a los juegos con un propósito pernicioso.
Pone, como ejemplo, a las señoras que ven las telenovelas y lloran en las escenas de tristeza. Se deshacen porque algo dentro de ellas está listo para estallar en llanto. Están predispuestas a la lágrima como un desahogo. Y se sienten bien. Lo mismo pasa con el hincha violento. En el fondo, y muchas veces en la superficie, acude al estadio buscando camorra.
No se da cuenta del daño que hace, ni tampoco del desfiguro que protagoniza, simplemente porque tiene la autocrítica anestesiada. No va a ver el juego, va a buscar un oponente, generalmente vestido con una playera del color rival, para expresar injurias y, muchas veces, soltar golpes. Estas conductas conducen directamente al homicidio, en algunos casos extremos.
Por eso, Tabaré recomienda evitar a estas personas. Identificarlas y marcar distancia. Tristemente, señala, son seres que no circulan mucho en el ámbito social, porque sus propias dinámicas de conducta los mueven al destierro involuntario y forzoso de la comunidad.
Así tienen su primer castigo, el de la exclusión porque se hacen indeseables. Lamentablemente, con el paso de los años comprenderán su error. Muchas veces la reflexión les llega cuando ya están en la cárcel.

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