Un amor que rompe barreras 

Ni las carencias, ni la enfermedad ni el tiempo han podido terminar con el amor que se profesan Isidro y Guadalupe. A 48 años de su unión, disfrutan el ocaso de su vida mientras Dios se los permita.

Reynosa, Tam.

Fue en el año de 1978 cuando Isidro Cázares y Guadalupe Ávila cruzaron su camino. Desde entonces han estado juntos por 48 años, acompañándose en buenos momentos como en el nacimiento de su hijo Carlos Isidro, pero también en los malos, como el diagnóstico de la enfermedad que mantiene a Guadalupe con poca movilidad.

Sin importar carencias, padecimientos o la soledad, siguen y seguirán juntos hasta que la muerte los separe, recorriendo las calles de Reynosa para alimentar a las aves mientras Dios se los permita.

EL INICIO DE SU HISTORIA

Lupita, una joven de 29 años con muchas ganas de salir adelante, trabajaba en una maquiladora en la ciudad de Reynosa. Un día cualquiera, cuando se encaminaba a su centro laboral, conoció a Isidro, de 38 años y quien iba acompañando a su hermano al mismo parque industrial. Ahí se encendió una chispa que se mantiene viva hasta ahora a pesar del paso del tiempo y las adversidades.

Isidro conoció a Lupita en una etapa de madurez. Previamente había estado casado, y aunque esa relación no prosperó, le dio la experiencia para hacer las cosas mejor cuando decidió “juntarse” con su segunda esposa, con quien ha logrado forjar una relación de 48 años.

La pareja se mudó brevemente a Matamoros donde continuaron trabajando para salir adelante. Fue en esa localidad donde legalizaron su unión aprovechando una ceremonia de matrimonios colectivos, en donde, sin querer, Isidro terminó dando un mensaje a nombre de todos los beneficiarios.

“Me tocó desgraciadamente”, dijo él entre risas al referirse al casamiento civil. 

“Los vecinos nos decían vayan y cásense, y ella dijo vamos; estaba lleno el teatro, y me escogieron, yo no sé por qué, andaba alguien escogiendo matrimonios para subir con el presidente y toda su comitiva, me tocó hablar, me dieron un escrito, yo estaba joven, tenía treinta tantos, ya teníamos dos o tres años viviendo juntos”, relató.

En esas fechas ambos trabajaban para poder pagar una renta mientras juntaban dinero suficiente para comprarse un terreno.

Nunca le tuvieron miedo al trabajo. Guadalupe siguió laborando en la industria manufacturera hasta que se convirtió en madre. Dedicó 18 años de su vida al trabajo formal.

Isidro ha sido mil usos. Inició desde muy joven boleando zapatos, luego tuvo una oportunidad de trabajar para Petróleos Mexicanos por alrededor de 10 años, aunque fue trabajador eventual.

Tras su salida de PEMEX, Isidro se fue a trabajar como chalán a la obra, donde aprendió del ingeniero José Francisco Islas Gómez lo necesario hasta convertirse en maestro albañil.

Con este oficio logró sacar adelante a su nueva familia. Aunque dejó de trabajar temporalmente por una lesión en un brazo, al poco tiempo se reincorporó. 

“Nunca dejé de trabajar, no me gustaba estar deoquis en la casa, no tenía oficio ahí”, recalcó.

En 1982 la pareja tuvo a su único hijo, Carlos Isidro, quien actualmente tiene 44 años. Una vez iniciada esta nueva etapa, Lupita abandonó el trabajo formal para dedicarse de lleno al hogar y a la crianza de su bebé.

“Nada más tuvimos uno pues para darle primaria, secundaria, prepa; apenas a uno, porque de a dos o tres ya no se puede, apenas a uno nada más para darle hasta donde quiera”, manifestó Lupita.

UNA NUEVA AVENTURA

Ya como una familia de tres decidieron regresar a probar suerte en Reynosa a principios de los 90´s.

A Isidro no le gustó vivir en Matamoros porque el salitre de la zona afectaba las viviendas, por eso vendieron su propiedad e iniciaron de cero otra vez.

En esta ciudad se asentaron muy cerca de la avenida 20 de Noviembre en el Fraccionamiento Reynosa, zona donde vivieron hasta el 2019.

Luego de instalarse, Isidro empezó la búsqueda de trabajo en la albañilería, mientras que Lupita aprovechó que el niño ya estaba en la primaria y se acercó para ayudar con la cooperativa escolar, espacio donde brindó lo mejor de sí e hizo prosperar el negocio.

