Presenté al concurso del cuento más breve una propuesta: “Papi, ¿de qué ríen los pobres?”; pero, el jurado decidió que el ganador era “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, de Augusto Monterroso. Nada que alegar.
Ahora que el dinosaurio sigue ahí, mantengo la pregunta: ¿De qué ríen los pobres? La respuesta es simple: ríen porque tienen vida y aire, y agua, y comida, y compañía y amor. Lo mismo que los ricos que tienen vida cómoda, aire acondicionado, agua purificada, comida gourmet, compañía selecta y amor.
Ambos tienen razón para reír; pero unos ríen más que otros. Como la vida de los primeros es muy simple, casi primitiva, tienen más tiempo para reír que quienes están ocupados, haciendo negocios.
Quizá sea cuestión de tiempo. Mientras los pobres no tienen otra distracción que cortejar a la mujer, tirar la pelota a los peques, jugar con el perro y salir de casa cuando menos a caminar o ir a perder el tiempo en la tienda con aire acondicionado, los potentados deben estar pendientes de las noticias, ya sea en el celular, en la tableta, en la compu o por la tele, para ver cómo se mueven la banca y la bolsa y preocuparse porque el peso gana terreno cuando todas sus inversiones son en dólares.
En el Génesis se narra cómo Dios mandó el diluvio para destruir a los poseídos por la ambición y cómo Moisés, al bajar del monte Sinaí con las tablas de la ley dictadas por Dios, se encontró que su pueblo se había pervertido y que eran adoradores del becerro de oro, esto es, del dinero.
Ahora, la ambición ha nublado la mente y pervertido el espíritu de los seres humanos para esclavizarlos al poder del dinero. Nadie dice ni puede decir que la riqueza sea mala; lo malo es la forma de adquirirla.
Henry Ford, en plena recesión, pagó a sus obreros altos salarios. Todos querían trabajar en sus empresas y dar lo mejor de sí mismos. Dedicó una parte importante de su fortuna para crear escuelas en zonas marginales; en México, don Manuel Espinosa Yglesias, cuyo nombre han querido borrar de la historia los sátrapas, creó el sistema bancario más importantes de América Latina pagando a sus empleados salarios más altos que sus homólogos en los Estados Unidos y cumpliendo la tarea de promover el desarrollo nacional con créditos oportunos y baratos para financiar la industria y el comercio.
Ser rico es muy bueno, si la riqueza es honesta y lícita. Esta riqueza dura y perdura a través de los siglos y se respeta y admira. Pero, es un lastre cuando proviene de la transa y la corrupción.
Es tan mala, que ni siquiera se puede vivir feliz ni se duerme tranquilo, como los pobres.

