Nunca he logrado entender por qué la vida se lleva a los buenos, y no a los malos. Quizás si fuera al revés, el mundo sería otro.
Voy a referirme a Mauricio Treviño tal como lo recuerdo. Mauricio era un tipazo, un hombre de plática amena y trato amable. Era una de esas personas que, si por casualidad lo encontrabas en algún pasillo del supermercado, no intentarías evitar, por el contrario, buscarías cruzar miradas para estrechar su mano. Era un talento, un hombre comprometido, dedicado y, sin lugar a dudas, un ejemplo para muchos. Mauricio era mucha pieza, alguien que fácilmente destacaba en cualquier lugar donde lo pusieran. Por eso sus logros, por eso sus números, por eso siempre era considerado.
La última vez que lo vi fue en un evento de un político texano. Mauricio llevaba la representación del gobierno que hasta el último segundo de su vida supo honrar y representar dignamente, como pocos lo han hecho en mucho tiempo. Estacionamos nuestros autos casi a la par; nos separaban unos metros de distancia. Caminamos juntos mientras platicábamos a lo largo del estacionamiento hasta entrar al recinto, donde a cada quien nos asignaron nuestro respectivo lugar.
Recuerdo que me platicó de un tema que lo tenía muy entusiasmado. Buscaba, si no mal recuerdo, la denominación de origen de un mezcal que se producía desde hace muchos años en tierras reynosenses. Recuerdo que cuando me lo dijo solté una carcajada y le respondí que no inventara, que yo nunca había escuchado algo así. Aún recuerdo la expresión de su rostro, que dibujó una sonrisa propia de quien tiene la seguridad de lo que está diciendo. Esa seguridad la usó para darme una auténtica cátedra de lo que había conseguido.
Me asombré y lo felicité. Me dejó callado, no con adjetivos, sino con datos, con argumentos históricos, y con un tono de voz que terminó por hacer que cruzara los brazos y me arrepintiera de la carcajada que había soltado momentos antes.
Ya dentro del evento se dio la oportunidad de tomarnos un par de fotografías, y después de eso me despedí de él.
Tal vez hoy ya no sirve de nada decir que, si algo respeto en un hombre por encima de cualquier otra cosa, es la inteligencia, el buen trato y la elocuencia, y eso era precisamente lo que me hacía respetar a Mauricio. Me hubiera gustado decírselo, pero como ocurre con tantas cosas en la vida, uno deja para después lo importante, como si siempre existiera un después.
Es cierto que no fuimos muy cercanos, sin embargo, a la distancia lo admiraba, y de eso Dios es testigo.
A Martha su esposa, a sus hijos, Mauri y Martina, a sus familiares y amigos más cercanos los abrazo con cariño. Es inevitable decir que no solo a ellos les hará falta, también a todos, también a Reynosa.
Mauricio fue un gran ser humano, un muy buen funcionario y un excelente político. Si al menos una cuarta parte de quienes hoy ocupan un espacio en el gobierno o en los partidos fueran un poco como él, el quehacer público sería diametralmente distinto.
Habría más compromiso, mejores resultados y logros que realmente valieran la pena. Cuando busquen una figura en quien inspirarse, solo volteen a ver la vida de Mauricio. Por eso y más, sigo sin entender porque la vida se lleva a los buenos, y no a los malos.
Adiós Mauricio.
Reenviado
“Aunque ande por el valle más oscuro, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo”.
– Salmo 23:4
