Teledictadura

Con La dictadura perfecta, el director Luis Estrada ofrece un producto que no da. En toda la publicidad se presenta a Sergio Mayer como presidente priista de México. La alusión es inequívoca hacia Enrique Peña Nieto. Se asume, pues, que la cinta critica la figura del mandatario y su régimen, bastante parodiables.
Sin embargo, la sátira no es sobre EPN, como sugiere el sugestivo título, que remite a la expresión, ya clásica, de Mario Vargas Llosa, aludiendo al priato. El título alude a la perfecta tiranía que ejerce sobre el país la televisión, en particular Televisa y su pistolero noticioso, Joaquín López-Dóriga.
La cinta política de Luis Estrada se acopla a la trilogía del México en transición, compuesta por La Ley de Herodes, Un mundo maravilloso y El infierno, retratos geniales de un país agobiado por la corrupción, la violencia y la desesperanza.
Esta sátira, de carácter oportuno y oportunista, por la influencia que ejerció la televisora en millones de mexicanos para elegir al presidente del copete, es como el manual del ejecutivo de televisión sin escrúpulos, mezclada con tips de un coordinador de imagen política, dispuestos a hacer lo que sea para posicionar a su producto.
La película es irresistible. Todo México observó hipnotizado, inerme, cómo una empresa de comunicaciones le colocó la banda presidencial al jefe de la nación. Hay un gran deseo de observar una parodia de la parodia que fueron los comicios de 2012, dominados por Televisa.
Sin embargo, Estrada se concentró más en hacer política que cine. Complace al público al burlarse, una vez más, como en sus cintas anteriores, de todo el sistema de gobierno. Ridiculiza, dándole estatura de burro, al presidente de México, y el público aplaude. Es la venganza del lupen, sobre los personajes encaramados en la esfera del poder. Pero Estrada se concentra en la mofa agridulce, sin profundizar en los personajes.
El discurso es pretendidamente de folletín. Estrada retaca el relato con prolongados y fallidos diálogos, muchos de los cuales sustituyen la acción. La falta de tino del guión, acreditado al mismo director y a Jaime Sampietro, hace que los personajes expongan, charlando, las atrocidades en las que incurren para obtener millonadas.
Desfilan personajes y frases conocidas por quienes leen los periódicos. Sergio Mayer, limitado como histrión, hace una gran imitación de Peña Nieto, quien aparece de manera incidental e intrascendente, retratado como un cachorro de Televisa. Oswaldo Benavides es como un Carlos Loret de Mola, charlatán como periodista de altos vuelos. Saúl Lisazo es López Dóriga.
Una pareja padece el drama del secuestro, en alusión clara al caso Paulette. Hasta aparece una parodia de La Gaviota, en forma de actriz que es vendida para satisfacer la lujuria del candidato y convertirla en su consorte.
Y así van desfilando situaciones que deleitan por conocidas y aludidas y que tienen, como principal mérito, el de transgredir, pues nadie se había atrevido a exhibir, con tanta precisión a Televisa y su gran imperio mediático que, como se muestra en La dictadura perfecta, quita y pone gobernantes.
La película se concentra en dos personajes: un empleado de televisión y un gobernador.
Alfonso Herrera, es un productor de TV, forzado a envilecerse por órdenes de su
jefe, que le demanda resultados sin importar cómo ensucie su labor y sin ver a quien atropella para obtener su objetivo.
Por su parte, Damián Alcázar es un gobernador ranchero, cacique, empistolado e ingenuo, que se rinde sumiso al poder de la pantalla.
No hay duelo de actuación. El ex RBD se ve sub actuado y no soporta en los hombros el peso de la cinta. Alcázar, en cambio, se luce al personificar una mezcolanza de todos los gobernadores brutales que imperaron en el país durante el siglo pasado.
El largo epílogo es pesado. Parece que el director necesitó incluir balazos para sacudir la monotonía y para establecer el orden. Pero no hay que esperar aquí grandes momentos en pantalla, deseables en las grandes producciones.
Estrada sabe cómo hacer películas y el despliegue técnico es impecable. Pero la cinta no se ve orgánica. Carece de cohesión. Está conformada por momentos que no se conectan, y al final queda todo como una serie de sketches, para mofarse de la odiosa clase política nacional.

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