Hasta siempre, comandante

Con Che, El Argentino, el director norteamericano Steven Soderbergh presenta otra interpretación –de las muchas que han sido llevadas a la pantalla– de Ernesto Guevara, el guerrillero rosarino que protagonizó el triunfo de la revolución Cubana que llevó al empoderamiento a Fidel Castro.
La cinta tiene todo a su favor: un genio de la cinematografía que conduce el proyecto, con un dulce aroma de producción independiente; un excelente casting (injustamente ignorado por la Academia) encabezado por Benicio del Toro, como el Che, y Demián Bichir, como Fidel; una recreación impecable de la época; y el relato de la vida interesantísima del que fue llamado el hombre nuevo, que ha cautivado la inspiración de varias generaciones.
La larga cinta de cuatro horas es estrenada en corrida comercial en dos partes, esta que es la primera, y la segunda, sin fecha de estreno, titulada Guerrillero.
En esta presentación del personaje se narran la conspiración en México, el desembarco en el Granma y la victoria de la rebelión.
El interesante planteamiento narrativo se maneja en dos planos: por una parte, en blanco y negro donde se presenta la estancia del Che Guevara en Nueva York, lidiando con diplomáticos en la ONU, y dando entrevistas como una curiosidad tropical, procedente de un país pobre y emproblemado. Se observa cómo los norteamericanos lo miran con respeto y hasta miedo.
Por otra parte, se hace un recuento de su campaña armada, como lugarteniente de Fidel. Soderbergh no hace ni más ni menos que todos los artistas que han buscado explicar la figura mítica del Che: lo admira. Es prácticamente imposible encontrar una faceta nueva de este hombre que le aportó un toque romántico a la lucha armada, convirtiéndolo en un noble forajido, apegado a las causas de los desposeídos y dispuesto a morir por ellos.
Lo que hace el cineasta, como aportación al mito, es seleccionar un elenco insuperable, con Del Toro que presenta al que es, quizá, el mejor Che en la historia del cine. No solo por el fenotipo idéntico al del argentino, sino por la delicada disección que hace del personaje su intérprete, que aborda el papel con mesura, contenido en la tentación, siempre presente, de sobredimensionarlo en su estatura heroica.
Junto a él, aparece, como personaje de apoyo, Bichir, en una soberbia encarnación de Fidel, el cerebro de la revolución. El histrión mexicano hace un retrato de un hombre grandilocuente y astuto, como un genio de la política popular, con carisma suficiente para mantener unida a la tropa y allegarse prosélitos y simpatías en todo el país.
Soderbergh hace la cinta con atisbos de documental, al mostrar imágenes de una cámara al hombro en constante movimiento, como si lo hubiera seguido en sus andanzas por Estados Unidos y en la selva. No hay créditos al inicio ni al final. La idea es presentar el relato en su pureza histórica, sin distracción de nombres de intérpretes, ni de equipo técnico.
Aunque se extraña la critica a las decisiones erróneas del prócer y a su carácter explosivo, tildado en ocasiones de asesino, el director no se detiene a adelantar juicios y permite que el espectador saque conclusiones. De cualquier manera, el saldo histórico ha posicionado a Guevara de la Serna como un santón de la cultura pop, seguido por estudiantes e izquierdistas que lo admiran, principalmente en su significado iconográfico, más que el ideológico.
Che, El Argentino, hablada en español, es una victoria de la cinematografía. Fidel, en la Isla, y el Che, en el más allá, deben estar orgullosos de esta representación de sus personas y su gesta.

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