Fantasma vengador

El Justiciero es un dulce pastelillo plagado de violencia, sabroso como golosina, y carente de pretensiones.
Antoine Fuqua vulve a hacer equipo con Denzel Washington quien, en esta ocasión, se convierte en un vigilante dispuesto a ayudar a quien necesite su ayuda. Como lo dice el título en inglés, es un hombre que iguala las circunstancias, y reparte lo que le corresponde a cada uno.
Es como la dama de ojos vendados que sostiene la balanza de la justicia en el mundo.
La cinta es una versión remasterizada, digitalizada de uno de los más antiguos clichés del cine: un misterioso hombre sin pasado decide emprender una cruzada para ayudar a los débiles, golpeando a sus perseguidores.
El personaje de Robert McCall es un superhéroe llevada al plano urbano y como ciudadano común. Es un pistolero moderno que pone a cada quien en su lugar.
Fuqua hace una historia sencilla, con una premisa que es, gratamente, simple. No hay complicaciones, ni segundas intenciones. La historia se concentra en el tipo que esconde su verdadera vocación bajo un trabajo en un almacén de prestigio.
Nadie sospecha que en realidad, es un hombre letal, una especie de sicario tipo ninja, dueño del don de la ubicuidad, capaz de derrotar él sólo, con sus artes de guerrero, a un pequeño ejército de hombres armados. A su lado, Jason Bourne es un tullido.
McCall está en el dorado exilio, viviendo en tranquila melancolía. Hasta que un día se topa con una prostituta rusa a la que pretende liberar de la vida infernal que lleva. Cuando decide ayudarla, desata una serie de situaciones que lo llevan a exhibir al máximo sus habilidades que aprendió como agente operativo.
El justiciero enfrenta a la mafia rusa. Con sus habilidades sobrenaturales para el arte del homicidio, va desplumando uno a uno todos los gallos que le arroja al redondel la federación criminal soviética. Pero McCall no sólo los priva de la vida, sino que emplea, con cada uno, métodos muy singulares para asesinarlos.
Fuqua lleva la acción al terreno de la sofisticación visual y el trabajo es formidable. En cada incidente, McCall se convierte en un aspersor hemático. Hay muchas imágenes de cámara lenta, que van delineando cada uno de los momentos de la muerte y posterior agonía.
Es tan efectivo en su lucha contra la maldad, que las confrontaciones pronto pierden interés, porque el personaje ha demostrado, desde el principio, que es inmune a las balas, y que sus oponentes tienen aspecto fiero, pero son absolutamente ineptos.
Su autoconfianza puede provocar risa, porque al sentirse amenazado, en verdadero peligro de muerte, es quien amenaza. Hay un gran alivio en cada escena de violencia, porque ya se sabe que el justiciero triunfará. Así que es mejor relajarse para disfrutar la carnicería que convierte cada lugar en el que pone un pie.
El director sabe muy bien a qué público se dirige. Su meta es el espectador complaciente. Hay un apestoso lugar común en el cine de acción, una escena del ejecutor provocando explosiones, y alejándose del lugar sin voltear, sin reparar en la hecatombe que produce. No le interesa, sólo sabe que ha destruido el objetivo del enemigo y sigue con su vida.
El neozelandés Marton Csokas se acomoda muy bien en el papel de villano ruso y se muestra como una caricatura de mafioso, para buscar una confrontación final con su Némesis, con un resultado esperado.
El Justiciero es una historia hiperviolenta, que no provoca horror. Otorga, eso sí, dos horas de pura diversión superficial.

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