Querido lector, querida lectora.
A principios de este año, en el Foro Económico de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney, puso otra vez de moda la frase “Si no estás en la mesa, estás en el menú”, que en materia política infiere que en situaciones de negociación, poder o negocios, o participas activamente en la toma de decisiones (“la mesa”), o te conviertes en la víctima o el objetivo de esas decisiones (“el menú”).
La reunión convocada por el presidente de Estados Unidos el pasado 7 de marzo, para hablar de seguridad en el continente vuelve inevitable recordar esa frase. El encuentro denominado “Shield of the Americas” (Escudo de las Américas) reunió a varios gobiernos latinoamericanos (Argentina, El Salvador, Paraguay, Chile, entre otros) para discutir cómo enfrentar la violencia criminal que afecta a la región. Pero hubo una ausencia imposible de ignorar: México no fue invitado.
El detalle resulta curioso por una razón evidente. Desde Washington se ha insistido durante años en que una parte importante del problema de seguridad que impacta a la región tiene uno de sus puntos centrales en México. El propio presidente Trump lo ha dicho con claridad en distintas ocasiones.
Ahí aparece la contradicción. Si el diagnóstico señala que México ocupa un lugar clave en el fenómeno, ¿cómo se organiza una conversación regional sobre seguridad sin la participación del país que, según ese mismo diagnóstico, forma parte esencial del problema?
Durante la reunión, el presidente Trump se refirió a la presidenta Claudia Sheinbaum en términos personales cordiales, diciendo que es “una muy buena persona”. Pero al mismo tiempo dejó ver que, desde su perspectiva, el gobierno mexicano ha sido demasiado cauteloso frente al fenómeno de la violencia organizada. Es una combinación curiosa: elogio personal acompañado de presión política.
El episodio también tiene otra lectura posible. México no fue el único ausente. Tampoco estuvieron Brasil ni Colombia, tres de los países con mayor peso político y económico en América Latina y cuyos gobiernos actuales comparten una orientación distinta a la de varios de los invitados, al igual que Nicaragua.
Por eso algunos analistas han planteado una pregunta incómoda: ¿se trató realmente de una estrategia hemisférica o más bien de una reunión entre gobiernos políticamente cercanos?
Pero incluso dejando de lado la ideología, hay un hecho difícil de ignorar. La relación entre México y Estados Unidos es demasiado profunda —en comercio, migración, seguridad y frontera— como para pensar que cualquier estrategia regional puede funcionar sin la participación de ambos.
Al final, el episodio deja una sensación extraña. Si el país que se menciona constantemente como pieza clave del problema no está presente en la conversación donde se discuten las soluciones, ¿qué podemos esperar? De ahí que recordara la vieja advertencia: si no estás en la mesa, alguien podría estar decidiendo el menú por ti.
