El que tiene más fiesta

Creo que la mayoría de los que leen esto nunca vieron jugar a Ladislao Kubala, magnífico centrocampista húngaro que tuvo un paso fugaz y poco afortunado por el cine. Joan Manuel Sarrat no estaba equivocado cuando le dedicó una lírica sinfonía rememorando sus regates.
Hay quien hace escarnio de Pelé por considerarlo, únicamente, un buen atacante con explosión en el arranque y gran olfato goleador. Pero el carioca hizo todos los goles posibles y falló unos cuantos más, tan increíbles como bellos en su factura. El azteca Hugo Sánchez nunca hizo una sola gambeta. “Pero la empujaba con el culo”, me presumía un amigo merengue que se fascinó con sus piruetas en los 80. Y está en el panteón.
Ahí está el indiscutible Maradona, un pampero que fue fagocitado por su propia fama después de ser uno de los mayores genios que haya dado el futbol al mundo. Aunque ha buscado reinventarse, el Pelusa se ha enredado en sus propias estrategias para capitalizar dinero y ahora deambula como un paria, sin saber con certeza como comercializar su gloria.
Y en esta demostración de talento universal, ¿dónde recala Lionel Messi? Este, a diferencia de los otros, tiene millones de ojos siguiéndolo. Las cámaras del Gran Hermano se ocupan de sus asuntos día y noche. El chico tiene habilidad, eso ni dudarlo, pero sus goles son tan repetidos en televisión que un buen día que hace un par, parece que hiciera 30 por la ilusión óptica que generan las réplicas en todos los medios electrónicos.
El éxito de Lio radica en su capacidad prestidigitadora, su astucia para esconder la pelota, como un mago esfuma entre sus dedos la paloma. No hay quien le quite a doña Blanca cuando se encarrera. Tiene una zancada corta y veloz, y sus 24 años le dan un empuje soberbio, además de su baja estatura que hace que su capacidad para escabullirse sea mucho mayor. Y es un definidor suntuoso.
Si en el futbol la magia es el gol, Messi es Houdini. Maravilla la frecuencia con la que anota. Encabeza el concierto de la máquina de hacer goles más poderosa que haya jugado en el planeta en cualquier época, como es el actual Barcelona.
Como generador de jugadas y anotador, es un privilegiado y se integra de inmediato en la antología de los mejores. Pero tengo que decir que me gusta mucho más el futbol de sus antecesores que acariciaban la esférica, la dormían, la movían con una delicadeza plástica de ballet. Aún ahora, elijo, por mucho, el juego festival de Cristiano Ronaldo, su Némesis portugués del Real Madrid.
El CR9 tiene mucho más filigrana. Arranca, igual, desde atrás y tiene una función diferente, en la punta izquierda. A diferencia del che petiso que construye planos, Ronnie hace trazos estéticos como si fueran un drama perfecto, con final de alarido. Messi arma jugadas, Cristiano Ronaldo hace joyas con unas gambetas imposibles que nos recuerdan que el futbol es una maravillosa puesta en escena con una lógica veleidosa, que se desarrolla en una superficie verde e incandescente, como las praderas donde habitan los sueños de futbol.
No sé. Acepto reclamos. Messi se proclama monarca del orbe y lo acreditan revistas especializadas y preseas a granel. Pero el lusitano me parece más a los próceres antiguos, a los que ocuparon el nicho inmortal antes de la era del Internet, haciendo del futbol una ocupación artesanal con delicados acabados.
Tiene mucha más fiesta el portugués que el argentino.

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