María Corina

Durante años, tanto el ex presidente López Obrador como la presidenta Claudia Sheinbaum han repetido una y otra vez que su movimiento nació de una lucha por la democracia. Que ellos enfrentaron al poder, que lo hicieron de forma pacífica, sin armas, sin violencia. Que su causa fue siempre por las libertades, contra los abusos, contra los privilegios y los gobiernos autoritarios. Esa narrativa, que tantas veces hemos escuchado, se convirtió en parte central de su identidad política.
Por eso sorprende —y honestamente desconcierta— que cuando una mujer en América Latina vive una historia muy similar a la que ellos describen como propia, no haya merecido ni una sola felicitación pública.
Hablo de María Corina Machado, oposición venezolana, perseguida, silenciada y aún así firme, que este diciembre recibió el Premio Nobel de la Paz 2025 por su lucha democrática.
No lo recibió por un discurso, ni por una campaña, ni por una estrategia mediática.
Lo recibió por resistir.
Por insistir.
Por sostener la esperanza de un país herido, aún cuando hacerlo le costó el exilio, la persecución y la clandestinidad.
Una lucha civil, sin armas, sin violencia. Una lucha que, en teoría, debería ser motivo de empatía para cualquier líder que asegure haber pasado por lo mismo.
Sin embargo, la presidenta Sheinbaum guardó silencio.
Un silencio que pesa porque no era necesario escoger partido, bandos o ideologías: bastaba con reconocer a una mujer latinoamericana que ha resistido a un régimen autoritario con el mismo tipo de fuerza moral que ellos afirman haber tenido frente al suyo.
Porque la lucha por la libertad no se mide por simpatías políticas, sino por la capacidad de reconocer al otro cuando se atreve a defender aquello que todos decimos valorar.
Cierro esta última columna del año agradeciendo por un año más con este espacio, a nuestro Director General Heriberto Deándar Robinson; a nuestro Editor en Jefe, Adrián Altamirano, por su eterna paciencia y también con un deseo sencillo, pero sincero:
Que el próximo año tengamos el corazón más abierto para reconocer la luz, venga de donde venga.
Que celebremos la valentía, incluso cuando no coincide con nuestra narrativa.
Que aprendamos a celebrar a quien defiende la libertad, aunque piense distinto, aunque venga de otro país, aunque su lucha nos incomode.
Y que 2026 nos encuentre más dispuestos a escuchar, a entender y a construir un país donde la democracia no sea un cuento que repetimos… sino un camino que caminamos juntos.
Felices fiestas.
Que haya paz en sus casas, luz en sus días y esperanza en lo que viene.

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