Derecho de jefe

Atlas perdió ante Toluca en el partido del sábado 18 de octubre, correspondiente a la jornada 13 de la Liga mexicana de futbol, torneo Apertura 2014. En la tribuna del Estadio Jalisco, un aficionado insultó a Tomás Boy Espinoza, entrenador de los académicos. El Jefe le respondió con un puñetazo.
Como saldo del incidente, la Comisión Disciplinaria de la liga suspendió dos encuentros a Boy y lo multó con unos 200 mil pesos. El club dijo que también lo sancionaría por el altercado.
¿Hasta dónde tiene derecho un entrenador de responder a las agresiones del público? Los insultos y trompadas que intercambiaron hincha y entrenador, abren el espacio para debatir las obligaciones y deberes que tiene cada uno de los componentes en el gran negocio del futbol, que no se detiene, en su marcha arrolladora. La empresa global del balón es un asunto tan serio que moviliza las emociones de millones de personas en México y el mundo, y que, también, genera ganancias millonarias, de cuantificación no revelada nunca con precisión.
Hay quienes piden la cabeza de Boy. Cierto, incurrió en una falta grave, por responder con golpes la provocación de un fan. Sin embargo, hay material de reflexión en las palabras de su auxiliar, José de Jesús Aceves quien dijo que en la tribuna todos son iguales.
De ser cierta la premisa de El Güero, al estar acomodado en la butaca, el entrenador dejó su aura de protagonista de la fiesta futbolera y se convirtió en uno más del lumpen, expuesto a los mismos riesgos y sometido a las mismas reglas que los demás asistentes al espectáculo. ¿Al subir al graderío y mezclarse con la hinchada, Tomás dejó de ser entrenador y se convirtió en uno más de los fanáticos? Lo dudo.
No es sencillo dirimir una disputa de esta naturaleza, porque las circunstancias en que se da el caso son particularmente especiales, aunque parezcan ordinarias. De acuerdo a la leyenda, ya antes, hace unos 40 años, cuando Boy era un novato de las canchas y jugaba en el Atlético Español, subió a la tribuna para liarse a moquetes con un aficionado que lo insultó.
Recuerdo el caso, en el futbol inglés, de Eric Cantoná, jugando para el Manchester United, que en 1995, en el Shelhurst Park, casa del Crystal Palace, fue expulsado. Un aficionado le lanzó voces y, en respuesta, el francés le dio una soberbia patada de karate.
El jugador fue suspendido nueve meses de la liga; cuatro meses del Man U, incluídas dos semanas sin goce de sueldo; lo condenaron a 14 días de prisión, que pagó con 120 horas de trabajo comunitario. Cantona ofreció disculpas a todos, menos al agredido.
Los casos son muy similares. Pero hay que recordar, que en el caso mexicano, Tomás Boy es entrenador y eso significa que debe tener el hígado de acero para soportar contrariedades dentro y fuera de la cancha. Hay técnicos, como Tuca Ferretti, que aceptan dar y recibir mentadas como parte de su trabajo. Pero se entiende que su enojo está circunscrito a las palabras. La transgresión física es grave. El uso de las manos, los hechos de sangre, son mucho más penados que la sola alusión despectiva, el insulto, la chocarrería.
No hay protección en las alturas de la órbita pública. Al hombre de futbol se le paga una millonada para que se convierta en parte de un espectáculo absorvente y canivalesco que, se supone, ya entienden, por los años que ha de tener fogueándose en el espacio abierto. Cada uno de ellos merece respeto, pero siempre estará en el candelero por ser una persona singular, con dones especiales que lo hacen ser millonario, adorado y repudiado por millones a toda hora y en todo momento.

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