La agonía de la derrota

Pierre de Coubertain le dio simbolismo de paz al deporte, una actividad lúdica masificada, que luego fue transformada en industria millonaria en sus diferentes variaciones.
Se vende el quehacer atlético a nivel profesional como una actividad formadora, remedio de vicios y ramillete de virtudes, ejemplo de la prosperidad en base al esfuerzo, al talento y a la entereza del espíritu.
Ninguno de los organizadores y capitalizadores del deporte habla, por supuesto, de la derrama que genera su presentación como show o vendido como producto en torneos, y todos los insumos inherentes a estos.
Pobre Pierre de Coubertain. Nunca imaginó que la FIFA ganaría una cifra que ronda los mil 500 millones de Euros por derechos de transmisión del pasado mundial de futbol Alemania 2006.
Pero tampoco se habla de los efectos perniciosos que provoca una derrota y las profundas motivaciones subconscientes del vencedor.
K. W. Harron, teórico de la psicología del deporte, encuentra que en las contiendas deportivas, hay un elemento siempre presente, aunque, también, siempre subterráneo, de aniquilamiento y muerte. Los vencedores se refocilan en la demostración de su superioridad sobre los derrotados, que deben suponer que la civilidad les indica asimilar el derrotero triste, aunque en el fondo sienten, como en un espejo de contravalores, la necesidad de violentar a su oponente, porque le está restando parte de su energía de su espíritu, de su alma. Un descalabro representa una puñalada directa a las entrañas de la autoestima.
Es, añade Harron, como lo sugieren los antiguos ritos tribales, en los que el guerrero asimilaba las fortalezas de su enemigo comiéndolo, ya sea mediante la práctica de la antropofagia como saldo de una escaramuza, o con el consumo de animales gallardos e imponentes, como las águilas, los leones y otras fieras que eran temidas y, por, lo mismo, reverenciadas.
El deporte, dicen los decálogos de la caballerosidad en la cancha, es una oportunidad que nos dan otros para demostrarnos que podemos ser mejores. Es una lucha donde prevalecen los valores en su más pura lid. En la vida, dicen los preceptores, siempre hay derrotados, y el deporte enseña a aceptar la derrota con guapura, como un accidente nada infrecuente en la vida.
Pero no es sencillo asimilar el evento traumático del fracaso en una justa. La experiencia confirma que la mística del Barón de Coubertain no pasa de ser, en la mayoría de los casos, mera demagogia conciliatoria para consolar a los caídos.
Los aztecas enseñaban a sus muchachos en el tepochcalli (escuela de guerra) que los enemigos en el campo de batalla eran solamente hierba inútil que era necesario arrancar de raíz, sin contemplación, sin miramientos. No es extraño ver, cada fin de semana, hombres que se desempeñan con absoluta falta de civismo en un simple partido de futbol, cuando, entre semana, son ejemplos de virtudes, directivos de empresas, presidentes de las sociedades de paterfamilias. En busca de la victoria en un juego del que no quedará memoria, enloquecen y se esmeran no sólo por obtener un marcador favorable, sino por lastimar a su rival, buscando aniquilarlo, cometiendo un homicidio simbólico al encajarle los tacos en la espinilla, el codo en la nuca, mofarse en un gol. Es imperativo, para ellos, evitar el golpe de la derrota, tan dolorosa, siempre presente y jamás aceptada de buena gana.
Pero no hay culpar de ello a la FIFA. Es simple naturaleza humana.

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