Un corcel con suerte

Steven Spielberg es especialista en el manejo de producciones grandes, de aliento épico y de corte familiar.
Caballo de Guerra tiene todos los elementos necesarios para convertirse en un clásico moderno en la vertiente de las cintas inspiracionales.
Pero algo ocurrió , los duendes del cine se amotinaron contra el gran creador. Podría decir que al realizador norteamericano le cambiaron la película, porque lo que presenta es una larga y desconcertante aventura sin protagonista y con muy escasa emoción.
Ese no es Spielberg. Ni siquiera La Terminal, la aventura del infierno aeroportuario de un paria atorado en la sala de espera de Nueva York, es tan insípida.
El caballo en cuestión tiene el papel estelar, pero si bien no puede proyectar emociones, más que acompañado con música de violines y close ups a los ojos, tampoco hace gracias mayores. Lassie y Marmaduke hacían piruetas y travesuras. Con ayuda de la animación, Stuart Little se involucraba en atractivas proezas.
Este jamelgo tiene un largo recorrido por dentro de la primera Guerra Mundial, entre Inglaterra y Alemania. Y aunque lo ubican como pieza clave de los conflictos por los que atraviesa, únicamente permanece como testigo, mientras los humanos sufren y lloran, pero en un nivel de drama muy inferior al esperado y sin originar la oleada sentimental esperada para las producciones pretensiosamente lacrimógenas.
Joey es el caballo que participa en la rueda de la fortuna de los países europeos buscando identidad e independencia a principios del siglo XX. Su joven dueño lo educa y finalmente debe perderlo por deudas de su padre.
La premisa se asienta perfectamente en lo que se anticipa como un largo discurso sobre las tribulaciones personales en esa época aciaga de la humanidad. Sin embargo, el director sigue al caballo en su azaroso recorrido en el que vive episodios que son como cortometrajes independientes, que no consiguen conformar una producción orgánica.
Los saltos entre años y propietarios tiene como ilación el caballo, pero en secuencias de escasa sustancia, e irritantemente largas.
La atención centrada en el animal hace que se desdibujen del paisaje los personajes, incluso en las escenas del drama en las trincheras y lo que parece ser la gran escena del filme, donde se encuentran en territorio neutral dos soldados enemigos para ayudar al caballito en apuros.
El desenlace anticlimático e inverosímil remata lo que pretendía ser una gran celebración a la vida y al triunfo de la amistad, entre dos seres que, imposibilitados para comunicarse con voces, lo hacían con el corazón. O por lo menos es lo que pretendió transmitirse aquí.
Técnicamente, la cinta es impecable. Sólo ahí se ve la magia de Spielberg. Dentro de toda la gran fastuosidad escénica, sobresale la fotografía preciosista del maestro Janusz Kaaminski, con sus atardeceres dorados y su impecable manejo de cámaras en las escenas de acción.
Caballo de Guerra es una película que bien pudo haber hecho Disney. La dirigió Spielberg, pero con tal desatino que pasa hasta ahora como la peor de las cintas de su impecable trayectoria como dios mitológico del celuloide.

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