La gran exigencia

Ninguna civilización es superior a otra.Tuve hace algunos años un encuentro en Helsinki con un encumbrado dirigente del deporte internacional. Bebíamos un delicioso brandy escocés a la orilla del río Vantaa, en un retiro donde fue celebrada una reunión de jerarcas de la FIFA. Fui invitado como asesor.
Este amigo se encontraba molesto. No mencionaré su nombre, porque es un tipo sencillo y no quiere reflectores. Un año antes, su equipo había sido eliminado en cuartos de final en la Copa del Mundo anterior a ese encuentro. No se reponía del golpe. Su enfado se agudizó esa noche porque el dirigente de la federación que lo derrotó, fue reiterativo al usar el cotejo como un ejemplo de civilidad deportiva e higiene arbitral.
Yo le decía a mi amigo que no encontraba razones para que mantuviera su irritación, tanto tiempo después de transcurrida aquella batalla. “Perdiste con honor”, le dije, mientras nos asomábamos por un balcón para apreciar el atardecer que se oxidaba tras las cordilleras que contenían la brisa impetuosa que subía desde el Báltico.
El me miró con sus duros ojos grises. “Si quieres ser campeón, no puedes tener esa mentalidad. No puedes decir: perdí con honor, y retirarte”. Dio otro sorbo a su bebida y chasqueó la lengua, perdiendo su mirada entre los abetos que comenzaban a derretir las hojuelas de nieve que quedaron del pasado invierno septentrional.
De regreso en el avión, luego de la travesía nórdica, pensé en las palabras de mi amigo. Su reflexión no me abandonó y ahora recuerdo sus palabras como si me las hubiera pronunciado apenas hace un minuto.
Brasil fue eliminado en semifinales en los pasados Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Argentina lo doblegó 3-0. La humillación fue terrible. Los cariocas nunca han sido escuadra de oro en Olimpiadas. Han conseguido todo, sólo les falta ese trofeo.
La prensa nacional fue implacable con sus titanes. Uno de los diarios decretó la muerte del equipo nacional. Pedían que el entrenador Dunga fuera azotado en público. Exigían subir a Ronaldinho al potro del tormento, por su incapacidad para conducir la nave.
Parece que en Río de Janeiro no sabían los gritos que retumbaban en Barcelona. Allá se decía que en sus primeros años, Ronaldinho era el mejor para anotar goles, y en los últimos, era el mejor para cerrar bares.
La exigencia del pueblo brasileño hacia sus jugadores es tremenda. Para cualquiera, la presión sería insoportable. Pero estos tipos no son unos cualquiera.
La verde amarilla llega de manera regular a las instancias finales en cualquier certamen. Los pentacampeones son invitados naturales a cualquier fiesta de liguilla. Y son, siempre, el alma del festejo.
Por ello no se permiten descansos, ni se dan treguas. Son extremadamente duros al interior. Su autocrítica es tan hiriente que ni sus enemigos podrían hacer señalamientos tan ponzoñosos en su contra.
Por eso, desde un palco en el Estadio de los Trabajadores, en Pekín, observé cómo se derrumbaba Brasil, encantado por el poder de Lionel Messi, que no tiene las artes de Maradona, pero que bien puede ser uno de sus epígonos.
Ese martes 19 de agosto, salí desconcertado del coso y deambulé algunas horas por las calles del distrito de Chaoyang, mientras evocaba asombrado las progresiones de la albiceleste y la debacle de los brasileiros. En ese momento recordé aquellas sabias palabras. “Si quieres ser campeón, no puedes tener esa mentalidad. No puedes decir: perdí con honor, y retirarte”.
Brasil no las ha dicho aún. Para ellos es lo mismo perder con o sin honor. Y jamás se van a retirar.

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