Tras ocho años de asistencia humanitaria en medio de una ola de violencia provocada por el crimen organizado, caravanas de migrantes y la pandemia de COVID, el equipo de Médicos Sin Fronteras se retira, satisfecho de su labor en Reynosa y en busca de una nueva crisis por atender.
Motivadas por el interés de apoyar a personas en grave desventaja y el deseo de utilizar sus habilidades para ayudarles a hacer más llevaderas sus problemáticas, Carolina y Cristina decidieron sumarse a Médicos Sin Fronteras (MSF), una organización médico-humanitaria internacional que ofrece ayuda a poblaciones afectadas por desastres naturales, conflictos armados, epidemias y carencias en la atención médica.
Una vez instaladas en este grupo, fueron trabajando en múltiples proyectos hasta convertirse en líderes de una estrategia que se desarrolló para ayudar a la población de la frontera norte de Tamaulipas a superar los estragos de una ola de violencia que la delincuencia organizada mantenía enfocada en Reynosa y Matamoros.
Problemas como balaceras, secuestros, extorsiones y violencia sexual ponían en riesgo tanto a los residentes como a los migrantes que cruzaban por estas zonas en busca del sueño americano, por lo que la organización determinó la necesidad de intervenir, asentándose en la región en el 2017.
Tras una intensa jornada de ocho años en la que realizaron más de 80 mil atenciones médicas y psicológicas, el equipo determinó que la crisis ya es manejable para las autoridades locales, por ello, decidieron dar por terminado su trabajo el pasado 30 de septiembre, y mientras deciden en que nueva crisis intervenir, permanecen apoyando a la comunidad migrante asentada en Estados como Chiapas y Chihuahua.
Al concluir su labor, Carolina y Cristina hablaron de su experiencia, con la intención de visibilizar la cruda realidad que a muchas personas les toca enfrentar, pero también con el deseo que la sociedad sume su granito de arena para hacer más llevadera la vida de los sobrevivientes.

SER VOLUNTARIO EN MEDIO DEL CONFLICTO
Para Carolina López, Coordinadora de Proyecto MSF Reynosa y Matamoros, haber trabajado en la frontera tamaulipeca fue algo desafiante, si bien, estaba capacitada para atender a la comunidad vulnerable, jamás esperó tener que enfrentar una pandemia, siendo el factor que más le costó superar en su encomienda.
La gran cantidad de pacientes contagiados sobrepasó la capacidad de las instituciones públicas, por lo que llegó un momento en el que los Médicos Sin Fronteras apoyaron a los gobiernos con la atención. Aunque Carolina es psicóloga de profesión, colaboró con apoyo básico en el gimnasio multidisciplinario de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, espacio que fue habilitado para la atención de la población migrante y que ocasionalmente recibió a pacientes locales.
Afortunadamente entre el equipo asentado en Reynosa-Matamoros no se registraron contagios graves, pero colegas ubicados en otros puntos resultaron afectados, inclusive, algunos fallecieron en el campo de acción, lo que impactó en el estado emocional de los colaboradores que temían ser los siguientes y no volver a ver a sus familias, a quienes dejaron de visitar por precaución.
Cristina Romero, coordinadora de actividades médicas de MSF, reconoció que nadie estaba preparado para combatir al Coronavirus, pero ellos hicieron lo que pudieron recibiendo a los casos no graves para reducir la carga hospitalaria y dejar espacio para los pacientes que sufrían complicaciones, aunque también les tocó atender algunos casos difíciles entre la población flotante.
Pero la pandemia no fue el único shock que encararon los voluntarios. Cuando la ola de migrantes superó la capacidad de los albergues y empezaron a agruparse en la Plaza de la República, los voluntarios tuvieron que hacer frente a nuevas dificultades ya que esta ubicación carecía de acceso a los servicios básicos, exponiendo a los migrantes a complicaciones de salud adicionales a las que venían acarreando en el trayecto desde de su ciudad natal hasta la frontera mexicana.
“Todavía estábamos en la pandemia, si pasaba un contagio todo mundo saldría contagiado de COVID u otro tipo de enfermedades, no había acceso al agua, a los baños, en este tipo de crisis lo primero que buscamos es darles acceso a agua y saneamiento porque eso ayuda a prevenir enfermedades”, explicó Carolina.
