Hay algo que hoy en día da más miedo que cualquier crisis internacional… y es no saber con qué va a salir mañana Donald Trump.
Así, tal cual.
Porque ya no se trata de política. No se trata de estrategias. Se trata de algo más simple y más peligroso: la incertidumbre.
Hoy, cada vez que el presidente de Estados Unidos despierta, el mundo entero —literal— tiene que voltear a ver su teléfono y preguntarse: “¿Ahora qué dijo? ¿Ahora a quién atacó? ¿Ahora qué decisión tomó sin pensar?”.
Y eso, en el líder del país más poderoso del planeta, no es normal. Es un riesgo.
Un presidente no puede gobernar a base de ocurrencias. No puede manejar temas delicados como economía, migración o relaciones internacionales como si estuviera escribiendo un tuit en caliente.
Porque cada palabra pesa. Cada mensaje mueve mercados. Cada ataque genera división. Y cada arranque impulsivo puede escalar a consecuencias reales.
Aquí no es un reality show. No es entretenimiento. Son millones de vidas las que están en juego.
Y cuando el estilo de liderazgo se basa en provocar, dividir y reaccionar sin filtro, lo que se genera no es respeto es inestabilidad.
Hoy el verdadero peligro no es solo lo que dice. Es que ya nos acostumbramos a que lo diga. A que pase. A que cada día haya una nueva polémica.
Y eso es lo más grave: normalizar el caos.
Porque un país no puede avanzar cuando vive al ritmo de los impulsos de una sola persona. Y el mundo tampoco. Precisamente Trump provoca ese caos causando una incertidumbre de terror y no tan solo en el tema económico, migratorio y hasta bélico.
La pregunta que nos hacemos es ¿cuánto tiempo vamos a seguir así?, ¿será hasta el
final de periodo o podremos esperar un cambio en noviembre próximo?
