Perversión del sistema judicial

Durante los gobiernos revolucionarios, México brilló intensamente en el campo del Derecho, dando al mundo lecciones de gran sentido humano, como fue la recuperación de parte importante del territorio nacional y la incorporación de avanzados preceptos normativos a la Organización de las Naciones Unidas, como la libre autodeterminación de los pueblos y la vía pacífica para la resolución de controversias. Pero, llegaron los neoliberales y con ellos la corrupción.
Nada tienen que ver con los truhanes recientes las figuras señeras de don Isidro Favela Alfaro y Luis Padilla Nervo. El presidente Luis Echeverría Álvarez, involuntario precursor del neoliberalismo, sacó de la Universidad Nacional Autónoma de México a una cáfila de ganapanes y simuladores que vinieron a usurpar los espacios políticos y administrativos, desatendiendo el llamado y el ejemplo del ilustre maestro don Pablo González Casanova.
Durante el gobierno de José López Portillo, la corrupción de la Corte fue evidente: otorgó a Arturo “El Negro” Durazo el título de doctor honoris causa; recibió también el grado de General de cinco estrellas. De ahí se ahijó una camada de farsantes con fama de eminencias. Diego Valadés Ríos, siendo Procurador General de la República y encargado del caso Colosio, dijo que le convenía más ser ministro de la SCJN, y sin rubor, aventó el arpa.
Carlos Salinas utilizó al Poder Judicial para aplicar la triple opción: encierro, destierro o entierro, en contra de sus enemigos y los que se opusieron y denunciaron el proyecto neoliberal como la vía para entregar el país a manos del capitalismo salvaje, autóctono y extranjero, convirtiendo al trabajo en la mercancía más barata y al trabajador en los modernos esclavos. La carrera de la última presidenta de la Suprema Corte se desarrolló en el área administrativa, protegiendo las grandes transas de su grupo.
Ernesto Zedillo Ponce de León deshizo de un plumazo la Corte salinista y puso al muy percudido Luis María Aguilar Morales, lobo de siete cabezas, a cuidar el gallinero. Desde entonces, como dijo uno de los santones del Derecho, la justicia se ha vuelto el mejor negocio, en el que todo es posible. Decía Piporro: “With the money, dancing the dog”, y que: “todo cabe en un jarrito, sabiéndolo acomodar”. Así ha sido hasta el momento.
Andrés Manuel López Obrador tuvo la virtud de despertar las conciencias de los mexicanos para, mediante el voto popular, acabar el proyecto neoliberal y restaurar el estado de Derecho. La tarea fue encomendada a una mujer extraordinaria, Claudia Sheinbaum Pardo, quien va viento en popa con la construcción del segundo piso de la Cuarta Transformación. Otra vez, México vuelve a brillar en los escenarios mundiales con la Reforma Judicial y la elección de los juzgadores.
Que se cuiden la espalda los que se han hecho de mulas a la mala, porque, nada peregrino sería que en un chico rato sean llamados a cuentas por sus bribonadas. Tuvieron una prolongada época de cohetes, ha llegado la hora de recoger las varas. Quien no lo entienda, que con su pan y su PRI se lo coma. La presidenta, además de su gran preparación y enorme capacidad, tiene los arrestos necesarios para llegar hasta las últimas consecuencias, y los mexicanos de buena voluntad la apoyan incondicionalmente.

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