“Estaba decaída (la cooperativa) y yo la levanté, el dinero entraba a un banco y de ahí salía para todo, a diario entregaba entre 800 y 900 pesos, vendía dulces, comida que me llevaban las mamás y todo entregaba”, recordó la mujer.

Aunque su vida tuvo un cambio muy grande al pasar de ser proveedora a ama de casa, Guadalupe se siente satisfecha de lo que logró, y sobre todo de siempre hacer lo correcto.

“Me siento a gusto porque yo nunca me quedé con un peso, siempre fui fiel a la cooperativa. Después yo hacía tacos de harina y vendía dulces pero eso ya era negocio mío, lo mío era mío y lo de la cooperativa era de la cooperativa”, enfatizó. 

Mientras ella trabajaba cerca de casa, él buscaba un poco más lejos. Por ratos trabajó para un Ingeniero que desarrollaba una construcción cerca del puente internacional Hidalgo. Después trabajó en solitario realizando construcciones diversas.

A lo largo de su trayectoria, Isidro forjó grandes amistades que conserva hasta la fecha. Hasta este punto, la pareja tenía una vida sin mayores contratiempos, si bien no vivían en la opulencia, nunca les faltó algo que llevar a la mesa. Pero su historia estaría por enfrentar una adversidad.

LLEGA LA ENFERMEDAD

Las altas y bajas propias de cualquier matrimonio fueron superadas por la pareja sin que mermara su relación. Pero el reto más fuerte llegó aproximadamente en el 2010; ninguno recuerda la fecha exacta de este acontecimiento. Para entonces ya se encontraban solos pues su hijo había empezado su propio camino.

La cuesta abajo en su salud comenzó con un golpe de calor. Lupita empezó con dolores de cabeza, debilidad y mareos. Estos malestares fueron atendidos por un médico que en la consulta detectó un problema más serio.

El diagnóstico fue hipertiroidismo, un trastorno hormonal que provoca síntomas como pérdida de peso, debilidad, fatiga, ritmo cardiaco acelerado, entre otros malestares. A esta condición se sumó la artritis que redujo significativamente la movilidad de las manos y piernas de Lupita.

Los primeros meses después del diagnóstico fueron difíciles. Ella debía permanecer en reposo en casa mientras Isidro tenía que salir a trabajar para sacar adelante los gastos de la familia.

Durante un tiempo optó por el trabajo nocturno para aprovechar la jornada diurna en atenderla y hacer algunas tareas del hogar mientras ella lograba reponerse.

“No se levantaba, la tuve en el hospital como 11 días, cuidándola y trabajando, ya no en albañilería, me acomodé en un Smart, me iba a las ocho, la dejaba cenada y cobijada, y llegaba a la una de la mañana, y me levantaba otra vez en la mañana a atenderla”, externó.

Con el tiempo, Guadalupe mejoró pero nunca volvió a ser la misma. Actualmente se mueve en silla de ruedas o con ayuda de una andadera ya que por sí misma no logra sostenerse por mucho tiempo.

Isidro habla de esta etapa de su vida con mucha tristeza, siempre ha admirado la inteligencia, perseverancia y fortaleza de Guadalupe, por eso verla depender de alguien más le causa mucho sufrimiento.

Lupita es un poco más optimista. A diario toma su medicamento para mantener el hipertiroidismo bajo control, deseando pronto poder activarse y preparar el mole y los chiles rellenos que tanto le gustan para ponerlos a la venta. A pesar de su enfermedad nunca ha perdido el ímpetu de salir adelante por sí misma.

JUNTOS HASTA EL FINAL

A 15 años de la prueba más difícil que han enfrentado, Isidro y Lupita buscan disfrutar sus días hasta que la muerte los separe.

Desde hace siete años llegaron a su actual domicilio, una casita de madera ubicada en la calle 1, entre Solidaridad y Panteones en la colonia Adolfo López Mateos.

Don Isidro recuerda que cuando llegaron a esta casita por la que pagan 800 pesos de renta, no llevaban nada consigo, solamente tenían la cama que ya estaba incluida en el cuartito.

Pero la gente fue buena. Cuando vieron la necesidad de los abuelitos empezaron a donarles los artículos más indispensables. Fue así como se hicieron de un refrigerador, una estufa y un ventilador que les ayuda a soportar las altas temperaturas que se alcanzan en la vivienda con techo de lámina.

Amigos y vecinos continúan apoyándolos cuando pueden, sobre todo llevándoles artículos de higiene y despensa, mientras que ellos con las pensiones que cobran por parte del gobierno federal costean la renta, la electricidad y el agua potable.

