Reinterpretación del clásico

Para entender a este nuevo Pinocho de Guillermo del Toro, hay que borrar todo lo que de él se ha aprendido, principalmente a través del clásico que Disney presentó en 1940 y que ha sido la adaptación definitiva del texto del italiano Carlo Collodi.
Ya que se ha desechado la versión original, hay que entender la reinterpretación del director mexicano, que derivó hacia una versión sombría y grotesca, enfocada más en las emociones provocadas por sentimientos dolorosos como la muerte, la discriminación, el extravío, la intimidación y otros, que conducen hacia la tristeza y el sufrimiento.
Es preciso lo que dice, en el inicio, el grillo Sebastian J. Cricket: “Es una historia que crees que conoces, pero no”. Con estreno limitado en cines, antes de llegar este fin de año a Netflix, Pinocho, codirigida por Mark Gustafson es una maravillosa fantasía animada en stop motion que sigue a un deforme muñeco, hecho de pino por un carpintero que, en esta versión, pierde a su hijo a causa de la guerra.
Traspasado por la desolación, en una noche de ebriedad, descarga su frustración en un pedazo de madera al que talla, dándole forma de un niño que es, obviamente, una lastimosa forma de reemplazo, y transferencia de afectos. Por gracia del Hada del Bosque, el títere cobra vida y se convierte en compañía del viejo, que encuentra en ese ser extraño una razón para alegrarse los días.
El títere se vuelve de inmediato en un ser transgresor. Su inocencia lo lleva a momentos de sinceridad brutal, en un entorno de sometimiento fascista en la Italia de los 30, con un país gobernado por Mussolini. Sin embargo, hay un encanto natural que irradia este humanoide pues representa una anomalía en un mundo aburrido. Hay que celebrar la llegada de un esperpento, que no se le parece a nadie o a nada.
Del Toro se mete en complejas profundidades emocionales, que convierten la anécdota de lo que se conocía como el gracioso muñeco animado, en una larga odisea para encontrar la aceptación, con el pago de un alto precio de violencia física y espiritual. Se sabía, por magia del Ratón Miguelito, que el libro era una aventura para niños, pero ahora Del Toro premeditadamente lo vuelve el drama oscuro y hasta macabro, pues la marioneta va y viene del más allá.
Mientras entiende cómo funciona el mundo, Pinocho siente que la mejor forma que lo amará Gepetto es como sustituto de Carlo. En un desgarrador esfuerzo por obtener afecto, busca asimilar los modos del chico que ya no está, pues es lo que el carpintero busca. Pero, sin aceptación y aborrecido, decide escapar, lo que lo expondrá a numerosos peligros en el mundo exterior que acecha lo que es bueno, para pervertirlo y destruirlo.
El viejo, en cambio, lentamente entenderá la condición irremediable del deceso, y aceptará que ese nuevo ser al que ha comenzado a llamar hijo debe ser como es, asimétrico, de madera cruda, de articulaciones crujientes, que tiene muy poco de ser humano. Cuando miente le crece la nariz como una horrible rama con hojas. Pero se ha ido, por lo que emprenderá para encontrarlo una penosa travesía que podría costarle la vida.
El periplo del niño rechazado está enmarcado por una bellísima animación tridimensional que se concentra en provocar vibraciones espirituales en los personajes. Con su cara de palo, Pinocho sufre porque no es querido. Gepetto tiene los ojos apagados por el dolor y sus cuencas están permanentemente humedecidas por las lágrimas. El Espíritu del Bosque detrás de su rostro inexpresivo, proyecta gran generosidad.
Severo, el realizador no da concesiones. Para revelar la verdad del cuento del muñeco que anhela ser amado, necesita ser duro, como la vida misma. Por eso, se le advierte de los riesgos de obtener inmortalidad lo cual no es del todo grato pues, eventualmente, las personas que hay alrededor han de partir.
Sin embargo, al final queda la sensación de que se ha presenciado un espectáculo único sobre el significado de la vida. La lección de lo que es ser un humano la da, precisamente, un títere que, pese a todos los pesares, entiende que debe ser fiel a sí mismo para obtener lo que siempre anheló: amor.
Pinocho es una obra maestra de la animación.

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