Por Martín Sifuentes
Cada determinado tiempo, la política mexicana nos presenta el mismo espectáculo: aparecen nuevos partidos que prometen renovar la vida democrática, oxigenar el sistema y convertirse en la alternativa que millones de ciudadanos supuestamente esperan. Sin embargo, cuando se observa quiénes están detrás de esos proyectos, la palabra “nuevo” termina siendo más un recurso publicitario que una realidad.
Ahora irrumpen dos nuevos jugadores en el tablero electoral: Somos México y Construyendo Sociedades de Paz. Ambos lograron superar el complejo proceso para obtener su registro y podrán competir en las elecciones intermedias de 2027. Su primera batalla, sin embargo, no será ganar posiciones políticas, sino simplemente sobrevivir.
La historia no juega precisamente a su favor.
Entre 1991 y 2024, más del 60 por ciento de los partidos políticos de nueva creación perdieron su registro después de participar por primera vez en una elección federal. La estadística retrata una realidad contundente: crear un partido es difícil; consolidarlo resulta mucho más complicado.
El desafío es enorme. Deben construir estructuras territoriales, posicionarse frente a un electorado cada vez más escéptico y enfrentar a organizaciones con décadas de presencia nacional. A ello se suma una legislación que les exige obtener al menos el tres por ciento de la votación válida para conservar el registro, además de impedirles formar coaliciones en su primera elección federal. Es decir, deberán caminar solos en un terreno donde los partidos tradicionales conocen cada centímetro.
Pero el mayor cuestionamiento quizá no sea electoral, sino político.
¿Realmente representan algo distinto?
Detrás de Somos México aparecen personajes ampliamente conocidos como Guadalupe Acosta Naranjo y Cecilia Soto, protagonistas de la vida política nacional desde hace varias décadas. Del otro lado, Construyendo Sociedades de Paz tiene entre sus principales figuras a Hugo Éric Flores, exdirigente del desaparecido Partido Encuentro Social, acompañado por Armando González Escoto, también con una larga trayectoria política.
Difícil hablar de renovación cuando los rostros son los mismos de siempre.
La experiencia política, desde luego, no debería ser motivo de descalificación. Lo preocupante es que una vez más se intente presentar como novedoso un proyecto construido por actores que han transitado durante años por prácticamente todas las estaciones del sistema político mexicano.
Por eso, más que nuevos partidos, parecen nuevas franquicias con administradores de siempre.
No son pocos quienes consideran que detrás de estas organizaciones existe el legítimo interés de mantenerse vigentes en la vida pública, conservar espacios de influencia o acceder a las prerrogativas económicas que el Estado destina a los partidos políticos. Esa percepción, justa o no, será un lastre que deberán enfrentar desde el primer día.
La democracia necesita competencia, pluralidad y nuevas voces. Pero también necesita autenticidad. Cambiar el nombre de un partido no equivale a renovar la política; registrar un nuevo logotipo tampoco significa ofrecer nuevas ideas.
El verdadero cambio no comienza con un acta constitutiva ni con un registro ante la autoridad electoral. Comienza cuando aparecen liderazgos capaces de romper con las inercias del pasado, proponer una visión distinta y recuperar la confianza ciudadana. Mientras eso no ocurra, los llamados “nuevos partidos” seguirán pareciendo exactamente lo que muchos mexicanos sospechan que son: la misma clase política, con distinto uniforme.
