¡Que flojera!

Bruce Willis está de regreso con Identidad Sustituta, un thriller futurista con efectos especiales impresionantes, pero una trama decepcionante que parece escrita en los 60, para ubicar el futuro en la época actual, con algunos adelantos tecnológicos, entre ellos, el que le da sustento a la trama.
De cualquier manera, el action man se observa cómodo en su familiar trabajo de héroe que debe salvar al mundo de la plaga de androides que parecen haberse salido de control.
Al comando de Identidad Sustituta se encuentra el irregular director Jonathan Mostow, y sus guionistas John Brancato y Michael Ferris, el mismo trío que despedazó la saga de Terminator en su tercera versión de la Rebelión de las Máquinas, un bodrio de cinta que sepultó la belleza cinematográfica que había construido James Cameron en las dos primeras entregas.
Willis hace un doble papel. En una sociedad consumida por el tedio y la necesidad de preservar una existencia confortable a través de medios artificiales, las personas recurren a una solución tonta: crean sustitutos para que vivan por ellos. El titular del robot está en su casa descansando, con un aparato encasquetado en la cabeza, a través del cual da órdenes a su animatronic.
Si el monigote sufre un daño, simplemente se le reemplazan las piezas, mientras su titular permanece en casa. Esta es la “solución” que le encuentran al problema de la inseguridad. Es como una variación de los humanos de Wall-E, perezosos y conformistas, que prefieren recurrir a artificios electrónicos y gadgets, en lugar de mover un dedo.
Las personas viven solas, en cubiles oscuros. Parece, por momentos, que el plano de la realidad donde se mueve este universo es humorístico. Los humanos decrépitos, tienen a sus representantes cibernéticos, rozagantes y eternamente apuestos. El movimiento que hacen de ellos es el titiritero con su marioneta, pero en una grotesca representación de la aniquilación de la existencia misma, aceptando la farsa de “vivir” a través de sus pares mecánicos y siempre bellos.
Así se garantiza la idea de la seguridad y la ausencia de dolor y penas en un mundo nuevo, vivido a control remoto.
A partir de esa idea nada esperanzadora, se crea una historia de ciencia ficción y suspenso en la que, repentinamente, los sustitutos al morir, producen el deceso simultáneo de sus titulares, un escándalo que puede provocar la ruina de la multimillonaria corporación que los produce en serie.
Willis –o su clon animado de ridículo peluquín rubio– es el inspector encargado de descubrir el complot siniestro que se encuentra detrás de la idea de exterminar los cyborgs.
La trama apesta a viejo. Willis hace un papel que le pudo quedar a Charlton Heston hace 30 años. En el establecimiento de su tesis preapocalíptica, Mostow cree –o por lo menos parece que espera– que el público acepte las numerosas inconsistencias de lógica que rodean la idea de los reemplazadores, en particular la forma inverosímil en que son controlados.
Mediante esta que es la forma más aburrida del futuro que ha sido presentada en pantalla grande, se pretende detonar una critica contra las sociedades consumistas, el culto a la vanidad, y la redundante idea en el arte –literario y cinematográfico– del hombre que es castigado por jugar a ser Dios.
Mostow hace lo que puede con una trama llena de agujeros de lógica, pero con un enorme presupuesto que le permite utilizar espectaculares efectos de computadora.
Es una mezcla de Inteligencia Artificial, Blade Runner, Sentencia Previa y Yo Robot.
Willis vuelve a ser el mismo muchacho enfundado en el traje de súper macho, con el que ha forjado su larga y exitosa carrera en papeles de acción.
Puede ser que esta cinta sea sólo un entrenamiento para la quinta parte de Duro de Matar.

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