Una noche para salvar el mundo

Un andrajoso viajero del tiempo (Sam Rockwell) se aparece en un restaurante de Los Ángeles, una noche cualquiera, y anuncia que debe reclutar a las personas que le ayudarán a salvar el mundo. Ante su renuencia, selecciona a varios de ellos y los obliga a participar, con la amenaza de estallar una bomba que, dice, tiene pegada en el cuerpo.

Es así como un grupo ciudadanos improbables, cada uno con su propia vida independiente, se reúne para emprender, en el transcurso de la madrugada, un operativo liderado por un loco aparente, para encontrar a la persona que amenaza con destruir a la humanidad mediante métodos de inmersión tecnológica inadvertida.

Buena suerte, diviértete, no mueras es el espectacular regreso a la dirección de Gore Verbinski, con una historia que tiene muchos guiños de Terry Gilliam, con mezcla de comedia con ciencia ficción, y una perspectiva deprimente del porvenir que se va revelando como una sucesión de acontecimientos tumultuosos y en apariencia desordenados.

Todo ocurre en el transcurso de unas horas, entre este grupo de personas que van revelando sus propias historias de vida en episodios independientes que muestran cómo es que terminaron en el restaurante, y cuáles son sus motivaciones para participar en este propósito lleno de adrenalina que los pone en peligro de muerte.

Como si fuera un capítulo de Black Mirror, los personajes enfrentan sus propios dilemas para tratar de resolver sus ecuaciones o, más aún, para continuar con vida en las correderas en las que los mete el ambiguo viajero, que todo lo toma con una seriedad mortal, aunque se maneja con permanente ironía.

La búsqueda del personaje de las respuestas se convierte en algo mucho más sofisticado y demencial; el gran acierto del libreto de Matthew Robinson es hacer que los personajes pasen por situaciones insólitas, como en un mortal videogame, mientras van diezmándose como grupo y se meten en situaciones cada vez más complicadas y abstractas.

El viaje pesadillezco los lleva a enfrentar a los demonios de la modernidad, como son la clonación para reponer a los muertos, y la realidad virtual como escapatoria permanente de un mundo real que no ofrece ninguna opción de felicidad.

Lo que se anticipaba como un viaje sin retorno se presenta en el tercer acto como la madre de todas las soluciones. Allá en el fondo de todas las complicaciones que enfrenta el mundo se encuentra la poderosa y omnipresente IA, que ha demostrado que es tan nociva como benéfica.

Porque este viajero sin nombre que se dice enviado del apocalipsis honra la tradición de todas las películas de aquellos superdotados que saltan en el tiempo y traen pésimas noticias. En este caso, el mundo se consumirá no por una plaga o una catástrofe viral, si no por su adoración a los aparatos móviles que los han convertido en zombis.

Este hombre que transita entre épocas representa a la resistencia del planeta; ya sabe lo que viene, porque ha andado el camino en numerosas ocasiones, y aún así se esfuerza por cambiar un destino terrible para la Tierra, aunque sepa que las máquinas van a derrotar al hombre en la batalla final.

El desenlace, por supuesto, es vertiginoso con un torbellino tecnológico que amenaza con arrasar con las almas de las personas que han decidido mantener su humanidad, más allá de la seducción del mundo mejor que ofrecen las pantallas de plasma.

Buena suerte, diviértete, no mueras es una película de gran corazón con un líder carismático, como es el genio Sam Rockwell.

@LucianoCampos G

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