Querido lector, querida lectora.
El pasado 15 de mayo la presidenta Claudia Sheinbaum anunció el lanzamiento del llamado “Detector de Mentiras Extendido”, un programa semanal encabezado por la consejera jurídica Luisa María Alcalde, la explicación oficial sostiene que las aclaraciones de los miércoles en la conferencia matutina “dejan mucho tiempo” para que circulen noticias falsas o imprecisas. Pero detrás de este nuevo despliegue de recursos públicos no parece existir un genuino combate a la desinformación, sino algo mucho más terrenal: la desesperación por contener un descontento digital que ya no pueden administrar desde Palacio Nacional.
Porque el problema para el gobierno no es únicamente la crítica. El verdadero problema es que ya está perdiendo la narrativa.
El mejor termómetro de esta desconexión gubernamental con los usuarios está justamente en las plataformas que antes dominaban con enorme comodidad como Facebook. Hace apenas unos días, una publicación de la presidenta sobre soberanía nacional —difundida mientras se desarrollaba la llamada marcha por la soberanía en Chihuahua, que dicho sea de paso abre otro debate: ¿movilización ciudadana o precampaña disfrazada?— acumuló más de 200 mil reacciones en Facebook.
En el papel, la cifra podría presumirse como un éxito de alcance. En la realidad, la inmensa mayoría de esas interacciones correspondían al emoticón de “Me divierte”.
Y ahí está el dato verdaderamente importante, cuando uno de los discursos más explotados emocionalmente por el movimiento en el poder termina convertido en el chiste de la semana, algo se rompió entre el gobierno y la conversación pública. No porque la ciudadanía haya dejado de interesarse en conceptos como soberanía nacional, sino porque cuando un mensaje se repite todos los días, para todo, y como explicación universal de cualquier problema, termina perdiendo contenido.
Y eso, para cualquier aparato político obsesionado con controlar el relato, suele ser todavía peor.
Para entender por qué el gobierno necesita ampliar este “detector de mentiras”, es solo analizar un factor clave: El modelo de comunicación heredado del sexenio anterior (Las mañaneras) comienza a mostrar desgaste evidente. Lo que en otro momento funcionó como ofensiva política diaria, hoy para muchos ciudadanos se percibe como una repetición interminable que habla mucho, pero resuelve poco. La inseguridad continúa, la presión económica sigue ahí y el ciudadano promedio difícilmente paga la despensa con conferencias.
El “Detector de Mentiras” nace, paradójicamente, con un problema de credibilidad.
Difícilmente convencerá a los escépticos o reducirá la crítica; probablemente ocurra lo contrario: dará todavía más visibilidad a las notas, versiones y cuestionamientos que pretende desacreditar.
Porque mientras el gobierno siga interpretando el enojo ciudadano únicamente como “desinformación” que debe corregirse con más horas de transmisión oficial, las redes seguirán respondiendo con la sanción más dura que puede recibir cualquier figura pública: la burla.
Y en política, hay algo peor que la crítica: dejar de imponer respeto.
