Fiera herida

Esta carta me llegó. Dice lo siguiente: “Estoy desconcertado. Leí con atención las palabras que pronunció recientemente el señor Daniel Guzmán, refiriéndose a los aficionados de Tigres y el concepto en el que nos tiene. Yo soy felino de nacimiento y universitario de formación. Recuerdo cuando el equipo ascendió a primera división en la época de los 70. Soy fan de Tigres y conozco de su historia mucho más que el señor Guzmán, pero ese no es el punto. Digo que estoy desconcertado porque hasta ahora me doy cuenta de que en este equipo, mi equipo, ya cualquier situación puede ocurrir y no me provoca indignación, coraje o escándalo. Guzmán dice que la de Tigres no es la mejor afición de México. El debate sobre esta apreciación ya es viejo. Constantemente se polemiza sobre el tema. Pero desde que se hacen sondeos sobre el tema, es nuestra fanaticada la que resulta elegida como la mejor, o la más fiel. Las encuestas que cada final de temporada se hacen entre los jugadores, así lo indican. Y son los mismos futbolistas, en su visión fría y desapasionada del show, los que lo dicen. Los mismos comentaristas de todas las televisoras lo confirman. Hubo un tiempo en que se mencionaba que la de Veracruz podría rivalizar con esta afición de Nuevo León, aunque los jarochos pues ya ni existen, o andan en las divisiones de ascenso. Es más, siempre se menciona primero la de Tigres y luego la de Rayados. Juntas, se dice, son insuperables. Pero de nada sirve que la tribuna se sepa la triunfadora, si el equipo no lo es. Es como un concurso universitario de porristas, donde gana la institución que tiene las chicas más ágiles, atléticas y bellas. Pero es la misma que tiene un nivel académico reprobatorio. No hay gloria, entonces, porque no se gana lo importante. Yo no sé, la verdad, si algún día Tigres va a ser campeón, pero no puedo dejar de seguir a mi equipo. La sangre me lo exige. Yo pertenezco a los colores porque siento que ellos me pertenecen. No hablo de las empresas que lo representan, hablo de lo que mi equipo es, mi identidad, mi tradición, mi orgullo y mi estandarte. Los once de la tribu, a los que se refiere Villoro. Seguramente los directivos y los acaudalados hombres de negocios que explotan la razón social del equipo, se burlan en secreto de mí y de los centenares de miles que vibramos por el sentimiento Tigre. Consumimos sus productos pese a la ingratitud con la que somos tratados en la cancha, si hablamos de resultados. Ahí está el entrenador diciendo que no somos la mejor tribuna y el comercial de la empresa cervecera, que es una de las principales patrocinadoras, dice lo contrario, nos llama la mejor afición. No me importa, la verdad. Creo que los aficionados de este equipo estamos muy por encima de lo que nos han ofrecido durante años, y muy por encima de lo que el señor Guzmán puede sentir por el equipo. A fin de cuentas él también fue, y creo que será, aficionado toda su vida y estoy cierto que el equipo de su corazón no es Tigres. Creo que de alguna forma los involucrados en el negocio del juego pierden la perspectiva de lo que es el sentimiento y el coraje, la vergüenza profesional y el pundonor. Seguramente son más fríos que uno, porque saben cómo es el sistema y que patear la pelota es una forma de vida que hace millonarios a todos ellos. Pero espero que haya, aún, jugadores que hablen con el corazón y que sientan pertenencia. Nunca fue de mis favoritos, pero admiro a don Carlos Miloc, que desde su altura de patriarca, habla de Tigres como si le escurriera miel de los labios, o Carlos Reinoso que pregona que es el americanista más águila de todo el país. Estos dos, por mencionar ejemplos, seguramente han hecho algo de plata con el juego, pero nunca olvidaron que el espíritu atlético también los conmueve. Guzmán me dio una estocada en el corazón, lo reconozco, porque me quitó uno de los pocos orgullos que tengo con mi equipo, que es ser reconocido como el que mejor aliento en todo México. Y me ha sacudido, pensando en por qué me he resignado a tener un equipo de números magros. Pero sé que los que conformamos esa gigantesca base de seguidores del equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León, estamos a la par de la esencia del club, y muy por arriba de sus directivos y el director técnico, que un día se va a ir forrado de lana y nos va a dejar con nuestro equipo querido, al que no dejaremos de amar jamás”.
Servido el aficionado que me mandó esta carta y pidió publicarla.

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