Felices XV al Buen Fin

Hace 15 años me desempeñaba como servidor público en el sector económico del Gobierno Federal, donde me tocó presenciar desde adentro el nacimiento de un proyecto que, en aquel momento, muchos consideraban un experimento arriesgado: El Buen Fin. Era 2011 y la economía mexicana venía arrastrando los efectos de la crisis financiera global. Había urgencia por reactivar el consumo interno, y la idea de crear un “fin de semana de descuentos” inspirado parcialmente en el modelo estadounidense parecía sencilla, pero no estaba libre de escepticismo.
Recuerdo las reuniones, las presentaciones internas, la discusión de los riesgos y la presión por demostrar resultados. Aún así, cuando llegó el primer Buen Fin —del 18 al 21 de noviembre de 2011— el país respondió con una energía que pocos anticipamos. Las ventas alcanzaron alrededor de 106 mil millones de pesos, un número que, para un programa en su debut, superó las expectativas y consolidó de inmediato el evento como una herramienta de política económica más efectiva de lo que se imaginó en su diseño original.
En aquel entonces, las calles del país se llenaron, los comercios reportaron crecimientos de doble dígito y los consumidores, entre la sorpresa y la curiosidad, comenzaron a explorar la dinámica de descuentos, meses sin intereses y compras adelantadas para fin de año. El comercio electrónico era apenas una sombra de lo que es hoy; prácticamente todo ocurría en tiendas físicas, y el poder del Buen Fin residía en el flujo peatonal y la movilidad comercial.
Quince años después, el panorama es irreconocible. Las proyecciones para el Buen Fin 2025, anticipan una derrama económica superior a los 200 mil millones de pesos, prácticamente el doble de lo alcanzado en aquella primera edición. El crecimiento no sólo es en magnitud, sino en composición: las PyMEs, que en 2011 participaron de forma limitada y muchas veces improvisada, proyectan aumentar sus ventas en torno al 55%, impulsadas por nuevas plataformas, herramientas digitales y una mayor profesionalización en sus estrategias comerciales.
El comercio electrónico, ausente en los primeros años, se ha convertido en un motor imprescindible del Buen Fin contemporáneo. Para 2025, se estima un crecimiento cercano al 40% en compras digitales, una transformación que refleja no sólo la madurez del consumidor, sino también el cambio tecnológico que ha redefinido la forma en que el país compra, vende y compara precios. La digitalización ha permitido que negocios pequeños compitan con grandes cadenas, y que los consumidores accedan a un nivel de transparencia imposible en la década anterior.
Lo más notable, sin embargo, es el cambio cultural alrededor del evento. El Buen Fin ha dejado de ser una iniciativa gubernamental y empresarial para convertirse en una tradición económica nacional. El consumidor lo anticipa, los comercios lo planifican y la economía lo reconoce como uno de los indicadores clave del cierre de año. Incluso la incorporación de una app oficial, que en 2011 habría sonado como algo futurista, habla del salto tecnológico que ha acompañado esta evolución.
Hoy, mirando hacia atrás, me sorprende la distancia entre el proyecto piloto que conocí como funcionario federal y el fenómeno económico que observo ahora. Lo que empezó como una apuesta se transformó en un mecanismo anual de activación comercial que sigue impactando la dinámica del consumo en México.
Y si bien el Buen Fin es un evento nacional, su relevancia adquiere un matiz especial en la frontera. Para ciudades como Reynosa, el Buen Fin 2025 no sólo representa un impulso interno, sino un contrapeso estratégico frente al poder de atracción del Black Friday estadounidense. Cada año, más comercios locales fortalecen sus ofertas, amplían sus canales digitales y preparan inventarios con la intención de retener consumo que históricamente cruzaba la frontera en busca de descuentos. En ese sentido, el Buen Fin no sólo es un termómetro económico, sino una oportunidad para fortalecer la competitividad local y equilibrar la balanza comercial en un contexto binacional.
Quince años después, aquel experimento que vi nacer desde el Gobierno Federal no sólo sobrevivió: se convirtió en una tradición económica que refleja la evolución del país, de sus comercios y de sus consumidores. Y, en la frontera, sigue siendo una herramienta clave para que ciudades como Reynosa puedan jugar de tú a tú con el mayor fin de semana de descuentos del mundo.
Felices XV.

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