Querido lector, querida lectora:
Para meter un hilo en el ojo de una aguja se necesita paciencia; para estacionar un choche de reversa hay que maniobrar; y para meter una boleta de papel en la ranura de una urna electoral, a fuerza de pura lógica, hay que doblarla. No hay de otra. Cualquiera que haya ido a votar un domingo sabe perfectamente que esa rendija de plástico está hecha a propósito para que el voto entre bien resguardado, hecho cuadritos, y garantice que nuestra decisión sea secreta.
Por eso llama tanto la atención el paquete de cambios operativos que recientemente aprobó, por siete votos contra cuatro, la mayoría del Consejo General del Instituto Nacional Electoral (INE). Las nuevas disposiciones no rompen ninguna ley de la física, pero sí desafían la lógica preventiva de cara a los comicios intermedios de 2027.
Por un lado, las llamadas “boletas planchadas” —esas que aparecen en los recuentos completamente lisas, sin una sola marca de doblez— dejan de anularse de manera automática. No es la primera vez que el fenómeno aparece: en la elección federal de 2024 se detectaron boletas de este tipo en 20 casillas de Chiapas, y en la elección extraordinaria del Poder Judicial de 2025 la cifra subió a 918 casillas, un incremento que el propio Consejo tuvo que atender anulando votaciones donde esas boletas ya habían sido contabilizadas. Es decir, no se trata de una anomalía teórica, sino de algo que ya ha costado votos anulados en procesos recientes.
El INE se defiende citando una sentencia del Tribunal Electoral (TEPJF), que le recordó que “carece de competencia para anular la votación recibida en casillas o establecer nuevas causales de nulidad”. Hasta ahí, el instituto tiene razón: no podía seguir anulando por decreto propio. Pero una cosa es que el Tribunal le haya quitado esa facultad, y otra muy distinta es cómo decidió llenar el vacío. El INE optó por dejarlo en manos de la “buena fe” y del criterio caso por caso de cada consejo distrital, sin candados adicionales — y esa parte sí fue una decisión política suya, no una obligación judicial. De hecho, dentro de su propio Consejo General hubo quien lo señaló: el consejero Uuc-kib Espadas calificó una boleta sin dobleces como “indicio inequívoco de fraude”, y él fue uno de los cuatro consejeros —junto con Martín Faz, Arturo Castillo y Carla Humphrey— que votaron en contra del criterio finalmente aprobado. Ni siquiera dentro del propio árbitro electoral hay consenso de que la sentencia obligaba a llegar exactamente a esta solución.
El asunto no para ahí. En la misma jornada, la autoridad electoral relajó otro candado: eliminó el cruce automático y obligatorio de datos que servía para verificar que los aspirantes a observadores electorales no fueran Servidores de la Nación o militantes en activo. Ese cruce no era un simple trámite burocrático: existía justamente para que operadores de programas sociales no se colaran como observadores como observadores, con acceso privilegiado a las casillas el día de la elección. Ahora, en lugar de ese filtro, bastará con que el interesado firme una protesta de decir verdad para obtener el gafete —se pasa de verificar con datos duros a confiar en la palabra de quien tiene, precisamente, un interés de por medio.
La democracia en nuestro país se construyó, precisamente, a base de una desconfianza brutal en el manejo de las elecciones. Cada candado, cada tinta indeleble y cada cruce de padrones se inventaron para enterrar viejas sospechas y dar certidumbre a todos, sin importar el color del gobierno en turno. Que el instituto tenga una razón legal para retirar un candado no significa que estuviera obligado a retirarlo sin poner otro en su lugar: son justamente esos mecanismos preventivos, y no solo la sanción posterior, los que sostienen la confianza en el árbitro electoral.
Al votante común no se le convence con explicaciones técnicas cuando el sentido común dice otra cosa. En la casilla, en la cuadra y en la vida diaria, las cosas caen por su propio peso: lo que físicamente no cabe por la rendija merece, cuando menos, seguir mirándose con la misma sospecha de siempre.