El tener que trabajar con víctimas de violencia sexual también fue un reto, no solo por la carga emocional, sino porque ayudar a las sobrevivientes resultó particularmente difícil con quienes provenían de países cuya primera lengua no era el español.
Cristina Romero detalló que buscaron personal con experiencia en lenguas para tratar de comunicarse, además de apoyarse con herramientas tecnológicas e internet; aún así no lograron entender a todas las víctimas.
“Fue adecuarnos e implementar protocolos de atención para poder atender a sobrevivientes, uno de los retos fue el idioma, superar las brechas lingüísticas, entender la multiculturalidad porque tuvimos países no solo de Latinoamérica sino también de África, Asia, algunos retos no logramos superarlos”.
Trabajar en medio de crisis humanitarias expone a los voluntarios al estrés, a la sobrecarga de trabajo, al contagio de enfermedades y al riesgo de volverse víctimas junto con las personas que buscan apoyar, los colaboradores constantemente presentan síntomas derivados de no comer ni dormir a sus horas, problemas mentales por sobrepensar en los contextos en los que están inmersos y por las personas que no lograron ayudar. Por ello, ocasionalmente salen de la zona de conflicto para volver a sus hogares y recibir atención propia para renovar energías y regresar a enfrentar la crisis, sin embargo, en el periodo de la pandemia suspendieron los viajes al hogar y tuvieron que buscar alternativas para tener algo de alivio mental en medio de la crisis.
“Quienes atendemos la salud en lo último que pensamos es en la nuestra, y esta es una invitación a las personas en la primera línea de servicio a que se cuiden física y mentalmente”, enfatizó Carolina.
Aunque la violencia generada por la delincuencia fue el motivo que llevó a la organización a asentarse en Tamaulipas, las historias de atención relacionadas a esta problemática no son las que más recuerdan las voluntarias; las caravanas sin precedentes y el miedo de una nueva enfermedad fueron circunstancias que no esperaban pero que lograron superar.
Con 18 años de experiencia dentro de MSF y luego de haber pasado por obstáculos que nunca imaginó, Carolina mantiene firme su convicción de seguir ayudando a la población en sufrimiento, ofreciendo sus conocimientos para amortiguar la carga que cada uno de ellos enfrenta: “Yo creo que todas las personas tienen que ser tratadas con dignidad, todos tenemos derecho a la salud, y eso es lo que me mueve todos los días, una consulta de psicología no tiene que ser un privilegio, tiene que ser para todos por igual”.
Por su parte, Cristina coincidió en que por más grandes que lleguen a ser los retos, todos los miembros de MSF están conscientes de los riesgos a los que se exponen y por más difícil que sea la situación no declinan de su objetivo.
“Es algo que uno elige, ser parte de Médicos Sin Fronteras es ser voluntarios, tener acciones humanitarias, ser conscientes desde un inicio que vamos a enfrentarnos a retos como estar lejos de nuestros hogares, pero también es parte del compromiso que tenemos con la asistencia humanitaria y con la Médicos Sin Fronteras”.
Las líderes de la estrategia Reynosa-Matamoros coincidieron en que la problemática de violencia y migración se redujo a niveles que pueden ser manejados por las autoridades locales, por lo que decidieron emprender la marcha a puntos de la república que aún padecen por estos factores.
“La migración no es algo que solo va a ocurrir por momentos, es un fenómeno que llegó para quedarse y es importante seguirnos adaptando a ello”, reiteró la coordinadora de actividades médicas.

RECUENTO DE OCHO AÑOS
DE INTENSO TRABAJO
Originalmente Médicos Sin Fronteras tenía el objetivo de atender la crisis humanitaria provocada por altos niveles de violencia, inseguridad y flujos migratorios constantes, su principal encomienda era asistir a las personas sobrevivientes de la violencia relacionada con el crimen organizado, tanto residentes como extranjeros en busca de alcanzar el sueño americano.
Los equipos que decidieron participar se repartieron para instalar centros de atención integral en Reynosa y Matamoros, conscientes de los riesgos que corrían al ingresar a un territorio de constantes enfrentamientos armados.
