Golpe de regreso

Aunque, tradicionalmente, a los árbitros se les considera la cabeza de turco en el juego de futbol, en realidad, nunca han sido enteramente inocentes, ni están tan expuestos como se supone. Ellos también tienen sus mecanismos para defenderse.
Como en cualquier sistema, el cuerpo arbitral activa su propio antivirus cuando se siente atacado y responde con fiereza, mayormente institucional, sobre sus agresores.
Sí le creo a los jugadores que, lloriqueando, dicen a la prensa que no le dijeron al árbitro algo que ameritara la expulsión. Muchas veces, el silbante se cansa de la actitud fastidiosa y arrogante de un determinado futbolista que lo atosiga. A la menor oportunidad lo echa. Y a veces ni siquiera espera que haya un pretexto. Simplemente lo pinta de rojo y ya después, en la cédula, inventa cualquier artificio para explicar el procedimiento disciplinario.
En síntesis, el árbitro también se enfada en la cancha y también se desquita. Las agresiones, de esta manera, van en los dos sentidos.
Menciono esto porque vi el pasado fin de semana, en un juego del futbol mexicano, una situación que parecía muy seria pero que, en el fondo -y también en la superficie- era bastante risible.
Jugaban, en el Estadio Jalisco, Tigres y los locales Leones Negros. El entrenador de la norteña Universidad Autónoma de Nuevo León, Ricardo Ferretti reclamaba todo al árbitro Jorge Peñaloza. En el futbol azteca ya se conocen los berrinches del timonel de los de bengala, que se la pasa todo el partido haciendo aspaviento. Para el espectador, su sola actuación es como un extra al espectáculo de los 22.
Evidentemente fastidiado, Peñaloza lo echó. La mayoría de los árbitros en esas latitudes reconvienen al Tuca, le piden calma, lo amenazan, pero le permiten que reclame, muchas veces con necia insistencia. Pero el nazareno de esa tarde no tuvo paciencia y lo mandó a la ducha.
Me pareció muy singular la manera en que el juez tomó la determinación. Claro que Ferretti merecía irse. Se había puesto demandante e impedía el buen flujo del juego. Pero también Peñaloza abusó de su poder. Sin haber antes intentado mediar, por lo que se ve, con el exaltado DT, determinó largarlo con una indicación hacia el vestidor, lo que equivalió a darle una simbólica patada en público, en vivo y ante millones de telespectadores.
El Bigotón experimentó lo que sienten miles de futbolistas cada semana en todo el mundo, que sufren una enorme impotencia porque el colegiado tiene la virtud reglamentaria de tomar decisiones que deben ser acatadas indiscutiblemente por los demás participantes en la celebración de un partido de futbol. Le dieron dos juegos de castigo.
Pero creo que también, ya en privado, el mismo Peñaloza debe ser sancionado, porque la misma actitud asumió al expulsar a Ferretti, quien no se pudo contener las ganas de expresar sus reproches, de una manera agresiva hacia el árbitro quien, a su vez, se comportó también de manera impropia imponiendo su ley, pero en un exceso de testosterona, que escondió muy bien con el argumento de que simplemente aplicaba los códigos para acallar al impertinente.
Los que conocen, dicen que el arbitraje también es mímica. El de negro debe hacer indicaciones con el cuerpo para que la tribuna se entere de cuáles fueron las causas que lo llevaron a tomar una determinación. En este caso únicamente le indicó a Tuca el camino de la salida. El estratega, claro, fue un poco más expresivo.
Pero los dos se enredaron en un penoso momento del balompié que sirve para reflexionar sobre lo que hacen los árbitros para sobrevivir en un medio tan competido como el futbol, lleno de jugadores llorones, que protestan cada jugada.
Aunque también ilustra como el hombre de la ocarina puede ejercer sus propias vendettas.

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