Si la migración se midiera solo en deportaciones, Donald Trump no sería el referente que muchos creen. De hecho, no es el presidente que más migrantes ha expulsado de Estados Unidos. Ese lugar lo ocupa Barack Obama.
Durante sus ocho años en la Casa Blanca, Barack Obama, lejos de cualquier narrativa radical, encabezó la mayor maquinaria de deportación en la historia reciente de Estados Unidos: más de tres millones de personas expulsadas del país, con años que superaron las 400 mil deportaciones.
En contraste, Donald Trump, el presidente que convirtió la migración en el eje de su discurso político, deportó alrededor de 1.2 millones de personas en su primer mandato. Es decir, menos de la mitad que Obama.
La diferencia no está en los números, sino en la poderosa narrativa.
Trump no necesariamente ha deportado más, pero sí ha logrado algo distinto: instalar una percepción de control a través del miedo. Su discurso polarizante y señalado incluso como discurso de odio no se limita a expulsar migrantes, va un paso más allá: busca disuadirlos de que intenten llegar.
Hoy, con su regreso al poder, los cruces migratorios han caído drásticamente. No porque haya más deportaciones, sino porque hay más miedo.
Pero aquí aparece la contradicción más incómoda.
Obama fue el presidente que más deportó, sin un discurso agresivo, y el que menos deportó fue Trump, con el discurso más radical, entonces el verdadero poder no está en la política migratoria en sí, sino en la construcción del mensaje.
Aparentemente el discurso de odio logra frenar la migración sin necesidad de ejecutar más deportaciones, por lo cual deja de ser solo un problema ético y se convierte en una herramienta política altamente efectiva.
Los datos recientes son claros: los cruces han caído de forma drástica, las caravanas han cambiado de ruta o simplemente han dejado de avanzar y en estados como Tamaulipas, donde antes se concentraban miles de migrantes, hoy el flujo es considerablemente menor.
En ciudades como Reynosa y Matamoros, los albergues han reducido su ocupación y, en algunos casos, han quedado prácticamente vacíos. No porque el fenómeno migratorio haya desaparecido, sino porque cada vez menos personas están intentando llegar.
El efecto no está ocurriendo en la frontera, está ocurriendo antes de cruzar México, antes de integrarse a una caravana, está afectando la decisión de salir.
Lo que está cambiando no es solo la política migratoria, lo que está cambiando es el momento en el que ocurre el control. Hoy, la frontera ya no empieza en el río Bravo.

