En los años cincuenta, México era un país en transición: el “milagro mexicano” prometía modernidad, carreteras y crecimiento económico. Pero detrás de los anuncios oficiales, la vida real se contaba distinto: familias enteras hacinadas en vecindades de la Ciudad de México, campesinos en tierras sin riego, mujeres haciendo malabares para alimentar a cinco o seis hijos con apenas unos pesos. Ese México lo retrató Óscar Lewis en “Los hijos de Sánchez”: un país donde la pobreza no era estadística, sino rutina cotidiana.
Hoy, 75 años después, las cifras oficiales presumen avances. Según INEGI y CONEVAL, en 2024 la pobreza bajó a 29.6% de la población, lo que equivale a unos 38.5 millones de personas; la pobreza extrema ronda el 5.3%. En 1950, las estimaciones históricas hablaban de más del 60% de mexicanos viviendo en pobreza. A primera vista, parecería que la historia cambió.
Pero basta mirar más allá de los porcentajes para notar que la realidad sobrepasa a las gráficas. En Chiapas, Oaxaca y Guerrero, más del 60% de la población sigue en pobreza. En los cinturones urbanos de Monterrey, Guadalajara o la Ciudad de México, la vida en asentamientos irregulares repite el guión de las viejas vecindades: servicios precarios, empleos informales, familias que sostienen con sus redes lo que el Estado no garantiza.
México presume haber reducido la pobreza laboral del 40% en 2020 a menos del 37% en 2024, pero para millones de trabajadores la experiencia sigue siendo la misma: salarios que no alcanzan, jornadas interminables y la sensación de que la promesa de movilidad social es una falacia. Para los adultos mayores de 60 años, la pobreza sigue golpeando con crudeza: pensiones inexistentes, cuidados no remunerados y vulnerabilidad acumulada.
La narrativa oficial habla de “avances” y “programas sociales” que han sacado a millones de la pobreza. La narrativa cotidiana, en cambio, sigue marcada por lo que Lewis llamó la cultura de la pobreza: la necesidad de sobrevivir día a día, la dependencia de la familia, la creatividad para resistir sin garantías de futuro.
En otras palabras: México no erradicó la pobreza, la administró, la redefinió en categorías técnicas y la distribuyó en porcentajes más bajos. Pero si Lewis regresara hoy a Tepito, a una comunidad indígena en Oaxaca o a la frontera en Reynosa, encontraría voces y rostros casi idénticos a los de 1950.
El calendario cambió, las estadísticas bajaron, pero la vida de millones sigue atrapada en la misma historia: la de un país que aprendió a convivir con su pobreza como si fuera un huésped inevitable.

