
Jesús Corona está ahora metido en el atolladero más incómodo de su vida.
Luego de vapulear a un joven en un ridículo pleito de copas, mezclado con honra familiar, el arquero de Cruz Azul está a un paso de quedarse fuera de la Selección Mexicana y perderse el Mundial de Sudáfrica 2010. Así, como segundo arquero, después del titularísimo Guillermo Ochoa, Corona puede que nunca vaya a estar, como ahora, más cerca de un Mundial.
Luego de esta copa es muy probable que en el próximo ciclo ya nadie le llame y como nunca ha sido un arquero espectacular, rentable o sobresaliente, puede que su carrera se desvanezca en un honroso juego de despedida con medio estadio lleno, vuelta olímpica y una nota en los programas especializados de deportes.
Luego, al olvido.
El muchacho perdió pisada, se resbaló y cometió una pifia mayúscula. Parece que Javier Aguirre, entrenador Tricolor, no está dispuesto a pasarle la burrada. Al menos esas son las señales que ha enviado. El muchacho está, por supuesto, asustado, con el rabo entre las piernas, humilde como nunca en su vida y tembloroso ante el futuro que parece pavorosamente incierto, si se considera que su futuro es vivir, aunque sea en la banca, la experiencia mundialista que, para muchos, como él, es tren que pasa por la estación una sola vez en la vida.
Y ya ni me refiero a la suplantación que quiso hacer con su primo, que es la parte más incómoda del asunto. Su padre, quien es su representante, debe estar ahora ahogado en alcohol, arrepentido de la estupidez mayúscula que cometió al mal aconsejar al muchacho y al primo de éste, es decir, a su propio sobrino.
¿Hasta qué punto debe ser Aguirre inflexible con Corona? Tomemos como ejemplo el insufrible, inoperante y arcaico sistema judicial mexicano, que privilegia a los que se pueden defender porque están conectados y deja inermes a los ciudadanos de la calle.
Una procuradora de Justicia en un Estado de México me daba una solución para el problema social del delito.
Ella me decía que la mejor medicina contra los malos hábitos es la tolerancia nula. Señalaba que a los infractores, criminales, delincuentes no había que darles una segunda oportunidad y liberarlos para que se redimieran ante la sociedad, luego de haber sido pillados en falta. Nada de que a la otra ya no lo hago, me decía la funcionaria. Es indispensable aplicar el castigo bien y a la primera.
La penalidad debe ser punitiva, aleccionadora y ejemplar, dijo. Eso significaba que a la próxima quienes vieran el ejemplo de la ley inflexible, serían más cautos para cometer un delito. O, por miedo, se abstendrían de hacerlo.
Parece que Aguirre está siendo severo con el muchacho, pero parece que lo merece. Un profesional no se comporta como lo hizo Corona. No merece ser un privilegiado teniendo esos arrebatos, sintiéndose un Dios fuera de la cancha, cuando ni siquiera ha sido lo suficientemente aplaudido dentro de ella, como para sentirse en un nivel estelar.
Tengo curiosidad por ver el desenlace de este episodio, y averiguar cómo funciona la justicia del Vasco.