El mal fin del ‘Buen Fin’

Cuando hablamos del programa Buen Fin de inmediato se nos vienen a la mente, aparatos electrónicos, tablets, laptops, celulares inteligentes, pantallas de plasma, pero sobre todo artículos super rebajados.
Desafortunadamente también se nos viene a la mente una cartera vacía, una tarjeta de crédito con pagos vencidos y comenzamos a idear la forma en que vamos a pagar esos productos.
Los que tienen efectivo, esos no se preocupan, pero ellos para qué quieren otra plasma u otra laptop, serían muy presumidos comprando de dos a tres celulares por el sólo hecho de que están en oferta.
Los más jodidos sí quieren comprar cualquier cosa, pero no pueden. No tienen dinero para comprarlos al instante y tienen que recurrir a un préstamo bancario y otros más solicitan a adelanto de aguinaldos para andar a la moda y otros de plano le piden prestado a la suegra, con tal de andar con billetes esos días.
No cabe la menor duda que el Buen Fin fue creado para incentivar el comercio y la actividad comercial y su creación tiene fines nobles, vaya, que un asalariado tenga una pantalla de plasma y pueda ver el futbol en alta definición eso no tiene precio.
Pero sin duda alguna, el Buen Fin tiene un mal fin, cuando los comerciantes y autoridades hacendarias convierten este programa en un acto meramente consumista al fomentar que todos vayamos a las tiendas a realizar compras de pánico.
Y digo de qué le sirve a un asalariado comprar un minisplit (aire acondicionado) si no tiene dinero para pagar el recibo de la luz, a duras penas le alcanza para comprar frijoles, huevos, tortillas y chile.
Se imagina a un obrero que vive en una casa del Infonavit donde a duras penas caben las camas, con una pantalla de plasma de 40 pulgadas, que la pone en el piso porque no tiene un librero o una mesa para colocar su televisión y que tiene que comprar una antena para poder ver canales en alta definición.
O imagine usted al hijo de un obrero que gana el salario mínimo, que ahorro 5 mil pesos para comprarle una computadora a su hijo que estudia en la secundaria, pero de que le sirve, si no puede pagar 400 pesos mensuales para tener Internet, ya que a duras penas gana 800 pesos por semana.
O qué le parece mi estimado lector, comprar un teléfono inteligente (Smartphone) a 10 pesos o algunos salen completamente gratis, pero tiene que firmar un contrato a 24 meses con pagos de 500 pesos mensuales, pues suena ridículo o tal vez esos paquetes fueron creados para los ricos.
Para un asalariado comprar un carro de 200 mil pesos resulta una burla porque aunque no pagues enganche, los intereses te duplican el valor del auto y terminas firmando a un plazo de 48 mensualidades, solo falta que el contrato diga muérase pagando.
Comprar una casa en el Buen Fin resulta también toda una hazaña para un asalariado, y he llegado a la conclusión que este programa creado en el sexenio de Felipe Calderón es meramente consumista como si perteneciéramos a un país de primer, cuando nuestra realidad está por debajo del tercer mundo.

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