Poco más de un año trabajaron en este contexto, apoyando también a grupos de migrantes que llegaban a la frontera para buscar ingresar ilegalmente a los Estados Unidos, y aunque se presentaban agresiones, era parte de lo esperado por el equipo al saberse en medio de territorio de conflicto. En el 2017, las balaceras, secuestros, extorsiones y violencia sexual ya eran parte del panorama.
Sin embargo, la situación se complicó cuando en el 2018 empezaron a llegar las primeras caravanas de migrantes procedentes de países como Guatemala, Honduras, Cuba, Venezuela, Haití y hasta Rusia. La desesperación de huir de sus propios conflictos los hizo blanco fácil de la delincuencia tamaulipeca, por lo que la crisis humanitaria se recrudeció, incrementando la demanda de atención médica y psicológica de la organización.
En un punto álgido donde la migración acaparaba las capacidades de MSF, llegó la pandemia de coronavirus; el desconocimiento sobre las causas y forma de tratar este nuevo padecimiento puso de cabeza al mundo, y a los Médicos Sin Fronteras en riesgo doble por la forma de trabajo con las masas.
Albergues saturados, condiciones poco higiénicas de vida, sobrecarga de trabajo en los hospitales locales y la carga mental para los involucrados fueron adversidades que poco a poco se superaron y que hoy han dado a la organización nuevas herramientas para hacer frente a nuevas crisis en otros puntos de México y del mundo.
Como resultado de este proyecto, Médicos Sin Fronteras logró otorgar 67 mil consultas de atención primaria, 13 mil consultas psicológicas individuales y 3 mil 700 grupales, brindó apoyo a 394 sobrevivientes de violencia sexual y dieron 3 mil 700 consultas de planificación familiar.
Todo ese trabajo rindió sus frutos y miles de familias lograron seguir sus caminos sin que las enfermedades físicas ni mentales fueran un obstáculo más en su trayecto; ante esto, MSF se retira satisfecho y aunque concentrarán sus esfuerzos en otros sitios, seguirán monitoreando las problemáticas de Tamaulipas a fin de intervenir si llega a surgir una nueva crisis.
“Los niveles de violencia ya no son los de antaño, la COVID ya no tiene la mortandad que tuvo y el flujo migratorio ha cambiado… las atenciones disminuyeron mucho, los albergues tienen una tasa de ocupación del 8 al 10 por ciento, las capacidades del sistema de salud también, la población migrante ya no desea concentrarse… estamos muy satisfechos, sentimos que hemos aportado nuestro granito de arena para que la situación sea más gestionable para las autoridades, y a la vez muy dispuestos a regresar si nos necesitan”, narró Albert Stern, Jefe de Misión para Honduras, Guatemala y México.
Si bien Médicos sin Fronteras cuenta con suficiente capacidad financiera para desarrollar sus proyectos y la mano de obra suficiente para incrementar el equipo de trabajo de 25 a 100 en cuestión de horas, el apoyo de las asociaciones civiles y religiosas siempre es un factor a favor, y ese fue el caso de Reynosa y Matamoros en donde residentes solidarios ayudaron a multiplicar los beneficios para la población vulnerable, a ellos, Albert Stern agradeció, a la vez que pidió no dejar de ver por el más necesitado.
“Aprovecho para agradecer la colaboración y apoyo de actores sociales, religiosos e institucionales, los casos más graves los canalizábamos a las instituciones, en muchas iglesias nos permitieron instalar nuestras clínicas móviles, siempre tuvimos una comunicación muy fluida porque compartimos objetivos y cada uno aporta desde sus capacidades”.

NUEVOS CAMINOS
Una vez retirados de Reynosa y Matamoros, muchos voluntarios extranjeros aprovecharon para regresar a sus hogares y recargar las baterías antes de emprender una nueva jornada; en el caso de los mexicanos, el descanso fue menor y por el momento se encuentran concentrados Chiapas y Ciudad Juárez donde aún existen concentraciones de migrantes que requieren asistencia humanitaria, sin embargo, estas entidades no son un destino a largo plazo, los líderes de MSF ya se encuentran analizando cuales problemáticas mundiales son más graves y necesitan de sus habilidades y recursos para aminorar el sufrimiento de los involucrados.
