A propósito de la psicosis desatada los últimos días en la frontera con Estados Unidos de papás con visa de turista que decidieron que sus hijos nacieran cruzando el charco, conozco un caso muy particular que me guisaría compartir.
Los nombres, las ciudades y los años mencionados en este texto fueron cambiados para protección de las personas por obvias razones. Sin embargo es un hecho verdadero y seguramente no debe ser el único caso.
Raúl y Esther, quienes vivían en Río Bravo, Tamaulipas, se embarazaron de su primer hijo en 2018 y todo estaba planeado para que naciera en el Hospital Santander de Reynosa.
Aún cuando tenían años viviendo en la frontera provenientes de Ciudad Victoria -y todo en regla con visa de turista-, no tenían planeado hacer lo que, por décadas, miles de parejas con o sin capacidad económica para cubrir los partos, decidían: que sus hijos nacieran en Texas para tener “una mejor vida que en México”.
Hago un paréntesis cuando digo “con o sin capacidad económica”, pues Raúl nunca estuvo convencido de que en una ida a Walmart, a días de dar a luz Esther, juntos acudieran a un hospital a que naciera su primogénito sin pagar los gastos médicos, y luego recibir las ayudas del gobierno y quedarse a vivir.
De esas historias de abusar de los beneficios de Estados Unidos se conocen por miles desde el siglo pasado y lo que va del actual. Y hace unos 20 años se descubrió en el Valle de Texas la falsificación de actas de nacimiento por parte de parteras.
Los agentes de Migración (CBP) en los puentes internacionales, desde Tijuana a Matamoros, siempre han estado alertas para detectar y cancelar las visas a las parejas mexicanas que han abusado de Estados Unidos y, por lo mismo, proceden a cancelar visas. Vaya, no es nada nuevo lo que está pasando.
Volviendo al caso de Raúl y Esther, ya con la prueba positiva de embarazo buscaron una ginecóloga y les recomendaron a una doctora de Reynosa. Ella dio seguimiento al embarazo y, a los seis meses, contratarían los servicios del Hospital Santander para el parto.
Los amigos y amigas de ambos estaban sorprendidos de que, teniendo solvencia económica, no buscaran la opción de dar a luz en el Valle de Texas, pero la respuesta siempre fue: “No, queremos que nuestro hijo sea mexicano”.
Y así pasaron los meses del embarazo con esa postura nada patriótica, nada nacionalista, nada anti gringa, y tampoco para enredarse en sábanas verde, blanco y rojo del hospital. Simplemente la pareja estaba firme en su decisión.
Las visas de turistas las presentaban para ir de compras al HEB, al Target o al Ross; para ir a la Isla del Padre sin cruzar la milla permitida, o bien solicitando un permiso para adentrarse a San Antonio, Dallas o más al norte como algunas veces fueron a Miami o Nueva York.
Pero un día, llegando al puente internacional de Progreso, un agente preguntó a Esther: ¿está embarazada?, ¿en cuántos meses dará a luz?
Raúl, al volante, esperaba lo peor: que la autoridad migratoria sospechara que en vez del viaje de compras, se estaría planeando que ese niño nacería en Estados Unidos con el propósito de tener la ciudadanía y “una vida mejor que en México”.
“¡Seis meses de embarazo y mi esposa se aliviará en Reynosa!”, respondió Raúl apretando las quijadas. Y la respuesta del agente del CBP fue la más inesperada:
—¿Y por qué no se alivia en Estados Unidos?, recomendó. Y abundó: “Siempre y cuando hagan las cosas bien. Ustedes entienden a qué me refiero”.
Y entre los tres -el agente, Raúl y Esther enlistaron las “cosas bien”: pagar totalmente el servicio hospitalario, no recibir ni estampillas ni otros beneficios del gobierno de Estados Unidos, y que los papás no vivieran en la ilegalidad con una visa de turista aunque el niño fuera ciudadano.
¿Quién lo iba a decir? Que esa persona del CBP convencería a la pareja que su primer hijo naciera en un hospital de Donna, Texas, como también sucedió con su hermanito menor.
Los padres siguen viviendo y trabajando en México y los niños tienen la doble nacionalidad, y jamás han abusado de los beneficios de Estados Unidos. Cruzan la frontera de compras o de turistas y, cuando sean mayores de edad, decidirán su futuro.
Mientras tanto Raúl y Esther esperan que las aguas hoy turbias se cristalicen y, por lo pronto, decidieron suspender sus vacaciones en la Isla del Padre, esperando que una orden ejecutiva del gobernador de Texas contra el llamado “turismo de parto” no sea retroactivo.
Y miles de padres mexicanos que por décadas vieron en Estados Unidos lo que en México ha escaseado para millones jóvenes: la posibilidad, que no es lo mismo que certeza, de tener un mejor futuro, están “con el alma en un hilo y con Trump en la boca”. No con el Jesús.
