¿Dónde están?

Con la era de la mercadotecnia, la globalización y el Internet, los equipos dejaron de ser patria de héroes y se convirtieron en vitrinas de productos para consumo popular. Los jugadores, como en juego de Xbox, son movidos a voluntad del control remoto que manipulan los propietarios.
Se impone, ahora más que nunca, el criterio pecuniario. Atrapada en ese vórtice de consumo, entretenimiento y nacionalismo, la Selección Mexicana sufre constantes transformaciones, cada vez más grotescas y, en algunos casos, disparatadas. Buscando reinventar al Tri, los federativos lo asesinan. Y lo resucitan con nuevas refacciones.
En el caso de la más reciente transformación extrema, el equipo fue decapitado y el sueco Sven Göran Eriksson fue sepultado, dejando una estela de resultados que, lejos de ser intrascendente, ha comprometido decididamente el pase de México al mundial de Sudáfrica 2010.
Ahora llega Javier Aguirre, un viejo conocido que había jurado no volver nunca con la escuadra nacional después de sus torpes decisiones que privaron al equipo del famoso y anhelado quinto partido en el Mundial de Japón-Korea. Se supone que el Vasco ha madurado, aunque no hay garantía de que evitará excentricidades como aquella de naturalizar a Gabriel Caballero para que armara una tremenda escandalera en el gallinero sin proporcionar, en cambio, una solución, una satisfacción, un golecito salvador que justificara su inclusión en la nómina nacional.
Ahora que en la aldea global de McLuhan todos los países se interconectan en el mundo virtual de la red cibernética, las nacionalidades tienden a ser referencias de pasaporte, y el nacionalismo gazmoñería de viejos, añoranza de globalifóbicos. Todos son bienvenidos en Greenpeace. Las selecciones desarrolladas que juegan con naturalizados: España; Alemania, Italia. México ya dio el paso en esa dirección. ¿Por qué? ¿Era necesario? La polémica será inacabable y la discusión permanecerá sobre la mesa por mucho tiempo. Pero que alguien diga si son solución, por ejemplo, Vuoso, un delantero voluntarioso que ha sido ignorado sistemáticamente por su país. O Leandro, que de no ser por México, estaría jugando en la división de ascenso de Brasil. Sinha, desechado por Rayados y rescatado por Toluca, sabe jugar futbol, pero no ha demostrado nunca cualidades extraordinarias, como pudo tenerlas, digamos, Walter Gaitán.
¿Dónde está el García Aspe de este tiempo? ¿Los Galindo, Campos, Claudio, Ambriz, Cuauhtémoc, Ramón Ramírez, Luis Hernández, Cabrito? ¿Qué ha ocurrido con la cantera? ¿Se agotó como si fuera recurso no renovable?
Supongamos por una vez: ¿qué pasaría si México no naturaliza a nadie y decide morir con los recursos nacionales, con los jugadores paridos en suelo tenochca? Me pregunto qué pasaría si el quipo decide jugársela, con Ochoa, Magallón, Salcido, Rafa, Venado, Vela y el resto de la tropa de jugadores que se hicieron en el país y que sienten la franela tricolor.
Yo, en lo personal, no me molestaría si Aguirre enlista únicamente jugadores nacionales, y estoy dispuesto a aceptar que si el equipo no va al mundial fue porque le faltó a toda la nación o a eso que se llama los once de la tribu, pericia, habilidad, agilidad o tamaños para sortear la eliminatoria. Si no puede con lo que tiene, que no vaya y se acabó la historia.
No soy ingenuo. Se aproximan los tiempos, anticipados en las predicciones ominosas, que marcarán el fin de las fronteras y la recomposición de la geografía mundial en conglomerados de naciones. El extranjerismo se trivializará y, tal vez resurja la idea del esperanto como lenguaje único.
Pero, pese a la inercia de los representativos nacionales, de reclutar a los superjugadores, cambiándoles de un plumazo su identidad de origen, México no está obligado a ser parte de la moda, no de esa.

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