Ninja de oficina

El Contador (The Accountant) es el nombre clave que el FBI le depara a un mago financiero que trabaja con jefes de la mafia en el más alto nivel del crimen internacional. No se conoce su nombre, sólo se sabe que es brillante y muy audaz, pues entra y sale de las organizaciones delictivas sin ningún problema.
Lo que desconocen los detectives es que este hombre sigiloso y anónimo es una especie de ninja de oficina. Mezcla a Jason Bourne, Jack Ryan y Will Hunting. Ben Affleck interpreta a este espécimen único que además de sus habilidades inigualables para el manejo de las armas y el combate personal, padece de Asperger, una variación del autismo, que lo lleva a gozar de concentración extrema y a resolver ecuaciones imposibles.
Nada puede detenerlo, ni en su misión de vigilante, ni en su trabajo como auditor. El personaje es súper atractivo: es una de las mentes más capacitadas para las matemáticas en el planeta y tiene entrenamiento de boina verde. Es solitario y millonario. No tiene residencia fija y es rastreado por agentes obsesionados con echarle el guante.
Pese a su enorme potencia, la cinta dirigida por Gavin O’Connor es una enorme decepción, pues no se define entre el drama de un tipo convencido de la violencia justiciera y una simple película de aventuras, que podría convertirse en franquicia.
La historia, bien documentada, se mueve en terrenos de la Bolsa, las transnacionales y los mercados financieros. En ese ambiente, el contador se involucra en la revisión de cuentas de un emporio de la robótica. Lo que descubre es un enorme fraude sistemático, que apunta a los altos directivos de la compañía.
Sin embargo, el diligente contador y la auxiliar que lo acompaña (Anna Kendrick) estorban a los empresarios corruptos. Es necesario eliminarlos. Pero los malos no saben con quién se lían. Los sicarios y sus empleadores perseguidores no estaban preparados para pagar el precio de enfrentarlo.
Affleck, convertido en un ropero, corpulento y de músculos inflados, mueve a la risa.
Se toma demasiado en serio un papel que es increíble. Por lo que se aprecia, no se da cuenta que él es el único que no ha percibido que su personaje es artificial y acartonado. El genio atormentado cumple con rituales extravagantes en soledad. No tiene amigos, ni parientes. Vive atormentado por culpas inventadas. Es una especie de Bruce Wayne mentalmente enfermo, que no puede desarrollar lazos afectivos. Hasta que entra a su vida la tímida asistente que, inesperadamente, lo mete en innecesarios problemas. No se ven motivos por los que la insulsa chica pueda mover los sentimientos del implacable depredador de maleantes. Simplemente, ocurre.
La historia escrita por Bill Dubuque se toma demasiadas libertades para ser coherente. Relatada en varios tiempos, va mostrando, paulatinamente, detalles de la vida infeliz del prodigioso contador, pasando por su infancia ensombrecida por un rudo padre y los acontecimientos que lo llevaron a convertirse en un vengador.
El subibaja es permanente. El auditor pasa de la acción a la flagelación, de los recuerdos al escritorio, de las balas, al romance. Pero, no existe una coherencia y la trayectoria del filme da tantos tumbos, que termina por extraviar su objetivo.
El desenlace es una incursión tipo comando, con una lluvia de balas. Hay mucha acción, sin adrenalina. La escena, muchas veces vista, es terriblemente predecible. Pero la masacre se justifica. El tipo rudo utiliza el homicidio despiadado para sacar la escoria del mundo. No hay nada malo en que un hombre tome la ley por mano propia, siempre que los afectados sean chicos despreciables, al servicio de un hombre ruin.
El encuentro final, que parece una broma pesada, mezclada con surrealismo, envía una señal equivocada sobre el propósito de la producción. En el supuesto de que se quiera presentar una historia seria, no puede haber algo tan disparatado como esos diálogos que hacen corto circuito dentro de toda la narrativa.
Sirve, la película, únicamente como diversión dominical.

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