Al no tener la obligación de sostener económicamente a nadie más que a sí mismos, establecieron una rutina para hacer sus días más agradables: por las mañanas, la pareja se despierta e inicia algunas labores del hogar. Mientras Lupita prepara el desayuno apoyada en su andadera, Isidro lava algo de ropa, limpia un poco la habitación y alimenta a los gatos que llegaron a su hogar y ahora se niegan a irse.

Después toman sus medicamentos y conviven con los animalitos mientras platican de las anécdotas del ayer. Para el medio día se organizan para salir. Lupita prepara una bolsita con arroz, maíz o la semilla que tenga a la mano y luego se acomoda en su silla de ruedas. Isidro empieza a empujarla hacia la calle, en parte para ayudarse a sostenerse, pero también para evitar que los brazos de ella se cansen.

Así inician su recorrido por el bulevard Hidalgo mientras dejan las semillas a su paso para alimentar a las palomas, actividad que se ha vuelto el hobby predilecto de la abuelita.

Frecuentemente acuden a las gorditas que venden en un puesto ambulante afuera de la primaria Felipe Carrillo Puerto, pues es donde más les gusta como las preparan.

Ya estando en la calle aprovechan para surtir medicinas o algo de despensa y luego se preparan para volver a su hogar, más o menos a las 18:00 horas. 

Esta rutina la realizan diariamente, a no ser que alguno llegue a enfermarse y decidan quedarse a descansar.

Aunque son felices, reconocen que la convivencia no siempre es sencilla, a veces tienen peleas, otras más conviven en completa armonía, pero siempre, ponen por encima de todo el amor que se han profesado por 48 años.

“Batallo con mi esposo, no se quiere poner el aparato pero ya no oye, pero es bien terco, ya no mira tampoco, llevamos 48 años de casados y tiene un genio de los mil demonios, vivimos como el perro y como el gato, pero ya es la edad, ya somos viejos y por todo renegamos, él me echa y yo le echo, pero siempre juntos, soy feliz con él”, platicó entre risas.

Ambos coincidieron en que no les gusta pedir ayuda y no es su intención buscar dinero cuando salen a caminar, sin embargo, reciben con gusto todo lo que la comunidad les da de buena fe.

“Nunca hemos tenido la tristeza de tener que decir ‘oiga me puede ayudar’, esa cosa no me gusta, vamos a caminar y si alguien nos ofrece algo hay que recibirlo porque lo hacen de buena fe”, dijo él.

Con lágrimas en los ojos agradecieron a todas las personas que en algún momento les han extendido la mano y que siguen velando por ellos: “La gente nos ayuda mucho, nunca andamos pidiendo un peso a nadie pero la gente nos ayuda, y a veces me da pena”, dijo Lupita.

Isidro añadió con voz entrecortada: “Estoy muy agradecido con todo Reynosa. El agradecimiento más grande de mi vida, no hay más. Recordar es vivir, me da un poco de tristeza, pero así es la vida, no tenemos otra más que seguir adelante hasta donde podamos”.

UNA IMAGEN QUE PODRÍA DESAPARECER EN BREVE

A decir de los abuelitos, Carlos Isidro, hijo único de la pareja, vive con su propia familia en Ciudad Victoria. En su más reciente visita el pasado mes de febrero les reiteró la invitación a mudarse con él. En ese momento rechazaron la invitación, pero con el paso de las semanas han empezado a analizar esa posibilidad.

El paso de los años es cada vez más marcado y su condición física no mejorará. 

Don Isidro está por realizarse unos análisis clínicos para confirmar el diagnóstico de diabetes, colesterol y anemia que le dio un doctor particular en su última consulta, aunado a los problemas visuales y debilidad que presenta desde hace tiempo. Lupita se mantiene activa dentro de lo que puede pero en algún punto la artritis la dejará inmóvil permanentemente, por lo que quiere aprovechar que aún tiene fuerza para ser productiva.

“A lo mejor de repente alzo vuelo porque ella quiere irse, estar allá con el muchacho, y tiene la intención ella de trabajar todavía, quiere hacer comidas, pero a ver qué, Dios nos ayuda, a ver cómo estamos más adelante. Mientras tenga fuerza voy a tener que llevarla, a ella le gusta mucho, se divierte con los pájaros”, explicó Isidro.

Reconoció que él no quiere irse de Reynosa porque extrañará su forma de vida y a los amigos que ha cosechado a lo largo de su existencia, pero por Lupita está dispuesto a realizar este cambio en el ocaso de su vida.

Mientras se deciden, la imagen de unos abuelitos enamorados seguirá formando parte del paisaje de Reynosa, una muestra de que, en realidad, “el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

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