Durante años, la 4T sostuvo una narrativa poderosa: estabilidad, soberanía y bienestar. Pero al entrar al 2026, la economía ya no responde a discursos, responde a cifras. Y esas cifras empiezan a dibujar un escenario incómodo: crecimiento débil, finanzas públicas tensas y una estrategia comercial errática que amenaza con pasar factura.
El crecimiento económico es el primer síntoma del desgaste. Organismos internacionales como el FMI proyectan para México un avance cercano al 1% en 2025 y apenas una ligera mejora en 2026. No es recesión, pero tampoco desarrollo. Es estancamiento administrado. Una economía que no crece lo suficiente no genera empleo de calidad, no recauda más y no reduce desigualdades, por más programas sociales que se anuncien.
El segundo foco rojo es fiscal. El gobierno presume disciplina, pero los propios datos oficiales muestran que el Saldo Histórico de las Obligaciones del Sector Público ronda el 51% del PIB. No es una catástrofe, pero sí una señal clara: el margen se acabó. Con una base productiva débil y una presión creciente para sostener gasto social, seguridad e infraestructura, el ajuste fiscal deja de ser virtud y se convierte en riesgo. Ajustar demasiado frena la economía; no ajustar la endeuda más. Esa es la trampa.
A esto se suma el frente comercial, quizá el más mal manejado. México depende de su integración con Norteamérica, pero en 2025 enfrentó aranceles estadounidenses a sectores clave como el automotriz y autopartes, afectando producción y exportaciones. La respuesta interna fue subir aranceles a más de 1,400 productos importados, con tasas que llegarán hasta 50% en 2026. La medida se vende como defensa de la industria nacional, pero el efecto real puede ser otro: insumos más caros, represalias comerciales y mayor incertidumbre para la inversión.
El resultado no es soberanía económica, sino tensión innecesaria en un momento crítico: la revisión del TMEC. Cuando el país debería enviar señales de certidumbre, manda señales de improvisación. Y los inversionistas —nacionales y extranjeros— leen esas señales con frialdad, no con ideología.
Aquí es donde la 4T empieza a desmoronarse, no por una crisis espectacular, sino por erosión acumulada. Un crecimiento que no despega. Una deuda que exige cuidado extremo. Un manejo comercial que privilegia el golpe político sobre la estrategia de largo plazo. Todo sostenido por un discurso que insiste en que “vamos bien”, aunque la economía camine con dificultad.
Lo que se vislumbra para 2026 no es el colapso, pero sí un país cansado económicamente. Un gobierno obligado a administrar límites, no promesas. Y una ciudadanía que empezará a sentir que el bienestar anunciado no llega al bolsillo.
México no necesita más retórica económica. Necesita seriedad técnica, reglas claras y decisiones que miren más allá del siguiente aplauso. Porque cuando la política económica se convierte en propaganda, el costo no lo paga el gobierno: lo paga el país.

