Dios en la cancha

Aquella noche vi que los milagros existen y que Dios se enternece de vez en cuando. El Augusto bíblico incineró ciudades, arrasó pueblos enteros con plagas y calamidades, y en una ocasión hasta hizo que el cielo se cayera sobre la gente para ahogar todas las maldades.
Pero el que nos visitó fue otro, el bueno, el que se lee en el catecismo y compensa con dulzura y gloria las buenas obras y las alabanzas sinceras.
Las señoras en la Iglesia aclaman los pasajes de las Escrituras y recuerdan con temor y alivio que Dios hizo una alianza para no repetir sus castigos. Ahí lo llaman y el manso Nazareno regresa en el corazón de cada una de ellas.
Acá en el estadio, el Espíritu Santo es aclamado a voces y se manifiesta con menos ternura y más pasión.
¿O es que acaso puede haber mejor manera de honrar al Dios de los hinchas que con un buen partido? No le pide mucho a los jugadores, sólo entrega, devoción y lo demás viene solo. A veces se dan encuentros sobresalientes, pero en ocasiones, como la que sucedió esa noche, hay una concurrencia providencial de elementos, factores, casualidades que hacen que un partido sea, en lo esencial, único y asombroso.
Me refiero al cotejo de ida entre Rayados y Cruz Azul, en la final del Apertura 2009. Monterrey es campeón y su hinchada celebra. El juego de regreso fue emotivo por su significado. No existe mayor incentivo para un equipo con marcador adverso que el reloj estrangulando los minutos para asfixiar a los rivales luego de 90 minutos y un ligero alargue. La cercanía de la muerte agudiza los sentidos y la desesperación es artífice de proezas.
El segundo partido fue bueno por intenso, pero el primero, ese fue de una belleza tan inusual como el hallazgo de un zafiro azul o un ópalo verde. No me detendré a explicar pormenores técnicos. De eso se encargan los cacógrafos que se dicen analistas de los diarios. Me refiero a una belleza plástica marcada por el balón circulando como un bólido en la cancha, con una verticalidad que se exige en el juego, pero que escasamente se cumple.
La velocidad es una condicionante de las leyes físicas. Es, también, un factor que determina, la mayoría de las veces, la superioridad de una escuadra. Fue una noche de contrastes y heroísmo. La Máquina comenzó como un ciclón. Villa, Lozano, Chávez y Villaluz dinamitaron la trinchera de Rayados con un asedio incesante que amenazaba con sentenciar la serie en el primer tiempo.
Pero en el complemento ocurrió el milagro.
Walter Ayoví se movía en la cancha como si calzara patines. Suazo, Santana y Valdito hicieron, por el corredor de la derecha, complicados trazos geométricos para taladrar la zaga cruzazulina. Santana y Meza se les unieron en la sociedad.
Pero no era sólo la distribución del cuero sobre la grama. Eso era bueno, pero había algo más. Algo ocurrió cuando Suazo marcó el tanto que acercaba a Rayados. Hubo una conmoción sobrenatural en el estadio, una fuerza irracional hizo que la vehemencia que había entre los jugadores subiera al graderío y regresara desparramada al césped. Un manto de invencibilidad cubrió a La Pandilla después de ese segundo gol. El equipo estuvo unos 15 minutos en coma, pero ese derechazo del Chupete lo regresó del más allá.
Los fieles vieron esos minutos de futbol que criogenizó el tiempo. No había pasado, ni porvenir. No había memoria de esa clase de futbol. Cierto: no eran el Barza contra Bayern, ni el Inter contra el Madrid. No era eso, pero sí era mejor, porque en ese pedazo de cielo que se hizo la grama del Tecnológico se vivió, se olió, se paladeó, como una experiencia palpitante, un momento de futbol fenomenal, que no tiene parangón ni hacia las alturas de la élite europea, ni hacia los abismos de las ligas bananeras.
Fue, simplemente, una forma diferente pero electrizante de futbol mexicano, tropical si se quiere, pero único y eternizado por quienes lo presenciamos.

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