En julio de 2025, Texas vivió la peor inundación en su historia reciente. La tragedia no solo dejó más de 130 personas fallecidas, la mayoría niñas y jóvenes en un campamento a orillas del río Guadalupe, sino que también desnudó una verdad incómoda: el desastre no fue solo natural, también fue humano. Fallaron los sistemas de alerta, se ignoraron advertencias técnicas, y se priorizó la economía sobre la seguridad. Lo que pasó en Texas debería estremecer no solo a Estados Unidos, sino a todo país que aún no toma en serio la protección civil como política de Estado. México incluido.
Una tragedia anunciada
Lo ocurrido en el campamento Mystic, donde decenas de niñas murieron ahogadas tras el desbordamiento súbito del río, fue más que un accidente. Se trató de una tragedia anunciada. Desde 2011 hasta 2020, los dueños del campamento apelaron con éxito para que FEMA (la agencia federal de manejo de emergencias) excluyera sus edificaciones del mapa oficial de zonas inundables. ¿El resultado? Se redujeron regulaciones y se relajaron las medidas de seguridad. En 2025, ese error fue mortal.
Peor aún: Kerr County, donde ocurrió la mayor parte del desastre, no contaba con sirenas ni sistema de alerta temprana independiente. Las advertencias del Servicio Meteorológico Nacional tardaron horas en traducirse en alertas locales. Cuando finalmente llegaron, ya era demasiado tarde.
La prevención no es
un lujo, es una necesidad
Inundar no es solo cosa de la naturaleza. También es resultado de decisiones humanas: dónde construimos, cómo regulamos, qué advertencias escuchamos y cuánto presupuesto destinamos a prepararnos. Prevenir salva más vidas y cuesta menos que reparar. Un estudio citado por Houston Chronicle estima que, por cada dólar invertido en mitigación, se ahorran seis dólares en daños futuros.
¿Y México? Que no diga
“a mí no me va a pasar”
Lo que sucedió en Texas es un espejo para México. Nuestro país también enfrenta lluvias torrenciales, huracanes y crecidas súbitas, sin embargo, seguimos repitiendo errores: fraccionamientos en zonas inundables, mapas de riesgo obsoletos, falta de sistemas de alerta en comunidades rurales, y una cultura ciudadana que no siempre ve la prevención como prioridad.
El aprendizaje texano es claro: no basta con esperar a que lleguen las desgracias para actuar. La protección civil no puede depender del voluntarismo, del ánimo de una administración o del bolsillo de un alcalde. Requiere visión, presupuesto y compromiso permanente.
Las niñas de Camp Mystic no murieron solo por culpa del clima, sino por un sistema que eligió mirar hacia otro lado. Que su historia no sea solo una estadística más, sino un punto de inflexión para repensar cómo nos protegemos, a quién escuchamos, y qué tipo de sociedad queremos construir frente a las amenazas que vienen.
Porque si la prevención parece costosa, esperen a ver la factura del desastre.

